La deuda de amor de Víctor Manuel
Foto. / Leyva Benítez
La deuda de amor de Víctor Manuel
Foto. / Leyva Benítez

La deuda de amor de Víctor Manuel

Vitico, como le decimos todos, es un hombre alegre y optimista. Su cuerpo carga sobre sí 82 años de edad; su mirada, inmensamente azul, lo disimula bastante por irradiar la luminosidad de la adolescencia. Se distingue por su eterna sonrisa, la paciencia de escuchar a todos y el don de opinar tan largamente en los intentos persuasivos, que la respuesta a una preocupación puede extenderse “un poco”.

Víctor Manuel González Albear es de esas personas cuya amistad resulta imprescindible, para un consejo, una alerta y hasta una divergencia. Como en cada conversación, en esta también toma la iniciativa:

“Con 82 años cumplidos el pasado 6 de marzo, soy el mayor de siete hermanos y el más longevo de toda mi estirpe. Mi papá, obrero, no llegó a la edad de jubilación. Mi mamá, ama de casa, falleció a los 53. Ambos en el mismo año 1973. Abuelos, tíos, y hasta lo que se conoce de la parentela, tampoco acumularon tanta edad…”.

Hay muchos más datos personales, historia, vida, tristezas, alegrías… Pero como es norma que el periodista no puede dejarse robar la iniciativa por el entrevistado, comienzo:

—El 1° de junio último, no sin cierta nostalgia, usted nos comentó que ese era su primer día completamente ocioso, tras más de 60 años de bregar. ¿Recuerda con exactitud cuál fue su primer empleo, qué edad tenía y por qué comenzó? ¿Cuánto tiempo trabajó en ese lugar?

—Era estudiante de bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora y afrontábamos una situación económica muy precaria en la familia. Nos manteníamos, siete hermanos solo con el muy insuficiente salario de mi padre, quien llegó a conseguir dos trabajos en diferentes lugares con sendos turnos de ocho horas. En esas condiciones se presenta la oportunidad de que yo comience a trabajar como oficinista en un servicentro de la Esso Standard Oil Company, en Vía Blanca y Calle E, Alturas de Vía Blanca, también en Guanabacoa.

“Mi primer salario fue de cinco pesos por semana, y llevaba más de dos meses en esas labores cuando cumplí los 13 años, el 6 de marzo de 1953. Más tarde me lo aumentaron a seis pesos por semana, siete, 10, hasta que al cumplir los 14 años, en 1954, me inscribieron en la nómina, con salario de 60 y descuentos para pago de Maternidad, Caja del Retiro del Comercio, Descanso Retribuido, cuota sindical obligatoria del llamado mujalismo supeditado a la tiranía batistiana y otra contribución obligatoria del uno por ciento para contribuir a costear el Monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución”.

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Dispuesto siempre a aceptar los nuevos retos. / Leyva Benítez.

—¿Qué hizo con esos primeros salarios?

—Empecé a ayudar a la economía doméstica, y hasta pude comprarme, por 20 pesos, una vieja pero bastante buena bicicleta, para cubrir los viajes de mi casa al trabajo.

—Hábleme de las habilidades que adquirió en ese empleo.

—Llegué a dominar todo el funcionamiento organizativo del negocio: registro de ventas, al contado y a crédito, cobros, compras, sistema de inventario perpetuo. Se llevaba un sistema bastante eficiente de la llamada contabilidad por partida doble, bajo la atención por contrata de un Contador Público, de quien aprendí incluso a preparar estados de pérdidas y ganancias.

“Matriculé un curso de Secretariado Comercial, en una academia privada de Guanabacoa, en la cual fui el único estudiante-trabajador. Allí mismo me preparé con éxito para los exámenes de ingreso en la Universidad Masónica José Martí, que funcionaba en el edificio que ahora ocupa la Casa de las Américas, y de cuyo claustro formaba parte el Contador que atendía la contabilidad del garaje.

“En realidad, aprendí y me destaqué tanto en el manejo administrativo del servicentro ante la vista de los altos empleado de la Standard Oil que eran nuestros clientes, que ellos me propusieron para lo que se denominaba el Distribuidor Esso de un nuevo servicentro que se construía en la Vía Túnel, en el actual reparto Camilo Cienfuegos. Me convertiría en el ‘dueño’ de esa nueva estación de servicios, mediante pago del alquiler de 300 pesos mensuales y la obligación contractual de adquirir y expender únicamente productos Esso y Atlas.

“Mi compromiso con la Revolución me había llevado, sin desatender mi trabajo en el Garaje, a formar parte de todas las campañas, las milicias; ser segundo jefe de una Casa Base el M-26-7, y jefe del grupo de investigaciones de la 19na, Estación de Policía, en Guanabacoa. En lugar de convertirme –como había previsto–, en el dueño de una nueva gasolinera arrendada, acepté la solicitud del secretario municipal del PSP, para dedicarme como cuadro político profesional, a reorganizar el M-26-7 en el municipio de Guanabacoa, con vistas a la creación de las Organizaciones Revolucionarias Integradas, ORI (M-26-7, Directorio Revolucionario 13 de Marzo y PSP), que más tarde incurrieron en graves errores de sectarismo criticados por Fidel en su discurso del 26 de marzo de 1962. Pero ya eso es otra historia”.

— ¿Puede referirse a las principales inquietudes que guardaba de su niñez?

—Pese a que viví en un municipio que siempre formó parte de la provincia de La Habana, en muchos aspectos sufríamos de necesidades y falta de perspectivas como las que aquejaban, aun en mayor medida, al interior del país. Por ejemplo, mis padres, que se juntaron en 1939, no pudieron disponer de recursos para hacerse de un humildísimo hogar propio hasta seis años después. Tuvieron que vivir, con sus tres primeros hijos, dando tumbos en rincones de casas de familiares, y hasta alojarnos en un bohío de piso de tierra y techo de guano, en Piedrecitas, entonces provincia de Camagüey.

“Así estuvimos, hasta que mi padre pudo comprar a plazos un terrenito en el entonces alejado y desolado Reparto Segunda Ampliación de Alturas de Luyanó. Y allí construyó con sus propias manos y sin ayuda alguna un cuarto de madera, con una letrina de hoyo o excusado, al fondo. Los materiales fundamentales los tomó de su cuidadoso desarme de una caseta de sereno y para guardar materiales, remanente de la construcción del Coney Island. Se la vendieron por 80 pesos, en préstamo con intereses.

“En aquellos parajes no existieron escuelas hasta no se sabe cuándo. El servicio de salud más cercano era la Casa de Socorros de San Miguel del Padrón, en la calzada de Güines, a kilómetros de distancia. La tercera de mis hermanos estuvo a punto de morir por una gastroenteritis, se conocía como ‘acidosis’, sin asistencia médica. Cuando enfermó mi mamá la vi tirada en el piso, entre dos camas, en una sala del Hospital Calixto García.

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En cada fiesta, su alegría, su entusiasmo. / Leyva Benítez.

“Fueron muchas las penurias para poder estudiar. Narrarlas alcanzaría para hacer un libro. Mi mamá –recuerdo–, que tenía dificultades para caminar y nunca había salido de casa, pero escribió, con su mala letra de su apenas segundo grado, una carta a la primera dama, Marta Fernández Miranda de Batista, y fue conmigo al Palacio Presidencial para entregarla. En ella pedía para mí una beca que me permitiera continuar estudios. Llegamos a la entrada y el soldado apostado allí nos detuvo; mi madre le explicó y él guardó la carta en un bolsillo del uniforme…, nunca hubo respuesta.

“Parecía que, definitivamente, iba a quedarme en el quinto grado, cuando el cuñado de una tía paterna, que era oficial retirado de la Marina de Guerra, le hizo una carta al propio Batista. En ella alegó que vivía con mucha humildad y jamás había pedido nada para sí, pero que mi caso era algo así como el de una lumbrera que se perdería si no se me daba oportunidad de completar mi sexto grado. Para esa misiva sí hubo respuesta y el centro escolar tuvo que aceptar matricularme, pero a regañadientes, porque estaban abarrotados. Cada vez que el director me sorprendía hablando en la fila o por cualquier detalle, me echaba en cara que me habían aceptado a la cañona.

“Con mucho sacrificio se logró mi acceso al bachillerato por exámenes de ingreso, pero al final tuve que dejarlo en el segundo año, no mucho después de que comencé a trabajar.

“Conseguir un empleo era la más ambiciosa meta. Aunque yo no tuve adolescencia de estar en la calle ni de reuniones en las esquinas, por mi temprana incorporación al trabajo asalariado, pude saber, y lo recuerdo, que la máxima aspiración de los jóvenes de mi época, al menos de los que conocí como pensaban, era alcanzar uno de los empleos más apreciados, bien en la empresa eléctrica o la telefónica, o en las filiales de algunas de las empresas estadounidenses. O lo máximo: aprender inglés y poder emigrar a EE.UU. para trabajar y vivir allá.

“Al final eran solo unos pocos privilegiados quienes lograban sus objetivos. Los demás debían encaminarse a la búsqueda de cualquiera de los escasos empleos disponibles. Por suerte yo lo había conseguido muy temprano y mi aspiración era continuar mejorando, incluso me dejé halagar con la idea de tener mi propio negocio como Distribuidor Esso.

“No eran muchos los empleadores que de verdad inscribían legalmente a sus trabajadores en las nóminas, Yo tuve suerte”.  

— ¿Cuál –o cuáles– es el momento que más ha marcado su trayectoria laboral?

—Mi trayectoria laboral está vinculada a las responsabilidades y tareas políticas que cumplí en los diferentes cargos desempeñados. Los momentos de mayor impacto emocional son aquellos en que me vi más cerca de Fidel, o cumpliendo indicaciones suyas, en las que no siempre tuve acierto. También en el caso de Raúl.

“Hay otros que también dejaron huellas: la rápida y enérgica recogida de presuntos contrarrevolucionarios y sospechosos en los días previos al ataque mercenario por Playa Girón. El enemigo contaba con esa potencial Quinta Columna, que anulamos. Los que no estuvimos enfrentando a los mercenarios, al menos pudimos golpear en la retaguardia enemiga, también victoriosamente.

“Otra inolvidable fue la del cambio de la moneda, los días 6 y 7 de agosto de ese mismo año. Era una operación ultrasecreta de la que no se filtró nada. Me tocó recoger el dinero nuevo en el banco, conducir una caravana silenciosa y bien organizada, habilitar los lugares de canje, preparar al personal, y seguir hora por hora y día por día la ejecución de la tarea. Hubo que enfrentar situaciones difíciles y desactivar intentos maliciosos y provocadores. Fue un éxito rotundo.

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Sofía Margarita Romeu y Víctor Manuel conforman una pareja de más de 40 años. / Irene Izquierdo.

“La lista de esos momentos que dejaron marca sería demasiado extensa para escribirla y sobre todo para leerla. Pero no debería dejar de incluir otros muy especiales, por ejemplo, cuando como secretario del PURSC en Holguín me tocaron tareas muy sensibles antes, durante y después de la Crisis de Octubre. También la visita del Che, el envío a mi nombre de dos de las primeras cortadoras de caña. La rápida y compleja aplicación de la segunda Ley de Reforma Agraria a cientos de fincas, con un interventor y un soldado armado en cada caso”.

—Hubo un momento de octubre de 1963 en que las informaciones ofrecidas por usted acerca del paso del huracán Flora fueron noticia en diversas publicaciones. ¿Cómo recuerda aquellas vivencias?

—El paso del ciclón Flora por Cuba fue una verdadera tragedia que recuerdo de manera particular. Como era su costumbre para conocer in situ la magnitud del desastre, Fidel estuvo presente. Revivo como si fuera hoy la llamada de Celia, en la que me dijo que “él quería preguntarme cosas”; los apuros que pasé cuando quería saber la dirección del viento, y me indicó salir al balcón de mi oficina para que le dijera hacia dónde se movían las nubes, tomando como referencia la Periquera y la Loma de la Cruz.

“Esa madrugada el Comandante en Jefe apenas durmió –tal vez una hora, si acaso–, tratando de entender aquel fenómeno que parecía seguir un curso indescifrable, y hasta llegó a pensar que los del observatorio de Miami podrían estar haciendo trampas para desinformar. Su idea original de avanzar con dirección a Mayarí la cambió por el rumbo hacia Cauto Cristo. Esa noche tuvo la idea de requisar enormes neumáticos de tractores y grandes camiones, para amarrarlos a los anfibios. Tal previsión partía de la experiencia que ya había tenido en el río Mir, de que esos vehículos no estaban preparados para sobreponerse a corrientes fuertes, y las cámaras infladas les darían mayor flotabilidad.

“Una jornada azarosa, tras la cual, al amanecer, llegamos a la carretera cortada en las proximidades de El Naranjal.

“Por mi mente pasan ahora cual imágenes de un filme, la prueba fallida con el poderoso tanque de guerra cuyas esteras se hundían en el hueco de la carretera arrancada, y ¡al fin!, la salida de los anfibios; el primer naufragio, y los demás; el arribo de Fidel a aquel pedazo de carretera sobre las grandes obras de fábricas que generaban las potentes corrientes y arrastraron a los anfibios; su afán obsesivo de rescatar a todos los que habían pasado por esos enormes tubos arrastrados por la poderosa corriente de agua turbia, dentro o sobre las máquinas y que de momento estaban desaparecidos.

“Recuerdo nítidamente la consternación del Comandante en Jefe, porque entre ellos estaba el comandante Vallejo y el entonces capitán Carlos Fernández Gondín; y rememoro su alegría inmensa cuando se les vio en la distancia, sobre un árbol o asidos por los pies a madres de cercas… ¡no habían fallecido!

La deuda de amor de Víctor Manuel
Sin faltar a su seriedad, y por colocar un detalle juvenil a cada encuentro, dejó su huella interpretando diversos personajes. / Leyva Benítez.

“También, la organización de la inmediata labor de rescate. Primero, con las cámaras infladas retiradas de los anfibios siniestrados, y atadas ahora a cables caídos del tendido eléctrico, en el intento por llegar y salvar a los compañeros en situación crítica; el traslado en los botes enviados desde Gibara, y luego de poner a salvo a todos, partir en esos mismos botes rumbo a Cauto Cristo para ayudar a los posibles sobrevivientes… Hay muchos más momentos marcadores de los que caben en una entrevista ya desbordada”.

—Hablemos ahora de un momento importante en la vida de cualquier trabajador: la jubilación. Tengo entendido que esta despedida de su condición de trabajador activo en BOHEMIA no es la primera. Antes hubo otra, ¿nos ofrece detalles?

—Entre 1996 y 2009 fui jefe de Relaciones Internacionales del Centro Internacional de Restauración Neurológica, Ciren, incluía Gerencia, Relaciones Públicas y Promoción.

“Me jubilé en agosto de 2009, con 69 años y 55 de vida laboral documentada desde 1954, y en septiembre ya estaba contratado como periodista (Redactor-Reportero) en BOHEMIA, con funciones de editor y jefe de equipo, alternadas en la Redacción y el sitio Web de la Revista.

“Debido a que realmente comencé a trabajar como asalariado sin haber cumplido los 13 años, en 1953, ahora me jubilo definitivamente tras casi 70 años de labor, compelido por la necesidad de convertirme en cuidador a tiempo completo de mi esposa, que sufre alzheimer.

“Lo primero es que, como cuadro del Partido, siempre pensé jubilarme al cumplir 60 años. Nunca me quise imaginar cómo algunos compañeros que permanecían en los cargos cuando ya habían perdido muchas de sus facultades. Tenía entonces 56 años, y le dije a mi viejo amigo y compañero, el doctor Julián Álvarez, entonces presidente del Ciren y quien me había solicitado trabajar allí, que tan pronto pasaran esos cuatro años que me faltaban me acogería al retiro. Con mirada incrédula me respondió que ya lo veríamos, porque él había pasado por sobre sus 60 hacía algunos años y aún no tenía fecha para su retiro.

“Efectivamente me entusiasmé con aquel nuevo y tan importante trabajo, además de bien recompensado, se me fueron casi volando, no cuatro sino 13 años, y la nueva Ley de Seguridad Social recién aprobada era muy generosa, y tentadora. Por eso decidí aplicar en 2009, con 69 años de edad, 55 de ellos de continua vida laboral. Me jubilé con el 90 por ciento.

“De antemano había decidido seguir trabajando y deseaba hacerlo en el periodismo. Me había vinculado intensamente a él en mis años de vicejefe del Departamento de Orientación Revolucionaria (DOR) y de primer vicejefe del Departamento Ideológico. “Quería ejercer esta profesión en la base, al menos como editor. También era importante mantener un buen nivel de actividad neuroplástica que me alejara, en lo posible, la llegada de los trastornos cognitivos. Tampoco era nada despreciable sumar otro sueldo a una buena jubilación.

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Un rasgo distintivo, la improvisación: sus décimas para cerrar. / Leyva Benítez.

“Entre varias opciones posibles opté por la de BOHEMIA, donde me sentía bien recibido y me incorporaba además el encanto de una saludable caminata diaria de ida y vuelta de la que estaba muy necesitado, pues me había vuelto muy sedentario. Así se me fueron enseguida otros agradables 13 años en la revista, en los que siempre me sentí útil, pero con los cuales ya me “encaramé” en 82. ¡Demasiados! Se siente la implacable erosión del paso y el peso del tiempo en la merma de capacidades. 

“¿El beneficio? Liberarse definitivamente de la obligación laboral, y poder descansar más a una edad demasiado avanzada, o como en mi caso, ahora mismo, asumir aun con mayor, o con total entrega, otro deber indelegable: el cuidado de Sofía.

“Lo decisivo en esta nueva y definitiva jubilación, es la imperiosa necesidad que siento de dedicarme a tiempo completo al cuidado de mi esposa, que cumple 77 años y padece de alzheimer. Me resultaba ya demasiado difícil compartir ambas tareas, porque exigen dedicación y más esfuerzo del que ya soy capaz. Pero por encima de todo, esto significa para mí poder saldar una deuda de amor”.

8 respuestas

  1. Lamento mucho que se me haya borrado mi primer comentario pues nunca las segundas partes salen igual. Me ha gustado mucho la entrevista, sobre todo porque me he dado cuenta,.quepese a nuestra amistad,.nunca me.conto nada de su vida. Tu trayectoria laboral es muy meritoria, pues has desempeñadolas mas disimiles tareas y con eficiencia, pproducto de la intelugencia natural que posees. Ahora con estos elementos te valoro aun mas y deseo que tu nueva vida de jubilado sea feliz junto a tu querida espisa Sofia y que siempre goces de buena salud. MI APRECIO DE SIEMPRE L U L A

  2. Conozco a Víctor y este artículo es un pálido reflejo de empuje que conserva aún a su edad.
    Tiene un carácter maravilloso, alegre y contagioso.
    Adora a su Sofía y la cuida con cariño y esmero.
    Es un verdadero ejemplo del hombre Bueno con mayuscula.

  3. Me ha emocionado leer la entrevista, he dejado verter lágrimas sinceras, aunque son historias similares a la mía familiar, eres un alma tan especial que solo con tu sonrisa y tratando de hacer bien a las personas, a pesar de todo, te convierte en una persona especial, te quiero mucho, y me esforzaré para poder cumplir el milagro. Un abrazo 💕 inmenso.

  4. Hermoso artículo que me permite conocer un poco más de su vida que de alguna forma conecta con la mía por via materna. La alegría innata, la vena poética y el amor a la Revolución es un razgo distintivo de los Albear. Así era mi abuela Matilde (su tía) y es mi mamá. Un abrazo y que disfrute du merecido descanso y du dedicación a su esposa.

  5. Especial entrevista a Víctor M. González, entrañable amigo y compañero no solo de los colegas de la prensa, entre ellos yo, sino de todos los jóvenes revolucionarios que algún día coincidieron en tareas con él. Contó pasajes, para muchos desconocidos, de su trayectoria de vida, pasó por alto otros no menos interesantes y trascendentes, como sus años de Secretario de Organización del Comité Nacional de la UJC No dijo nada de su experiencia de internacionalista ni de sus muchas y complejas misiones en el Departamento Ideológico (antes de Orientación Revolucionaria), siempre fiel a los principales dirigentes partidistas, sin dejar de ser compañero de los periodistas con los que mantuvo fraternales relaciones de principio. En fín, para muchos se trata de su personaje inolvidable. Lástima que su vida no aparezca en un libro testimonial para seguir aprendiendo de este noble, leal y franco revolucionario de filas.

  6. Que sorpresa y alegría de poder conocer aunque sea a través de esta entrevista. A alguien que fue compañero de mis padres, en actividades de la clandestinidad, cuando trabajaba en el garaje de Guanabacoa. Ellos siempre lo nombraban, eran incondicionales a el, mucha salud

  7. Muchas felicidades por ser esa clase de ser humano que su entrevista me ha dejado ver, cuide mucho a su esposa, a ella también la felicito por el esposo que logró «obtener»y conservar… éxitos en esa obra de amor que ahora emprende, es muy difícil, pero satisfactoria para el que la tiene que asumir.

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