Volver a ver para no olvidar

Con gran impacto de los públicos, la compañía Hubert de Blanck regresó al teatro norteamericano y estrenó una de las obras más importantes de Arthur Miller: Las brujas de Salem


Betty Parris está muerta; al menos es lo que parece la joven inmóvil, inerte, echada sobre el lecho, mientras su padre, el reverendo Samuel Parris, entre desconcertado y furibundo, emplaza a su sobrina Abigail Williams sobre el estado de la hija y un extraño ritual nocturno en el bosque.

Así despega y transcurre la escena inicial de Las brujas de Salem, una de las obras más notables y conocidas del dramaturgo y guionista estadounidense Arthur Miller que presenta la compañía Hubert de Blanck en su sede habitual del Vedado.

Impresiona y agrada notar en estos días cómo cada vez son más las caritas jóvenes –diría, incluso, adolescentes– que llenan la sala capitalina para disfrutar de buen teatro norteamericano, ahora en un montaje dirigido por Fabricio Hernández.

Jóvenes y veteranos actores y actrices construyeron caracterizaciones muy bien perfiladas.

Y es que el también autor de Muerte de un viajante, Panorama desde el puente, Todos eran mis hijos, Después de la caída, entre otras, laureado con el Pulitzer y tantísimos premios literarios, cautiva por la capacidad de conferirle a la vida simple de sus personajes, un mensaje trascendente de alcance universal y evidente artisticidad.

Escrita en 1952 y estrenada al año siguiente, Las brujas de Salem fue galardonada en aquel momento con un premio Tony y desde entonces ha sido llevada al cine, la televisión y múltiples veces al teatro, con resonante aceptación de los públicos y la crítica.

Recrea los juicios por brujería acaecidos en Salem, Massachusetts, una colonia puritana de Nueva Inglaterra en los Estados Unidos, durante 1692, donde el extremismo religioso condenó a cerca de 200 personas y llevó a la horca a unas 20, sin prueba coherente alguna, con testimonios recabados bajo coacción y tortura.

La historia real de los acontecimientos empezó cuando fueron arrestadas varias mujeres, entre las primeras se hallaban la esclava Tituba, al servicio de la familia Parris; la indigente Sarah Good, embarazada al momento de su captura, y la odiada terrateniente Sarah Osburne. Estas detenciones desataron una oleada de acusaciones por venganza y otras espurias razones, mayormente apartadas de las causas que se les imputaban.

Es válido recordar que entre los siglos XV y XVII en Europa y América se volvieron bastante frecuentes los acosos y ejecuciones, en especial a féminas, por actos de llamada magia negra, realización de brebajes y pócimas con supuestos fines de hechicería, los cuales devendrían incipientes procedimientos sociales y alquímicos de lo que hoy se conoce como medicina natural.

Sin duda, tales fenómenos oscurantistas proliferaron en todo el orbe; no obstante, fue en Salem donde se registraron los más famosos por la crueldad con que se degradó, demonizó, devastó el poder social de la mujer para consolidar el patriarcado en el naciente régimen capitalista.

Aun cuando el texto de Arthur Miller narra la verdad de aquellos episodios aciagos, su esencia se centra en buscar paralelismos entre la cacería de brujas de 1692 y la que él, como ser humano, vivió en carne propia durante el auge del macartismo y la guerra fría que persiguió a presuntos conspiradores comunistas.

El personaje de John Proctor es el ícono elegido por Arthur Miller para aludir la entereza de principios.

En aquellos años Miller, junto a otros profesionales y funcionarios de los medios de comunicación y las artes, fue llamado a testificar y acusado en los tribunales instituidos por el senador republicano Joseph McCarthy; sin embargo, el artista consecuente con su obra y principios en varios instantes de su existencia, se negó a confesar cualquier detalle sobre los hechos que se le inculpaban.

Con esta metáfora el dramaturgo exponía la situación de intolerancia y totalitarismo que vivía Estados Unidos a inicios de los 50. Despliega algunos resortes autoreferenciales por medio de la actitud del personaje John Proctor, rico granjero y tabernero, quien se negó a delatar o acusar de brujería a otros y prefirió el patíbulo antes de mancillar su nombre y estirpe de hombre de familia, tal como se comportó Miller en otro momento y circunstancia.

Fabricio Hernández ha concebido una puesta en escena minimalista, repleta de significados y sin traicionar la partitura dramática de Arthur Miller, a pesar de la concisión y síntesis con que se asumió el montaje en relación con el texto original.

Las caracterizaciones exhiben un trabajo pulido, cuidado, cuyos desempeños actorales lucen bastante armónicos, en una nómina heterogénea y diversa en cuanto a edad y experiencia profesional.

Si bien es cierta la consistencia de los sucesos narrados, esta versión cubana goza de coherencia escénica y resulta sugerente desde el punto de vista conceptual y estético; por ello, consigue atrapar al espectador contemporáneo, lo convida a reflexionar desde el presente sobre un pasado fatídico y sombrío.

Reconocida como una de las obras teatrales más importantes del siglo XX, lo valioso de Las brujas de Salem no radica solamente en la audacia de sacar a la palestra pública la inoperancia de los representantes de la autoridad en una época dada, sino en la perspicacia de su autor para regresar sobre varios temas como el de la marginación de la mujer y sobre la base de ello, dialogar acerca de la desconfianza, los extremismos, la persecución, la represión, las ansías de poder a cualquier precio; esos son varios de sus méritos mayores y la esencia de su universalidad.


CRÉDITOS

Fotos: Cortesía de Compañía Hubert de Blanck

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