Lecciones de convivencia

Apenas se habla ya de Covid-19. Aun cuando representantes de organismos sanitarios internacionales no han anunciado el fin de la pandemia y el tránsito a la fase endémica de la enfermedad, muchas personas en todo el orbe han pasado página. La inmensa mayoría ha dejado de usar el cubrebocas —incluso en el transporte público, donde autoridades de Salud recomiendan emplearlo—, y solo algunos lo siguen portando cuando salen de casa, sobre todo aquellos que peinan canas porque saben el riesgo al que se exponen.

Quizás los más precavidos sigan usando la mascarilla en espacios públicos incluso luego de decretada la endemia, a sabiendas de que eso significa que se mantendrá la propagación de la enfermedad y la aparición de casos cada año, aunque a niveles estables, previsibles y, por tanto, controlables, como ocurre, por ejemplo, con la Influenza. Esto no quiere decir, sin embargo, que en ese escenario la Covid-19 será leve o menos peligrosa, pues habrá individuos entre la población más vulnerable que en caso de contraer el virus pudieran agravar e incluso fallecer.

Lo ilustraba la doctora en Ciencias María Guadalupe Guzmán Tirado, directora del Centro de Investigación del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, al intervenir en un panel sobre el tema en la recién concluida Convención Internacional Cuba-Salud 2022: “Actualmente convivimos con dolencias endémicas como el VIH, el sarampión y la tuberculosis que siguen causando cientos de miles de muertes cada año. La viruela fue endémica durante miles de años y mató a un tercio de las personas infectadas. La malaria es endémica y causa alrededor de 600 000 muertes al año”.

Las enormes desigualdades entre los países ricos y pobres que se han hecho también visibles en la vacunación contra la Covid-19 representan una amenaza para la recuperación mundial y suponen un riesgo para todos. El  director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, afirmó a finales de octubre en la Cumbre Internacional de la Biotecnología celebrada en Seúl, que casi un tercio de la población mundial aún no ha recibido una sola dosis de la vacuna contra esta infección vírica.

Agregó que en los países de bajos ingresos más de la mitad de los trabajadores sanitarios y casi dos tercios de los ancianos no han sido vacunados contra el coronavirus.   

Incluso en la región europea, entre las más beneficiadas con la inmunización, volvieron a sonar las alarmas a principios de otoño, cuando fue notificado 60 por ciento de los nuevos casos de Covid-19 en el mundo, a la vez que se  registró un aumento de las personas con gripe estacional, de acuerdo con un reporte de la agencia AFP, fechado el 24 de octubre último.

“No es el momento de relajarse”, alertó entonces el director regional para Europa de la OMS, Hans Kluge, durante una conferencia de prensa. En este llamado a la prudencia pudieran ser incluidos además los brotes de viruela símica, ébola y polio, aparecidos en diferentes naciones en los últimos tiempos, lo que nos recuerda cuán interconectados estamos unos con otros y confirma la necesidad de que la respuesta a tales problemas de salud sea conjunta, signada por la colaboración y la solidaridad.

Los datos son reveladores. Según reseñan agencias de prensa, un análisis de la OMS arroja que en África ha aumentado 63 por ciento el número de enfermedades transmitidas de animales a humanos (zoonosis) en la década de 2012 a 2022, comparada con la de 2001 a 2011. El estudio plantea que entre 2001 y 2022 hubo 1843 eventos de salud pública registrados en la región africana, el 30 por ciento de los cuales fueron brotes de enfermedades zoonóticas.

“Si bien estos números han aumentado en las últimas dos décadas, hubo un pico particular en 2019 y 2020 cuando los patógenos zoonóticos representaron alrededor del 50 por ciento de los eventos de salud pública”, apunta el análisis del organismo sanitario mundial.

De cara a esa realidad, y cuando la respuesta a la Covid-19 transita a un manejo más rutinario, es preciso hacer valer las lecciones aprendidas en estos más de dos años. Por ejemplo, la necesidad de mantener activos en los países los sistemas de vigilancia clínica, epidemiológica y virológica, poderosas herramientas que pueden permitir a los especialistas, en un momento determinado, darse cuenta de lo que está ocurriendo.

Al decir de la doctora Guadalupe Guzmán, en esta nueva etapa, de baja circulación viral, es imprescindible mantener las investigaciones y dirigirlas a identificar tempranamente cualquier cambio en la situación epidemiológica de la enfermedad, continuar con el diagnóstico confirmatorio de laboratorio y la vigilancia genómica que permita determinar de forma rápida la aparición de una variante con potencialidades pandémicas.

Desde el punto de vista clínico, añadió, es necesario seguir estudiando las consecuencias de la pandemia sobre la salud humana, tanto los efectos post-covid en el individuo, como la influencia de la exposición al SARS- CoV-2 frente a otras infecciones, por ejemplo, el dengue. Tales estudios tienen gran importancia en Cuba, donde circulan actualmente los cuatro serotipos del dengue, lo cual, junto al incremento en los índices de infestación de Aedes aegypti ocurrido desde julio, ha ocasionado un número considerable de enfermos, no pocos de los cuales han transitado al estado grave, y algunos han fallecido. Muchas preguntas se harán todavía los científicos acerca del SARS-CoV-2, un virus con el que tenemos que aprender a convivir. La historia lo reafirma: existen otros cuatro coronavirus que infectan a humanos y provocan una gripe común. Todos son endémicos, pero nunca se han podido erradicar. Por lo pronto, la aspiración sigue siendo, como ha expresado el director de Emergencias Sanitarias de la OMS, Mike Ryan, llegar a niveles bajos de incidencia de la Covid-19, con un máximo de gente vacunada, y que nadie tenga que morir de esta enfermedad.

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