El desgaste económico de Trump y la ventaja demócrata complican la defensa republicana del Congreso
A días de las elecciones de medio término, del 3 de noviembre, Donald Trump afronta una prueba que amenaza con desbordar las fronteras de su propia popularidad. El presidente no estará en las papeletas, pero su gestión se ha convertido en uno de los principales factores de una contienda que podría modificar el equilibrio de poder en Washington.
Una encuesta de octubre de Reuters/Ipsos situó la aprobación presidencial en apenas el 31 por ciento, el nivel más bajo registrado durante sus dos mandatos. En la preferencia nacional para el Congreso, los demócratas aventajaban a los republicanos por 47 a 35 por ciento, una diferencia de 12 puntos y la mayor ventaja demócrata registrada por ese sondeo durante el actual ciclo electoral.
El resultado no garantiza una victoria opositora, mas expone un problema del partido gobernante. Trump ha volcado la campaña republicana en su figura y pide a sus seguidores una votación como si su propio nombre apareciera en las boletas. Esa estrategia puede movilizar a su base, aunque también refuerza la asociación entre los candidatos republicanos y una presidencia generadora de un rechazo creciente.
La pregunta ya no es únicamente cuánto respaldo conserva el mandatario. También importa si el descontento con su gestión terminará trasladándose a los aspirantes de su partido y si los demócratas podrán convertir esa inconformidad en votos suficientes con la finalidad de recuperar el control del Congreso.
El costo de la vida pasa factura
La economía constituye uno de los flancos más vulnerables de Trump. Durante su campaña, el republicano prometió reducir los precios y mejorar las condiciones de vida de los estadounidenses. Sin embargo, el encarecimiento de bienes y servicios cotidianos se ha convertido en una fuente persistente de malestar.
La pesquisa Reuters/Ipsos encontró que el 68 por ciento desaprueba la gestión económica del mandatario. Incluso entre los republicanos, el 37 por ciento expresó su rechazo a esa actuación. Además, los encuestados confiaban más en los demócratas que en los republicanos en la gestión económica, con una diferencia de 40 frente a 33 por ciento.

Los datos oficiales de septiembre refuerzan la preocupación. El índice de precios al consumidor aumentó 0.6 por ciento respecto al mes anterior y 3.7 por ciento en comparación con septiembre de 2025. La gasolina subió 9.1 por ciento durante el mes y explicó más de la mitad del incremento mensual del índice.
El deterioro aparece en la percepción de los hogares. Una encuesta de The Washington Post, ABC News e Ipsos, publicada el 18 de octubre, reveló lo siguiente: el 48 por ciento de los estadounidenses considera que su situación financiera es peor que cuando Trump regresó a la Casa Blanca en 2025. Se trata de la proporción más elevada registrada para un presidente en las encuestas de esos medios desde 1986.
Entre quienes dicen encontrarse en una situación económica más desfavorable, el 78 por ciento se inclina hacia los demócratas para el Congreso. La cifra muestra hasta qué punto las dificultades materiales se traducen en rechazo electoral.
El encarecimiento de la energía añade otra presión. La guerra contra Irán ha contribuido a intensificar las preocupaciones por el precio de los combustibles y sus efectos sobre el transporte y otros gastos familiares. En el mencionado sondeo, el 65 por ciento consideró un error la decisión de recurrir a la acción militar.
La Casa Blanca enfrenta así una contradicción política. Trump busca proyectar fortaleza y liderazgo, pero una parte importante del electorado evalúa su desempeño a partir de lo que paga cada semana en la gasolinera y en el supermercado.
Una guerra también librada en las urnas
La guerra contra Irán ocupa un lugar destacado entre las preocupaciones ciudadanas y se cruza con el debate sobre el costo de la vida, las prioridades del gobierno y el papel de Estados Unidos en el escenario internacional.
Que el 65 por ciento considere un error la acción militar no significa que todos los votantes compartan una misma posición sobre el conflicto ni que el tema determine por sí solo su voto. Sí revela, en cambio: la política exterior ha dejado de ser un asunto separado de las preocupaciones domésticas. El precio de la gasolina, la percepción de inseguridad económica y las decisiones militares aparecen vinculados en la valoración de la ciudadanía hacia la presidencia.
La inmigración constituye otro terreno de confrontación. Las actuaciones de las agencias federales y las controversias relacionadas con los métodos de aplicación de las políticas migratorias mantienen el tema en el centro de la campaña. Para los republicanos, la aplicación estricta de esas medidas sigue siendo una promesa política importante. Sus críticos subrayan los excesos y las consecuencias de algunas operaciones las cuales alimentan el rechazo a la administración.
La combinación de estos asuntos complica el intento de los republicanos de centrar el debate en sus prioridades tradicionales. Cada vez que la campaña vuelve sobre los precios, la guerra o la inmigración, Trump reaparece como protagonista y obliga a sus candidatos a defender, explicar o matizar sus decisiones.
El presidente, entre el impulso y el lastre
La encuesta de The Washington Post, ABC News e Ipsos situó la aprobación de Trump en 33 por ciento, frente a 66 por ciento de desaprobación. Entre los votantes probables, los candidatos demócratas aventajaban a los republicanos por 52 a 44 por ciento en la preferencia para la Cámara de Representantes.
El sondeo también mostró que el 58 por ciento de los votantes registrados prefería un Congreso controlado por los demócratas y como contrapeso a Trump, mientras el 39 por ciento prefería una mayoría republicana que respaldara su agenda.
La diferencia expone una de las dificultades centrales del partido gobernante. Para algunos electores, el Congreso puede funcionar como una herramienta limitante al presidente, incluso si no existe un entusiasmo equivalente por la oposición.

Los datos, no obstante, deben leerse con cautela: las encuestas nacionales describen el clima político, mas, no anticipan por sí solas el resultado de cada contienda. La distribución de los distritos, las particularidades de las elecciones estatales, los recursos de campaña y la participación efectiva pueden alterar el desenlace. Tampoco debe confundirse el rechazo a Trump con una adhesión automática a los demócratas. El descontento con el presidente puede beneficiar a sus rivales; no obstante, estos necesitan presentar propuestas capaces de convencer a los votantes indecisos y a quienes desconfían de ambos partidos.
La participación será determinante. En el sondeo, los votantes demócratas registrados mostraron mayor disposición a acudir a las urnas, pues el 75 por ciento afirmaba estar seguro de votar o haberlo hecho ya, frente al 67 por ciento de los republicanos. La ventaja de entusiasmo puede convertirse en un activo electoral si se concentra en los distritos donde la elección se decide por pocos votos.
Un patrón histórico, no una sentencia
La historia ofrece una advertencia para el partido del presidente. Desde 1934 hasta 2022, el partido que ocupaba la Casa Blanca perdió escaños en la Cámara de Representantes en 20 de las 23 elecciones de medio término. Las excepciones fueron 1934, 1998 y 2002. Ese patrón no decide obligatoriamente en 2026; sin embargo, ayuda a entender por qué los republicanos llegan a esta contienda bajo presión.
Las elecciones intermedias suelen convertirse en una evaluación del gobierno y ofrecen a los votantes una oportunidad de expresar su descontento sin esperar a la siguiente elección presidencial.
Los republicanos mantienen mayorías estrechas en ambas cámaras. Según un análisis publicado por Reuters, los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro bancas en la Cámara –donde los republicanos mantienen una mayoría de 218-214– y otras cuatro en el Senado, controlado 53-47 por el oficialismo para volver más equitativa su presencia parlamentaria.
El margen reducido hace que un cambio limitado en varias contiendas pueda tener consecuencias relevantes en la capacidad legislativa de la administración. La campaña, por tanto, no se decide únicamente en el balance nacional de aprobación. Se juega en distritos y estados concretos, donde los candidatos deben responder a preocupaciones locales y convencer a electores que pueden apoyar a Trump en algunos asuntos y rechazarlo en otros.
La apuesta de noviembre
Trump ha remodelado el Partido Republicano a su imagen y semejanza. Esa identificación le permite movilizar a una base fiel, mantener el control del mensaje y convertir sus mítines en demostraciones de fuerza. También expone a los candidatos a cargar con el costo político de decisiones presidenciales impopulares.
El dilema es evidente. Distanciarse de Trump puede alejar a una parte de sus seguidores, mientras defenderlo sin reservas perjudica a los aspirantes que necesitan conquistar a independientes y votantes moderados. La lealtad al presidente y la supervivencia electoral no siempre apuntan en la misma dirección.
Las últimas encuestas muestran una combinación desfavorable para la Casa Blanca. La aprobación presidencial se encuentra en mínimos, el malestar económico domina las preocupaciones ciudadanas y los demócratas han ampliado su ventaja en la preferencia nacional para el Congreso. La tendencia es una advertencia seria para los republicanos, aunque no anticipa un desenlace.
El 3 de noviembre pondrá a prueba algo más que la popularidad de Trump. Medirá hasta qué punto su liderazgo sigue siendo una fuerza capaz de arrastrar al partido o se ha convertido en una carga para quienes buscan conservar sus escaños. El presidente no figurará en las papeletas, mas su gestión estará presente en cada voto que los estadounidenses emitan sobre el futuro del Congreso.


























