El conflicto generado por el “Occidente colectivo” en torno a la frontera de Rusia tiene sus otras colas
Me gusta mucho la definición personal del comentarista y jurista malagueño Miguel Ruiz Calvo cuando en su coherente espacio digital diario nombra a los verdaderos gestores de la guerra en Ucrania. Les tilda muy gráficamente de “Otanazis”, en una perfecta simbiosis léxica del real contenido del maridaje gringo-atlantista-kievita.
Y lo que quiero antes de entrar en otras aristas noticiosas es solicitar de forma adelantada a los creyentes que, si a cuenta de las torpes y sórdidas intenciones de estos Otanazis el género humano se esfuma más temprano que tarde entre la neblina nuclear, al menos no se compadezcan de ellos y le exijan al Señor que no les haga inquilinos cuando lleguen ante las puertas del Reino de los Cielos.

Al tema pues
Los apuntes que siguen no los voy a centrar en aspectos militares ni movimientos de corte geoestratégico. La situación en los frentes de combate está al día para los interesados, así como los pasos políticos más recientes de ambos bandos.
Sí quiero insistir, por indispensable, en que estamos a un tilín de una desgracia global irreversible a cuenta de la agresividad cada vez más irracional e irresponsable de quienes no quieren más humanidad que la que nos han diseñado sin previa consulta … de puro porque sí… y punto en boca.
Es a lo que se han acostumbrado, y ya se sabe que deshacerse del ropaje preferido, por viejo que sea, requiere de una visión más abierta y racional que no cabe en los achaques del endémico poder absoluto que pulula en el Oeste hegemónico.
El asunto es que son justo la rigidez y la desvalorización de los demás lo que les hunde, y no solo porque las novísimas bombas rusas FAB 3000 devasten las concentraciones militares contrarias en Ucrania; los Iskander y Kinzal hagan desechos de los sistemas Patriot, los tanques Abrams y Leopard, los drones y misiles, y a los asesores neonapoleónicos y británicos; o que la intrépida infantería rusa llene casi a diario su saco con nuevos espacios territoriales.
El otro problema bien, pero bien serio, es que en medio del fuego bélico se está cociendo un nuevo panorama universal, donde las estructuras de dominio occidentales de todo tinte apuntan de cara al pavimento, y otros grupos internacionales con otras ideas, y proyecciones realmente humanas por su sensatez y equilibrio calzan ya botas de siete leguas.
Del entramado
Empecemos por fijar que en materia de cálculos no caben las emociones ni los deseos. Uno más uno es siempre dos. No hay vuelta de hoja. Y el gran pecado y la gran debilidad de la actual política internacional hegemonista es que no está sumando bien.
Su actor y director principal es demasiado egoísta e interesado para sacar una cuenta equilibrada. Y –vale decirlo por aquellos desmemoriados– si estratégicamente quiere eliminar competencias, la de sus aliados es a su entender tan “perniciosa” como la de sus “enemigos principales”, por tanto tan indeseable como aquella.
No obstante, aun cuando en su bochornosa obediencia los viejos poderes de Europa del Oeste devienen parias e instrumentos en la agenda gringa, su existencia no deja de ser un escalón avanzado para su socio mayor, que, sin embargo, no les infunde consideración alguna.
Lo cierto es que hablamos de un elemento debilitante e intrínseco de la peculiar arquitectura hegemónica del estado profundo norteamericano, junto a otras serias y crecientes reprobaciones y dificultades que la visión unipolar conlleva de forma directa para su metrópoli esencial.
Porque en puridad Rusia y China pueden ser militarmente peligrosos en razón de la ingente necesidad de defensa de su integridad e independencia, pero resultan también presuntamente “devastadoras y corrosivas” porque sus acciones económicas y políticas globales son totalmente divergentes de los cánones dominantes occidentales, y por tanto atractivas en extremo para otros muchos cuya experiencia bajo el esquema gringo-euroccidental solo contiene trazas y consecuencias destructivas y decepcionantes.

Así, los Brics, por ejemplo, se ha convertido en un poder global paralelo y en crecimiento exponencial (incluidos a estas alturas tradicionales compadres de Estados Unidos.), a la vez que gestor de prácticas positivas para no pocas naciones, como la ruptura con los injerencistas y usureros mecanismos económicos y financieros de factura hegemonista, o el fin de la tiranía de un dólar en decadencia y el uso cada vez más extendido de monedas nacionales y de racionales instrumentos de pago para sus transacciones externas. Un tejido que apunta directamente contra las bases impuestas que han marcado el transcurrir histórico del capitalismo en su etapa de máxima expansión.
Entorno de rechazo que cobra nueva fuerza cuando USA y sus aliados potencian y jerarquizan los mecanismos de sanciones contra oponentes y desobedientes, o confiscan y pretenden robar y usar a capricho montos extranjeros presuntamente resguardados en las arcas occidentales a partir de meras consideraciones geopolíticas, como es el caso de las cuentas rusas en bancos del Oeste, esgrimiendo su “invasión” a Ucrania.
Una mezcla de asimetría, soberbia e ilegalidad que no son muchos los dispuestos a tragarse o a condescender por aquello de que “cuando veas las barbas del vecino arder, pon las tuyas en remojo”.
Con la salvedad –apuntamos nosotros– de que en el caso ruso existe la certeza de respuestas simétricas, de un poderío nacional encomiable, y de no pocas alternativas con sabor a rutas definitivas y definitorias válidas, incluso para tiempos más calmados o nuevos del todo.
Y no se trata de simples y voluntaristas conjeturas. Vale repasar apenas sucesos tan recientes como los reiterados temores y alertas de no pocas entidades y autoridades ligadas al entramado financiero vigente, sobre la caída de credibilidad de ese conglomerado a escala mundial si la burocracia política decide utilizar los fondos rusos congelados a partir de la guerra en Ucrania. “Nadie querría hacernos depositarios de nada”, han dicho algunos en alta voz, si ven que con cualquier pretexto les despojamos de sus cuentas.
O la reciente decisión de Arabia Saudita de cancelar el acuerdo con los Estados Unidos, vigente desde 1973, para comercializar su petróleo exclusivamente en la moneda gringa, lo que marcó la instauración del “petrodólar”, que hoy se inclina al ocaso.
O el incremento en flecha de la compra de oro a escala mundial para deshacerse del patrón monetario norteamericano, a lo que se suma el retiro por no pocas naciones del metal dorado cuya custodia obraba hasta el momento en las bóvedas estadounidenses y de entidades bancarias de Europa del Oeste.
De hecho, una muy reciente encuesta del Consejo Mundial del Oro reveló que este año más de la cuarta parte de los bancos centrales consultados por esa entidad elevarán sus reservas del metal precioso básicamente a expensas del dólar estadounidense, lo que repercutirá negativamente en el aprecio a esa moneda.
Se trata, reseña el documento, de que a los riesgos de inflación y los elevados tipos de interés en la maquinaria financiera norteamericana y del resto de Occidente se suman ahora la «inestabilidad geopolítica» y sus avatares, traducidos en confiscación, retención de fondos y caprichosas y unilaterales sanciones en nada ligadas a la trama económica y bancaria.
A la par, se añaden como nuevos botones de muestra la generalización de las escaramuzas económicas hegemonistas de USA y sus escuderos con China, plagadas de boicots y penalidades contra el comercio de Beijing con Occidente, como es el aún caliente caso de los redoblados aranceles del Oeste europeo a los automóviles eléctricos del gigante asiático, por su elevada competitividad, y las consecuentes respuestas de la parte agredida, elementos todos que siguen sumando puntos contrarios al raído traje de las relaciones de negocio con el entorno hegemonista.
En fin, escenarios como para dudar cada vez más de que queda mucho futuro a las añejas estructuras fomentadas por el maniqueísmo, la distorsión, los dogmas y las ínfulas y doctrinas supremacistas de quienes tal vez hoy, como nunca en la historia, están abocados, o a tentar el exterminio de la especie humana, o hipotéticamente a respirar profundo, usar bien la materia gris, y asumir que todo, todo cambia.