Un debate de hace 40 años, sobre el modo en que nos expresamos los cubanos, es hoy tan válido y necesario como entonces
Leyendo no pocas tablillas de ofertas a la entrada de mypimes habaneras y los mensajes en Facebook, salta a la vista un tema inherente a la cultura: el lenguaje. Dislates en la redacción y la ortografía, vocablos extranjeros innecesarios, palabras mal empleadas, germinan en ambos entornos.
¿Es un fenómeno nuevo? De ninguna manera. Ya en 1984 el maltrato al idioma español mortificaba a una parte de los cubanos. Por eso, del 8 de febrero al 15 de septiembre, la periodista Mirta Rodríguez Calderón publicó en el diario Granma la sección titulada Hablar sobre el hablar.
En el libro homónimo (recopilación de lo aparecido en el rotativo y presentado al año siguiente por la editorial Ciencias Sociales) ella rememora: “Consultas, debates, diálogos en la calle, encuentros con asesores y con interesados en el asunto, nutrieron los primeros momentos del trabajo […] La esencia de las opiniones más polarizadas encerraba una aspiración: deslindar lo popular de lo vulgar, lo chabacano de lo enriquecedor de la lengua […] Concebida originalmente para ocho o diez ediciones del periódico, la temática alcanzó 33 materiales”. A los comentarios, entrevistas y artículos periodísticos se sumó el contenido de las cartas y las llamadas telefónicas de los lectores.
Hoy, un examen del volumen nos permite aquilatar las principales inquietudes de aquella época, en lo relativo a los modos de manifestarnos. Numerosas personas criticaron la proliferación de términos como asere, consorte, jeva, monina, pirarse, ambia, bolá, entre otros.

Una respetada pedagoga, Vicentina Antuña, reflexionó sobre las jergas manejadas por los jóvenes: “Cuando hablan con uno no se expresan así, pero si se les oye hablar entre ellos, difícilmente se les entiende […] El lenguaje que en muchos casos se emplea no es el apropiado para normalizar una lengua […] Es necesario que la sociedad en general haga de esto una preocupación y una cosa a la cual atender cada vez más”.
Transcurridos cuatro decenios, acoto que la tarea sigue pendiente.
Sobre muchachos, cine, costumbrismo, enseñanza
Mirta Rodríguez Calderón se acercó también a los estudiantes de secundaria y preuniversitario. Varios confesaron que no se medían a la hora de usar la “fraseología de la calle”, incluidas las “malas palabras”. Algunos actuaban de tal forma por provenir de ambientes donde esos vocablos eran habituales, aceptados; otros, por temor a desentonar y ser rechazados.
Patakín, un filme cubano de 1982, dirigido por Manuel Octavio Gómez, le sirvió a esa periodista como termómetro con el cual apreciar el sentir en torno al controversial asunto. La encuesta, aplicada a personas con edades y ocupaciones diversas, aportó juicios disímiles, incluso antagónicos; desde considerar negativo su lenguaje, burdo, no representativo de la mayoría, lesivo a la educación formal, hasta encontrarlo refrescante, entretenido, criollo.
Debido a su perfil dicharachero, desenfadado, los programas humorísticos de la televisión y la radio motivaron un texto en el que los interpelados fueron los guionistas Enrique Núñez Rodríguez y Alberto Luberta. Sin negar la responsabilidad de cuidar cuanto se transmite, el primero defendió el costumbrismo, asociado al teatro popular, y agregó: “Cervantes, en Don Quijote de la Mancha, no utilizó el español académico. Lo que hoy es clásico, ayer fue nuevo. Y el idioma está en constante evolución. En dos palabras: ni ‘asere’ ni ‘Su Señoría’”.

Razonamiento similar esgrimió José Antonio Portuondo, eminente profesor universitario y director del Instituto de Literatura y Lingüística. No puedo transcribir aquí por completo su disertación, como sí hizo en el Granma de los 80 y en su libro mi colega. Escojo algunos fragmentos medulares: “La historia del lenguaje, desde que el hombre comenzó a hablar, fue siempre un juego dialéctico entre un lenguaje culto y un lenguaje popular”; cada uno influye en el desenvolvimiento del otro.
“Siempre ha habido en los grupos más jóvenes –que no dominan el lenguaje– la tendencia a crear sublenguajes. Esto es un fenómeno generalmente transitorio […] Esa jerga en la que la juventud se complace con la intención de diferenciarse, de establecer una barrera entre su medio de comunicación y el de los adultos, no dura mucho tiempo […] Lo que no debe entenderse es que ese lenguaje […] constituye un enriquecimiento de la lengua.
[…] “Desde luego, hay […] una tremenda penetración de chabacanería […] Pero el pueblo no es la chusma, y no conviene confundir las cosas”. Asimismo, no resulta válido condenar “obras literarias costumbristas que muchas veces se apoyan en el lenguaje popular e, inclusive, en sus formas de jergas de grupo. Esto último ha existido en todas las literaturas”.
Ya entonces Portuondo alertaba sobre la urgencia de “trabajar más por la lectura, por la escritura, por la interpretación y la comunicación. Falta […] un mayor contacto con el tesoro lingüístico que tenemos.
“Eso se ve, sobre todo, por las terribles faltas de ortografía que se cometen en las universidades”.
No ha cambiado tal panorama. En 2026 los docentes universitarios continúan topándose con alumnos cuya ortografía, redacción, capacidad de interpretar el discurso literario y científico dista bastante de lo esperado.
¿Imitar es bueno o malo?

Entre las observaciones compartidas en los 80 por los lectores de la sección Hablar sobre el hablar se repitió una pregunta: ¿a quién quieren parecerse los que utilizan términos chabacanos?, ¿o extranjeros?
Según refiere la autora del libro homónimo, los profesionales consultados en la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana coincidieron en que el tema “no puede ser visto puramente en el plano de la expresión oral”; en él inciden factores sociales, educativos e ideológicos. Uno de los especialistas recalcó: “se imita lo que se valora”.
Imitar no es loable o nocivo per se. Depende de motivaciones y propósitos. De hecho, aprendemos a conversar y a desarrollar nuestro vocabulario en edades tempranas adoptando patrones de familiares y educadores, le comentó a Mirta Rodríguez Calderón una investigadora.
Sin embargo (permítanme ampliar brevemente el análisis tomando en cuenta los anuncios publicitarios y otras prácticas actualmente en eclosión), asunto bien distinto es encontrar normal, positivo, que el español y la cultura cubana sean distorsionados o desplazados mediante la introducción de locuciones, costumbres y celebraciones foráneas. Advertirlo resulta fundamental para afrontar las mudanzas que en el presente milenio están ocurriendo de modo acelerado en Cuba y (aunque englobándolo) trascienden el uso del lenguaje.
El idioma es el alma de la nación
Con esa frase, del escritor ruso Alexei Tolstoi, empezó Rodríguez Calderón el relato de su diálogo con cinco lingüistas cubanos. Acerca de la chabacanería a la hora de hablar, adujeron que no es conveniente asumir actitudes puristas, pero sí procurar que el empleo apropiado del español se exija y controle en las escuelas.
Muy útil sería generalizar sin tardanza una sugerencia nacida 40 años atrás: instituir en los centros escolares círculos de interés “para el cultivo de la lengua”, los cuales ayuden a comprender “el papel del idioma en expresar con propiedad las ideas”.
Otros pilares del habla correcta deberían ser (ayer, hoy, mañana) los medios de comunicación masiva. No obstante, al decir de los mencionados lingüistas, con lo oído en la década de los 80 en la radio nacional “se podría hacer una antología, tanto de errores de concordancia como de pronunciación”, y en ocasiones los periódicos no se libraban de dislates.
¿Estamos limpios de ese pecado los periodistas y locutores del siglo XXI? Lamentablemente, no. Y el apremio de alimentar, de manera constante e inmediata a ese gigante hambriento, insaciable, llamado medios digitales, ha propagado una mentalidad en la cual predominan el qué y la velocidad, en detrimento del cómo.

Varios participantes en el debate de 1984 afirmaron que en Cuba el mayor atentado contra el idioma no radicaba en las chabacanerías o groserías, sino en el maltrato a la gramática y la dicción. Así lo percibía un electricista de la Textilera Ariguanabo, cuyos compañeros solían pronunciar dutce (dulce), atmosan (almorzar), tojco (tosco), do peso (dos pesos). Similar preocupación tenía un trabajador del oriente cubano; de acuerdo con sus vivencias, a menudo los santiagueros se “comían” las S, los guantanameros cambiaban la R por la L y los pobladores de las provincias occidentales sustituían la R por una mezcla de C y G (caCGbón, en lugar de carbón).
A lo largo de aquella controversia, diversos lectores aconsejaron acciones tan válidas en la época actual como antaño, por ejemplo: evaluar en las escuelas, a la par que las asignaturas tradicionales, el empleo cotidiano del lenguaje; fundar en ellas las Ligas del Buen Decir; entregar a los alumnos (y velar por su uso) diccionarios de bolsillo. Asimismo, organizar competencias de ortografía, crear programas radiales y televisivos para corregir la mala pronunciación de los vocablos.
Hacia el final del volumen, Mirta Rodríguez Calderón reprodujo el criterio de un licenciado en Pedagogía, residente en Matanzas; él propuso “un medio efectivo” contra cualquier achaque relacionado con el manejo del idioma: adquirir cultura a través de la mejor literatura. “Leer, leer y leer. Esa es la cuestión”.


























