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Publicado el 1 Marzo, 2021 por Elsa Claro en Opinión
 
 

¿Qué pasa en Myanmar?

Elsa ClaroPor Elsa Claro

No se trata de un retruécano, sino obviedad en un sitio donde no se ha logrado equilibrio administrativo-político permanente desde 1948, cuando se independizan del Reino Unido, luego de unir fuerzas autóctonas para adquirir estatus soberano y eliminar un prolongado usufructo por parte del que fuera un poderoso imperio colonial y que tuvo, ya en 1612, a través de  la Compañía Británica de las Indias Orientales, varias factorías en este territorio, donde explotaban gas nativo. En 1886, Londres convirtió el enclave en una de sus provincias ultramarinas.

Eliminada aquella subordinación, distintos azares favorecieron que en los últimos 70 años los militares tuvieran fuerte protagonismo en los destinos de Myanmar y vuelven a imponerse el pasado 1ro de febrero, justificando el golpe con el presunto fraude en las elecciones del 8 de noviembre del 2020, ganadas por la gobernante Liga Nacional Democrática, formación que obtuvo 83 escaños parlamentarios y está encabezada por Daw Aung San Suu Kyi, quien asumió la jefatura del país en categoría de Consejera de Estado, pues la Constitución aprobada en los ochenta por los propios militares le impide ser presidenta.

La cúpula castrense mantuvo todo el tiempo importantes ministerios, en particular los referidos a las fuerzas armadas, que controlan o participan de intereses económico-financieros trascendentales, entre ellos las ricas minas de rubí y jade, con mucho peso en el PIB. Las principales figuras del ejército tienen los no menos sólidos activos de varios conglomerados con negocios de sus similares extranjeros.

Lo material y lo político

Esa combinación de regencia provocó que el gobierno establecido se derrumbara “bajo el peso de sus propias contradicciones”, según entiende Hervé Lemahieu, del instituto Lowy, en Australia, aludiendo a los flancos débiles de cierta avenencia inicial para el ascenso de la premio Nobel de la Paz, favorecida o soportada por el mismo Tatmadaw que ahora la recluye en prisión  domiciliaria. La junta militar empoderada la encabeza el general Min Aung Hlaing, conocido por su ofensiva del 2009 contra el ejército insurgente de la Alianza Democrática de las Nacionalidades de Birmania. Como su familia posee amplios intereses comerciales y él mismo es beneficiario de una gran empresa,  se achaca a esto su tour de forcé.

Todo esto alimenta la frondosa historia de conflictos por diferencias étnicas y territoriales de las comunidades originarias, entre cuyas minorías (35 por ciento de los 52 millones de habitantes) se busca reconocimiento e igualdad homologable. En tan intrincado panorama humano, hay, además, varias guerrillas de heterogéneo empeño dentro de un no menor polícromo espectro ideológico.

Los posibles arreglos con los insurrectos en armas emprendidos por la administración de San Suu Kyi y su esfuerzo para reformar la Carta Magna son móviles, sumados a lo ramplón de sus adversarios, para hacerse del poder. Ni las medidas excepcionales siguientes ni la represión lograron frenar las protestas populares en las principales urbes. Estados Unidos y la Unión Europea implementan sanciones y, a contrapelo, fuentes internas en Myanmar creen que los castigos prescritos afectarán a la población más que a quienes se quiere escarmentar. Este otro capítulo, de una era desordenada, queda lamentablemente abierto.

 

 


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