El legado inspirador de Finlay
Foto. / granma.cu
El legado inspirador de Finlay
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El legado inspirador de Finlay

Cada tres de diciembre, Día de la Medicina Latinoamericana, se recuerda al más  universal de los científicos cubanos.


La justicia que tan esquiva le fue en su momento al doctor Carlos Juan Finlay Barres, terminó por abrirse paso ante las evidencias de una obra inobjetable, y el mundo reconoció la estatura universal del hombre que con su talento, perseverancia y generosidad sobresalió en el ámbito de la ciencia cubana del siglo XIX por el alcance de sus descubrimientos.

En marzo de 1933, los participantes en el IV Congreso de la Asociación Médica Panamericana, efectuado en la ciudad de Dallas, Estados Unidos, lo expresaron al instituir, a propuesta de la delegación cubana, el tres de diciembre como Día de la Medicina Americana.

Se celebraba así el nacimiento del científico —ocurrido en esa propia fecha de 1833, en la entonces Villa de Puerto Príncipe, actual Camagüey—, quien había dedicado su vida al estudio de la fiebre amarilla y el cólera, los dos problemas epidemiológicos más importantes de Cuba en su época y de los más significativos de América.

Como resultado de sus investigaciones, el 14 de agosto de 1881, Finlay presentó ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana el trabajo titulado El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla.

En este estudio —según expresara el doctor Gregorio Delgado García, historiador de la Salud Pública, en una conferencia dictada en conmemoración del 170 aniversario del nacimiento del sabio cubano— expone una brillante relación de la historia natural de los mosquitos en general y del hoy clasificado como Aedes aegypti en particular, que incluye su estudio biológico y a continuación describe las tres condiciones necesarias para que la fiebre amarilla se propague: la existencia de un enfermo, un sujeto sano apto para contraer la enfermedad y un agente capaz de trasmitirla.

Quedaba comprobada su teoría del vector biológico en la transmisión de enfermedades infecciosas, en el caso específico de la fiebre amarilla, pero a la vez abría el camino para la explicación de todas aquellas que presentaban igual forma de transmisión como el paludismo, el dengue y otras que no tenían explicación por las teorías en boga en aquella época.

Ni la incredulidad de los contemporáneos de Finlay ante sus novedosos postulados, ni el intento de escamotearle su descubrimiento diecinueve años después, provocó desaliento en el científico.

Cuenta el doctor José López Sánchez (1911-2004), historiador de la Medicina Cubana, en su libro Finlay. El Hombre y la Verdad Científica, que iniciaba su faena desde muy temprano por la mañana, “antes de que despertara su familia y comenzara el bullicio de las labores domésticas. Sus principales instrumentos de trabajo se conservan y han llegado hasta los tiempos actuales, un buró, el microscopio binocular traído de Filadelfia, el ábaco y los tubos de ensayos, en los que introducía los mosquitos para estudiar su modo de vida en cautiverio, pero también en el cuarto donde dejaba que se movieran libremente para hacer estudios comparativos de su conducta”.

De esa entrega sin límites al trabajo dio fe el eminente investigador alemán Wilhelm H. Hoffman (1875- 1950), quien vivió y trabajó en Cuba, donde permaneció hasta su muerte. “No era Finlay —dijo— el genial observador, experimentado y pensador que tal vez por casualidad, por un golpe de buena suerte, había encontrado, en el mosquito, el transmisor, sino que era, sin duda, la primera autoridad del mundo y el más experto conocedor de la fiebre amarilla, a cuyo estudio había dedicado su vida, disponiendo de un material inagotable, en las grandes epidemias de La Habana.”

Frutos de esa herencia son las vacunas cubanas contra la Covid-19 y los fármacos desarrollados como alternativa terapéutica para el tratamiento de los pacientes con esa enfermedad, por citar solo dos ejemplos recientes. Y es que la celebración cada tres de diciembre del Día de la Medicina Latinoamericana (tal como se estableció después) no puede ser mera evocación de la figura y la obra de Carlos Juan Finlay, sino punto de partida, con la mirada en el horizonte, para estudiar, ahondar en las problemáticas de salud de la comunidad, del país, y no quedarse varado en el ejercicio puramente asistencial. Tal fue el desafío que en sus días asumió Finlay, con una humildad tan grande como el propio reto.

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