Concluida la Primera Guerra Mundial un grupo de jóvenes hartos de la academia, de lo clásico, se empeñó en renovar la literatura y, llegada la tercera década del pasado siglo, adoptó los principios del surrealismo.
André Breton, poeta francés, narrador, líder del emergente horizonte literario, difundió en 1924 su Manifiesto surrealista (junto con él lo firmaron, entre otros, sus coterráneos Paul Eluard y Louis Aragón), cuyos preceptos incluían la adopción de la escritura automática, o sea, espontánea y libre de cualquier norma o lógica convencional, sin importar cuán extraña o absurda pareciera a simple vista.
No pude dejar de recordarlo ayer al amanecer, cuando todavía en bata de casa, sin electricidad ni agua en el apartamento, escuché una voz (potente y perentoria) que provenía de algún piso cercano (imposible saber si por encima o por debajo del mío). ¡FUMIGACIÓN! ¡FUMIGACIÓN!, vociferaba el hombre.
Podía tratarse de un vecino exteriorizando el grado máximo del nerviosismo o de un operario enviado por el Policlínico. Como es habitual nadie nos había advertido, pero aposté por lo segundo. De pronto, no atiné a qué priorizar: ¿los frijoles, cuya cocción andaba a medias, luego de gastar casi una decena de fósforos antes de lograr encender uno y conservar su llama los instantes precisos para prender el fogón? (resulta una proeza, teniendo en cuenta la “calidad” de las cerillas); ¿el deseo de continuar esbozando, a mano, el próximo texto destinado a la revista?; ¿la necesidad de liquidar a los peligrosos mosquitos, verdugos de mis noches?
Prevaleció la última idea y ahí empezó el zafarrancho, mientras oía el sonido de la motobomba o mochila, con intervalos en los que el eco de la escalera amplificaba el grito: ¡FUMIGACIÓN! ¡FUMIGACIÓN!
Me vestí a la carrera. Contrariada, apagué la llama de la cocina. Eché en la cartera lo imprescindible. Volé al escaparate en busca de paños con los cuales tapar el televisor y la laptop. Cerré las persianas.
¿Dónde está el fumigador? La pregunta, un tanto ansiosa, comenzó a repetirse en varios lugares del edificio. La inquietud de los vecinos era comprensible, intentaban calcular cuánto tiempo disponían para sentar al abuelo en el balcón, proseguir la elaboración del almuerzo, amamantar al bebé, sacar a la adolescente del baño, a esa hora antojada de …
Vale aclarar que este inmueble, un modelo de la arquitectura socialista de los años 70, carece de ventanas en los pasillos y la escalera: la única iluminación natural emana de los propios apartamentos cuando mantenemos sus puertas abiertas. De lo contrario, quien durante los cortes del fluido eléctrico transite por las áreas comunes descubrirá el placer sentido por egiptólogos masoquistas al recorrer el interior de las pirámides en el valle del Nilo y hacer el experimento de apagar las luces. O, ¡cuidado con los corazones débiles!, quizás el infortunado sufra el espanto de los atrapados en una catacumba.
En fin, el motor rugiendo, los moradores confusos y yo expectante a la entrada de la casa. La gastritis disparada, porque a la 1:30 de la tarde debía estar en la Universidad, impartiendo una asignatura a estudiantes de primer año.
Transcurrieron los minutos. De nuevo la palabra compulsiva: ¡FUMIGACIOOOÓN! Ahora en el grito se advertía enfado y cierto puntico de histeria. Arrancó el aparato… Paró. Y se instauró el silencio.
Decidí averiguar. No sé por cuál razón me dirigí a la planta baja (lo racional hubiera sido ascender, pues normalmente esa labor se inicia por los niveles superiores). Allí me topé con un individuo agitado, en el consultorio médico, donde pensaba finalizar su jornada.
–¿Es usted el único operario para todo el edificio? –le pregunté.
Sí, respondió con un cabeceo y, de espaldas a mí, se concentró en echar a andar el equipo.
–Oiga… OIGAAA… –mi clamor lo contuvo– ¿Seguro no va a fumigar los demás pisos?
Entonces, él explotó.
–¿Tú crees que aquí es posible trabajar? No veo nada. No tengo linterna. Casi me caigo; mira, me quedé en el aire, así –se inclinó hacia un lado, levantó una pierna–. Por poco me quemo con este trasto. Llegué hasta el tercero porque la gente ayudó, iluminando con los celulares. En otros, nadie salió.
Lo dejé hablando con la doctora y desanduve mi camino. Puro surrealismo, nada encajaba si analizábamos la situación siguiendo los principios de la lógica convencional. De esa forma iba cavilando mientras bajo la luminosidad mustia del teléfono ponía cuidado en no tropezar con los escalones.
Justo a media cuadra de mi edificio se halla el Policlínico y ambos pertenecen al mismo circuito del Sistema Eléctrico Nacional. Ergo, allá enfrente conocían la ausencia de corriente. Interrogante 1: ¿Acaso no saben cuáles son las características arquitectónicas del inmueble? Interrogante 2: ¿Cómo mandan a una sola persona a desinfectar 17 plantas, 130 viviendas, sin los elevadores funcionando? Interrogante 3: ¿No podían avisar el día anterior para prepararnos?
Interrumpí los cuestionamientos. Era más útil retomar las tareas inconclusas. En la cocina, iba por el cuarto fósforo descabezado cuando me sorprendió el alarido: ¡FUMIGACIOOOÓN!
Corrí a abrir la puerta, igual hicieron dos vecinas. Vislumbramos una sombra apresurarse escaleras arriba, cargando algo voluminoso. Según supimos luego, se detuvo en el octavo nivel.
Paradas las tres en la zona menos oscura, entre anécdotas, asombros y el estruendo de la motomochila, aguardamos el regreso del tornadizo sujeto.
–¡Pero, usted me aseguró que ya había terminado! –lo encaré. Se encogió de hombros y me pidió el “visto” para firmar la constancia del servicio.
Traspuso el umbral. Acomodó en la mano izquierda un tabaco encendido, alzó el metálico cajón trepidante (sin fuego ni humo, solo líquido) y, con el nasobuco ladeado, el esforzado matador de insectos dañinos –digno de encomio por su resistencia– avanzó rápidamente. Ya teníamos encima el mediodía.
Partí hacia la Universidad. El estómago, vacío, crujía. Y un ritornello se negaba a abandonar mi cerebro: imprevisión, catacumba, bulla, tabaco humeante; imprevisión, catacumba…
Con tales ingredientes, ¡tremendo poema hubieran parido los surrealistas! A que sí, André Breton.


























