EL ESTRENO
La película llega a los cines el 30 de junio de 2006.
El 30 de junio de 2006, una joven que llega a Nueva York buscando abrirse camino como escritora termina trabajando como asistente de la poderosa editora de una revista de moda.
Así comienza The Devil Wears Prada, dirigida por David Frankel y escrita por Aline Brosh McKenna.
Dos décadas después, aquella historia sigue hablando de algo mucho más grande que la moda: el poder, el trabajo, la ambición y el precio del éxito.
La película llega a los cines el 30 de junio de 2006.
Obtiene dos nominaciones: Meryl Streep como actriz principal y Patricia Field por vestuario.
Sus personajes, escenas, looks y frases encuentran nuevas vidas en la cultura popular y las redes.
Miranda, Andy, Emily y Nigel regresan a las oficinas de Runway.
La película original se convierte en una referencia cultural que continúa generando conversación.
Meryl Streep convirtió a Miranda Priestly en una figura reconocible mucho más allá de la película.
Es una editora, una jefa, una autoridad y también una representación extrema de las relaciones de poder dentro de un ambiente profesional altamente competitivo.
Veinte años después, su personaje permite volver a formular preguntas incómodas:
¿Dónde termina la exigencia y comienza el abuso de poder?
El vestuario dejó de ser un elemento secundario para convertirse en parte fundamental de la narrativa.
Ambición, horarios imposibles, jerarquías y sacrificios personales: la película convirtió el trabajo en uno de sus grandes conflictos.
Miranda representa una forma de autoridad que todavía permite discutir sobre liderazgo, género y éxito profesional.
Una película de 2006 encontró una segunda vida en un ecosistema dominado por plataformas, memes y contenido audiovisual.
La famosa explicación de Miranda sobre el recorrido de una tendencia desde la moda hasta una prenda aparentemente cotidiana convirtió el color en una de las escenas más recordadas de la película.
Más allá de la escena, el concepto permite mirar la moda como una cadena de decisiones: alguien diseña, alguien selecciona, alguien publica, alguien compra.
Andy Sachs llega buscando experiencia profesional y descubre que el mundo editorial está atravesado por jerarquías, presión, plazos, competencia, imagen, publicidad y relaciones de poder.
En 2026, la pregunta adquiere una dimensión diferente: ¿qué queda de aquel ecosistema cuando la prensa impresa comparte espacio con redes sociales, plataformas digitales y nuevas formas de consumo de información?
Casi veinte años después, Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci vuelven a interpretar a Miranda, Andy, Emily y Nigel.
La secuela reúne nuevamente al elenco principal con el director David Frankel y la guionista Aline Brosh McKenna.
En 2006 llegó como una comedia sobre moda, trabajo y ambición. Veinte años después, El diablo se viste de Prada vuelve a ser observada desde un mundo donde las revistas, el periodismo y la industria de la moda han cambiado radicalmente.
Desde su estreno, la película provocó una discusión que sigue vigente: mientras algunos críticos destacaron su reparto y su capacidad de entretenimiento, otros cuestionaron si realmente se burlaba del mundo de la moda o si terminaba enamorándose de aquello que pretendía satirizar.
La crítica de Roger Ebert puso especial atención en el trabajo de los intérpretes, con Meryl Streep como uno de los grandes atractivos de la película.
La actuación de Streep ayudó a convertir a Miranda Priestly en un personaje que trascendió la película y terminó formando parte del imaginario popular.
LEER LA FUENTE ORIGINAL →Peter Bradshaw cuestionó el filo satírico de la película. Su lectura planteaba una paradoja: la cinta podía pretender burlarse de la industria de la moda mientras al mismo tiempo quedaba fascinada por su glamour, poder y sofisticación.
LEER LA CRÍTICA ORIGINAL →La lectura de A. O. Scott permitió observar la película también como una historia sobre jerarquías laborales: el miedo, la ambición y la fascinación que puede producir una figura con enorme autoridad.
LEER LA FUENTE ORIGINAL →La segunda película encuentra a Miranda, Andy, Emily y Nigel en una industria muy diferente. El poder de las revistas impresas se ha reducido, el consumo de información se desplazó hacia lo digital y las marcas de lujo adquirieron una influencia distinta.
Veinte años después, Peter Bradshaw encuentra una continuación entretenida y estilosa, aunque señala que la película recupera y recicla varios elementos del argumento original.
El contexto, sin embargo, ha cambiado: Runway ya no posee el poder económico de otros tiempos y debe sobrevivir en un ecosistema dominado por los clics, las audiencias digitales y las nuevas reglas del mercado.
LEER LA CRÍTICA ORIGINAL →La relectura contemporánea permite mirar la secuela como algo más que una reunión nostálgica. El destino de Runway funciona como reflejo de la transformación de los medios impresos y del lugar que ocupaban las revistas de moda.
La película conserva su brillo, pero ese brillo ahora convive con una pregunta: ¿qué significa ser poderoso cuando el ecosistema que sostenía ese poder está desapareciendo?
LEER LA FUENTE ORIGINAL →Una de las lecturas más interesantes de 2026 observa cómo el poder que antes tenían los grandes editores y las revistas pasó progresivamente hacia las marcas y otros actores del mercado.
La secuela convierte esa transformación en parte de su propio argumento: Emily ahora trabaja para una marca de lujo, mientras Miranda intenta mantener a flote una revista cuyo poder ya no es el mismo.
LEER EL ANÁLISIS →Patrick Lenton propone una lectura especialmente actual: la fantasía profesional de Andy Sachs, basada en conseguir un puesto en una revista prestigiosa, contrasta con una industria periodística marcada por despidos, fusiones y transformaciones digitales.
Lo que en 2006 parecía una puerta de entrada al glamour profesional puede verse hoy como el recuerdo de una época que desapareció.
LEER EL ANÁLISIS ORIGINAL →En 2006, la discusión giraba alrededor de Miranda, Andy, la moda y el precio de trabajar para una jefa implacable.
En 2026, la conversación se amplía: ¿qué pasó con las revistas?, ¿quién controla ahora la moda?, ¿qué significa trabajar en medios?, ¿y qué queda del poder de un editor cuando las audiencias migran hacia las plataformas digitales?
Tal vez la pregunta no sea si El diablo se viste de Prada envejeció bien.
La película permanece porque cada época encuentra en ella algo diferente: una comedia sobre la moda, una historia sobre el poder, una fantasía profesional o, ahora, una cápsula de memoria sobre un ecosistema mediático que ya no existe de la misma manera.
Quizás la pregunta más interesante no sea si Miranda Priestly sigue siendo la misma, sino si nosotros seguimos mirando el poder de la misma manera.