Emotivo encuentro en BOHEMIA con el destacado músico Miguel Ángel de la Mora, versátil instrumentista interesado en aprendizajes sistemáticos
El azar no lo trajo a La Habana; fue cautivado por Cuba y, especialmente, el 41 Festival Internacional Jazz Plaza. Sobre la histórica revista tenía referencias por Internet, charlas con amigos y colegas. “Leerla me interesa; esta publicación me permite conocer sobre el país, las artes y las aficiones de un pueblo muy musical”. Emocionado, al artista mexicano, Miguel Ángel de la Mora, oriundo del Estado de Colima, donde es reconocido en espacios académicos e instituciones, le place confesar: “Vine a conocer lugares donde instrumentistas jóvenes y consagrados aportan su talento y magisterio”. Sonríe cálido: “No traje mis instrumentos, la guitarra y el bajo. Quiero emplear el corto tiempo aquí para escuchar músicas. Ha sido oportuno dialogar en la publicación con el trovador Silvio Alejandro y escucharlo”.

Recuerda los aportes de Dizzi Gillespie y Chano Pozo, el protagonismo de la rumba cubana en el panorama internacional, la incorporación de instrumentos de percusión y ritmos afrocubanos, medios esenciales para nutrir el afro-cuban jazz y el latin jazz de influencia en la música bailable caribeña.
Disfruta precisar: “Es una referencia el grupo Irakere, fundado en 1973. Abrió una etapa novedosa para enriquecer la historia del jazz cubano” Admira a Chucho Valdés y a quienes, junto a él, crearon la agrupación. Es consciente del sólido aprendizaje de ese maestro quien integró las orquestas dirigidas por su padre, Bebo Valdés, de las que formaron parte músicos relevantes, entre ellos, Benny Moré. Amplió saberes y vivencias al incursionar en todos los géneros de la música cubana, diferentes estilos pianísticos y se familiarizó con el jazz y el piano clásico.
Manifiesta su interés por la rumba y los aportes de Irakere. Cultores de esta agrupación introdujeron los tambores batá y la música de ascendencia yoruba en la música bailable. Fueron precedidos por Chico O´Farril, Gilberto Valdés y Armando Romeu, solo de manera ocasional con experimentaciones en conciertos y espectáculos de cabaret.

Le fascinó la fortuna del 41 Festival Internacional Jazz Plaza y la variedad de programas, conciertos y clases magistrales. Hubiese querido frecuentarlos en su mayoría. Ahora, al escuchar en BOHEMIA, a Silvio Alejandro crecen sus satisfacciones. “Tiene en el repertorio piezas hermosas de Silvio Rodríguez, un clásico de la Nueva Trova. Acabo de escucharle los temas Canción para mi soldado y Preludio Girón. Recrean la historia de Cuba desde el lenguaje musical”.
Para la compañera de Mora, Birgit Weuste, maestra de idiomas: “Canciones preciosas como estas comunican ideas igual que las palabras”. Aprende mucho junto a su pareja. La cautivan “las imágenes sonoras y rítmicas, eternas compañeras de su vida en común”.
Volvieron a la lectura de BOHEMIA, ávidos por acercarse a historias de vidas contadas en sus páginas. A Mora lo motiva conocernos y reconocernos. “Cuba y México son países unidos por la cultura y sus pueblos”, dice.
En este viaje sienten haber iniciado una travesía que nunca será interrumpida. Las seguirán cultivando al volver; incluso desde Colima.


















