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Mi amiga Charo se quiere casar

¡Vivan los gais! ¡Abajo la homofobia! Aclamó el pueblo en el Canal. Lo lograron. Alexei se acuerda de aquello y todavía se emociona. La primera gala contra la homofobia en Colón fue en el teatro construido a inicios del siglo XX. Con capacidad para alrededor de mil espectadores, esa noche estaba a punto de desbordarse. Él fue el encargado de abrir y cerrar el show. Para el fin de fiesta interpretó A quién le importa, de la cantante Thalía. Se camufló en el público y subió al escenario, a donde pertenece, flotando por los aires de mano en mano. Como hacen las divas.

Alexei Camilo Pozo Verde, Charo, Charito. Él. Ella. No le preocupa cómo le digan. “Yo soy como tú me veas. Si te parezco hembra, soy hembra. Si me ves macho, soy macho”. Alex es una de las personas más llamativas de Colón, en la provincia de Matanzas. Transformista, gay, activista de la comunidad LGBTIQ+, hijo de la Santísima Caridad del Cobre, enfermero del hospital Dr. Mario Muñoz y, sobre todo, una buena persona.

“Colón es muy machista, pero se ha reivindicado mucho en ese aspecto y te lo digo por mí mismo, por lo que veo tanto en los espectáculos como en mi centro de trabajo”, asegura.

Este fue uno de los primeros municipios de Matanzas que comenzó la lucha contra el VIH/SIDA. Antes de la existencia de las consejerías, la Charo, junto a especialistas en Higiene y Epidemiología se adentraban en los barrios para brindar charlas educativas y demostraciones del uso correcto del condón. “Y de conjunto con las charlas estaba yo dando show. La gente decía: un hombre con tacones y peluca, ¡hay que ir a ver eso! Era un gancho que atraía público diverso y ese era el objetivo”.

Eso lo recuerda en la sala de Electrocardiograma del hospital de Colón. Entran y salen pacientes de la consulta. Alex trabaja aquí hace 13 años. “Ahora mismo yo estoy travestido, tengo mis lentes azules, mi peluca negra, mis cejas hechas y algunos de ellos me dicen: qué linda te ves, o qué bello estás. No tengo ningún tabú. Es el paso que vas dando para enfrentarte a la sociedad y que la sociedad asuma el rol que le corresponde”.

Pero su inclinación por la salud le llegó después. Lo suyo siempre ha sido el baile. Desde que era estudiante se colaba en cuanta audición resonaba en el pueblo. Así comenzó las clases en el cabaret de la ciudad y cuando tenía 17 años empezó a trabajar en un grupo de espectáculos en Perico. A inicios de los 90’s.

“Un fin de año allí queríamos hacer algo diferente y aprovechamos el boom del transformismo en La Habana y Santa Clara (un aplauso para Silverio y El Mejunje). Estaba yo listo para el estreno de espectáculo con uñas y tacones, pero no tenía peluca. Me prestaron unos moños y con unos apliques me hice un perro pelucón ¡Parecía María Antonieta! Hice mi show y tuvo una aceptación tremenda. Me sentí de maravillas y desde ese día lo mío es el transformismo”.

Aquella misma noche surgió el nombre artístico de Charo. Minutos antes de empezar el espectáculo, René Castillo, locutor de la emisora de Matanzas, lo bautizó por el parecido con una cantante. Pero Alexei sería, a partir de entonces, la Charo de Colón.

“Lo único que a mí me gustaría de la mujer serían los senos. Pero no unos caídos, unos bonitos. Cosa que cuando yo me los haga y pase por el parque de la Libertad, la misma estatua de Cristóbal Colón diga: ¡Charo, qué perra!”.

Vinieron sueños mayores y Varadero se pintaba como una oportunidad para que desarrollara su talento para el baile y el transformismo. Luego de un casting riguroso, Alex aprobó y comenzó a trabajar en los shows nocturnos de un hotel.

“La locura del mundo artístico me encanta. Había una presentación que se llamaba Crazy Show, ya te imaginarás por qué. Lo protagonizaba una bailarina. Yo empecé a ayudarla a maquillarse, a asesorarla. Ella se va del país y el jefe de animación del hotel habla con otra animadora para que asumiera el papel, pero ella no daba pie con bola ¡Si yo lo cojo! Empecé a guiarla: Mira, mami, esto es así, el movimiento es para acá. Pero, ¡qué va! El baile no era lo de ella. El animador me dice: Alexei, ¿te puedo hacer una propuesta? Ya yo sabía por dónde venía: La que usted quiera, suspiré. ¿Tú serías capaz? Sonreí por dentro y solo le dije: Vamos a ver cómo sale. Cuando terminé de actuar, los muchachos del equipo aplaudieron y yo dije: Me basta. A partir de ahí el show fue mío”.

Charito dobla a Tina Turner, Madonna, Montserrat Caballé, Raffaella Carrá. Hay que ver con la ligereza que se mueve encima de unos tacones y la habilidad para articular cada pieza del engranaje vestuario-maquillaje-interpretación. “El transformismo debe ser muy exquisito con el doblaje y conectar perfectamente con el número que defiende”. Sabe que no es solo la vestimenta, hay que ponerle convicción y excelencia para que logre conmover al público.

Con gusto habría pasado toda la vida en las noches de espectáculo en hoteles, cabaret, carnavales. Pero un accidente automovilístico le provocó fractura en la tibia y el peroné. Ya no podía hacer saltos, ni rond de jambe. “Mi salud estaba primero. Me quedé solo con el transformismo. Ahí es cuando empiezo en la salud”.

“La gente me decía que el hospital era una olla de grillos. El mundo artístico también. Yo me adapto rápido. El problema mío es trabajar y atender bien a mis pacientes”. ¡Y cómo los atiende! Charo es de las personas más queridas en el hospital. Su remedio es la alegría y el respeto. “Si te das a respetar todo el mundo te respeta. Me gusta ir a trabajar con mis peluquines, otras veces voy calvo. Mis pacientes me aceptan como sea. Aunque también tengo mis historias”.

Con picardía me cuenta una de ellas: “Estaba trabajando y llega un abuelito con mucho dolor en el pecho y las ventosas para el electro no le cogían bien. Se caían. En la salita había demasiado calor y en medio de esa situación yo sudaba tanto que me dio por quitarme la peluca. Mira, el abuelo me abre grandes los ojos y yo le digo: ¡ay, abuelo! tranquilo, tranquilo. Pensaba para dentro de mí: se me va a morir el abuelito. Pero no, me dijo: tranquilo tú mijito, si te queda bella tu peluca. Ahí fue donde yo me convencí. Las personas me aceptan porque lo mejor es ser uno mismo y natural”.

El pasado año, durante el periodo más intenso de la pandemia en Colón, Alexei no dejó de trabajar. “Estuve en zona roja y nunca cogí ni un catarrito, gracias a mis medidas. Pero era durísimo lo que estaba sucediendo. Por eso, cuando salía de guardia, pasaba en la casa una o dos horas y regresaba al hospital. Hacía falta estar aquí. Era la tarea que necesitaba el país y la Revolución. Y me gusta hablar de la Revolución porque hay mucha gente ignorante que nos ven, a la comunidad LGBTIQ+, como la misma Covid, que hay que aislarse. Nosotros también les salvamos la vida. Yo mismo soy donante de sangre, por ejemplo. Y también somos revolucionarios, porque si hay que coger un revólver para defender esto, yo no sé cómo, pero lo cojo, aunque prefiera un rímel”.

Ante mi pregunta sobre el anteproyecto del Código de las Familias y la posibilidad cada vez más cercana del matrimonio igualitario en Cuba, se pone serio y responde: “Ojalá y Dios quiera que lo aprueben. Me gustaría casarme, aunque soy de los que piensa que una firma no hace la diferencia en el amor. Pero sí desde el punto de vista de la protección a nuestros derechos”.

A sus 40 y tantos, Alexei vive con su pareja y una gata siamesa, Musa, en un edificio rodeado de gente a la que quiere como familia. Cuando quitan la electricidad en el barrio, convoca a los vecinos y planta el espectáculo. Cuenta con su risa despampanante anécdotas a todo el que quiera escuchar. Hasta que se haga la luz, alivia los dolores del alma, las picaduras de mosquitos y la incertidumbre. Parece tener la vida que imaginó. Pero sueña y trabaja por los sueños suyos y de muchos.

“Aspiro a contar con mucha salud porque me quedan tantas cosas por hacer, principalmente, seguir luchando contra la homofobia”. Se le llenan los ojos de lágrimas y enseguida me aclara: “No es por mi experiencia, que ha sido buena, pero sí por tantas amistades rechazadas y maltratadas por su orientación sexual. Queremos lograr en este pueblo que los gais tengamos un lugar para divertirnos y disfrutar. Porque, a pesar de la comunidad y del público que nos sigue aquí, los transformistas no tenemos ahora mismo dónde estar, ni un local para las peñas tan gustadas. Necesitamos el apoyo de las instituciones. Yo siempre digo, la homofobia es un peligro, la homosexualidad no”.

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