La concentración es una brújula en instantes creativos cultivados por el maestro Guido López-Gavilán. / Leyva Benítez
La concentración es una brújula en instantes creativos cultivados por el maestro Guido López-Gavilán. / Leyva Benítez

Arte, estética y ¿comunicación mediática? (I)

Evocar a músicos relevantes propicia el análisis de su permanencia vívida en la cultura cubana

Fotos. / Leyva Benítez


Lo vemos y “casi” podemos escucharlo. La secuencia fotográfica activa el gozo profundo: sentir lo cubano. Emocionan su musicalidad, elegancia y apasionamiento al expresar el color de sonoridades parlantes; comunican un sólido acervo cultural. El maestro Guido López-Gavilán, compositor y director de orquesta, interpreta partituras, estilos, variedades autorales sin distinciones entre lo culto y lo popular. Lo provoca la música, la buena música de todos los tiempos, devenida savia arraigada en el alma y la conciencia.

Sus gestos consecutivos forman parte de un proceso en la dirección orquestal.

Ahora, al imaginar “fragmentos” de este concierto, su gestualidad activa la curiosidad. Evoquemos a figuras y repertorios que López-Gavilán seleccionó en diferentes contextos. ¿Por dónde transitó? La personalidad artística de otro singular maestro, Ernesto Lecuona, ha sido un motivo inspirador. Tal vez, por cierta dualidad memorable: la excelencia pianística y los aportes a géneros musicales de significación artística. Además, poco se recuerda o no tanto como lo merece, su ingenio demostrado al producir espectáculos, ser repertorista y mecenas de artistas notables, entre ellos, Bola de Nieve, Rita Montaner y Esther Borja.

El nuestro es un pueblo musical. La cubanía raigal nutre la historia y legados perdurables. Así lo interioriza López-Gavilán al incluir en el repertorio la estética de Gonzalo Roig: la relevancia del espíritu fundacional que lo caracterizó siempre estuvo orientada hacia la amplitud de saberes, del arte y la sensibilidad. Dominó la ciencia orquestal. Supo desarticular obras complejas tras el estudio de técnicas interpretativas individuales. Conocía muy bien los instrumentos y sus timbres. Desbordó la rica sapiencia al componer. Fascinan la belleza y los valores auténticos de la inolvidable zarzuela Cecilia Valdés (1932). Alcanzó popularidad por el libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez Arcilla y la vestidura musical de Gonzalo Roig, un clásico que cantan profesionales, aficionados y espontáneos enamorados de otra de sus obras, la canción Quiéreme mucho.

Lo disfruta sin prisa, con la pausa debida.

Otro acierto del maestro López-Gavilán es el solidario hábito de hacer trascender lo valedero a la memoria y al presente de la nación. Sobre ese rasgo poco se reflexiona. Nos place pensarlo desde una tríada indispensable: el arte, la estética y la comunicación mediática. Lo que no se socializa no existe. Lo que no se aprecia no existe. Nuestros clásicos merecen vida eterna. Sea este análisis generado por una secuencia fotográfica el impulso para seguir indagando sobre individualidades creativas de la música en Cuba y el ámbito internacional.

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