Mi diálogo con el entrenador Raúl Trujillo, artífice de las últimas medallas de oro de Mijaín López en Juegos Olímpicos. El momento exacto en que la técnica cede el paso a la confidencia. /Gilberto Rabassa
Mi diálogo con el entrenador Raúl Trujillo, artífice de las últimas medallas de oro de Mijaín López en Juegos Olímpicos. El momento exacto en que la técnica cede el paso a la confidencia. /Gilberto Rabassa

La culpa (bendita) es de Nacho

Un recorrido por la entrevista deportiva –oficio, límites y humanidad– desde la experiencia de un periodista cubano que ha dialogado con leyendas


En realidad, la culpa no es de aquel protagonista de la tan recordada telenovela cubana Tierra Brava. Ni tampoco lo es de Nacho Machín. Pero este segundo sí tiene algo que ver con que yo me haya sentado a escribir… y usted a leerme.

Todo empezó así: este colega –quien dio sus primeros pasos periodísticos en nuestra legendaria revista BOHEMIA, fundada en 1908, de la que Fidel dijo que no podía desaparecer– y hoy trabaja en el diario Granma, me lanzó varias preguntas.

Fueron curiosas, directas, sobre un género al cual quiero mucho: la entrevista, en este caso la deportiva. Las necesitaba para su portafolio de graduación.

Le respondí con la técnica, pero me quedé pensando en la esencia. Y entonces, entre pregunta y respuesta, empezaron a aparecer mis fantasmas de estos 44 años.

El inicio

Las entrevistas deben comenzar antes de la primera pregunta. Lo hacen en la preparación. En la forma de mirar. En ese instante en el cual el atleta decide si va a responder… o a protegerse. Porque no es un cuestionario. Es un encuentro.

Dos personas frente a frente. Una viene de competir, de ganar o perder. La otra intenta entender qué pasó realmente, más allá del resultado. Porque el deporte engaña: parece que todo está en el marcador, en el cronómetro, en la estadística. Lo más importante casi nunca está ahí.

Por eso sirve para buscar lo que no se ve: el miedo antes de salir, la duda no confesada, la fe que sostiene, el sacrificio que no aparece en la foto.

Para llegar a eso no basta con preguntar. Hay que prepararse, conocer al entrevistado más allá de su ficha. Saber de dónde viene, qué ha vivido, qué se juega en ese momento. Y, sobre todo, saber escuchar.

Porque muchas veces la mejor pregunta no estaba en la libreta. Sale de una pausa. De una evasiva. De algo que se dijo… a medias. El buen entrevistador no persigue respuestas: provoca el momento. Y luego escucha.

En Cuba

Trabajamos dentro de un sistema de prensa –todos sabemos las razones– que marca estilos, límites, maneras de decir. Eso obliga al periodista a un ejercicio constante: preguntar sin cerrar puertas, profundizar sin estridencias, decir lo necesario sin decirlo todo.

Incluso en este contexto, la buena entrevista encuentra su camino, así ha estado ocurriendo con las realizadas por Daniel Martínez, en el periódico Trabajadores, distinguidas más de una vez en nuestro prestigioso Concurso de la Prensa Deportiva José González Barros.

Y Nacho, no voy a dejarlo afuera, casi recién llegado, ha estado dando buenas señales.

Se ha visto, por ejemplo, en trabajos recientes que apuestan por lo humano, por la conversación real, por salir de la rigidez.

Hay señales claras: el camino no solo existe, se puede ensanchar.

Funciona cuando el deportista deja de ser discurso y vuelve a ser persona. Cuando el periodista no empuja, sino abre espacio. Y ahí, incluso dentro de los márgenes, algo se filtra.

Nacho Machín (al centro) disparó con su curiosidad estas memorias, demostrando que el relevo periodístico sabe preguntar con intención. Aparece junto al joven saltador Jorge Hodelín (a la izquierda) y su entrenador Miguel Vázquez. /Cortesía de Nacho Machín

Pide más espacio

En nuestra prensa está vivo este género. Pero no tiene el espacio suficiente.

Conviven trabajos sensibles con otros más previsibles, donde las preguntas apenas rozan la superficie. Se repiten fórmulas. Se juega a lo seguro. Y en ese proceso se pierde lo más interesante.

No hace falta reinventar el género. Hace falta arriesgar un poco más. Preparar mejor cada encuentro. Hacer preguntas que abran. Darle tiempo a la conversación. Entender que una buena entrevista no solo informa: también deja memoria.

Después de más de cuatro décadas en el periodismo, uno aprende que ninguna es igual a otra.

La primera la realicé a Eladio Sauquet, expelotero del equipo Cuba, en 1981. Desde entonces han pasado muchas conversaciones, miradas, silencios.

El oficio y la vida

He tenido delante a figuras enormes: Mijaín López, con su serenidad de gigante (lo vi a pocos metros, como enviado especial de BOHEMIA, ganar su quinta corona olímpica en París 2024); Ana Fidelia Quirot, fuego contenido; Teófilo Stevenson y Alberto Juantorena, historia viva. También, entre otros muchos, Javier Sotomayor (campeón olímpico de salto de altura), el nadador Rodolfo Falcón (plata increíble a ese nivel), el luchador Filiberto Azcuy (dos de oro), la judoca multimedallista Driulis González, el boxeador Maikro Romero (oro y plata también bajo los cinco aros)…

Y entrenadores que marcaron época: Eugenio George (voleibol), Ronaldo Veitía (judo); tres de la lucha: Pedro Val, Raúl Trujillo, Filiberto Delgado o Gustavo Rolle (también directivo y considerado el padre de este laureado deporte en Cuba)…

A ellos se suman nombres de otras latitudes: el nadador soviético Vladimir Salnikov (el zar de los 1 500 metros libres); el brasileño Joao Carlos de Oliveira (recordista de triple salto); el británico Linford Christie (campeón olímpico de los 100 metros planos en Barcelona 1992); el famoso entrenador serbio de fútbol Bora Milutinovic (condujo en mundiales a selecciones de cinco países diferentes); al estadounidense Steven López (una leyenda del taekwondo); e incluso voces fuera del deporte, como el cantautor y escritor brasileño Chico Buarque, o el escultor y docente argentino Adolfo Pérez Esquivel (Premio Nobel de la Paz).

Hay algo que se repite

Cuando uno conversa con deportistas cubanos, aparece siempre –aunque no se busque– el tamaño del esfuerzo. Días sin condiciones ideales. Entrenamientos sostenidos más por voluntad que por recursos. Alimentación que no siempre acompaña. Pocas competencias internacionales.

Y, aun así, compiten. Resisten. Se mantienen. No desde la comodidad, sino desde una convicción que no siempre se explica, pero se nota.

Con el tiempo uno entiende algo sencillo: No importa cuán grande sea la figura. Empieza de verdad cuando deja de hablar el personaje… y aparece la persona.

Una idea y dos confesiones

La entrevista deportiva no necesita fórmulas nuevas. Necesita tiempo. Intención. Y periodistas dispuestos a ir un poco más allá. Porque preguntar bien continúa siendo una forma honesta de contar el mundo.

La verdad es que cada vez que puedo le dejo una confesión final a los lectores de BOHEMIA, y hoy serán dos…

Ha llovido mucho desde aquella primera que le hice a Sauquet. Todo empezó antes para mí. Incluso antes de pensar en el periodismo… hubo una escena que se me quedó grabada de un programa de la televisión española que se trasmitía por la nuestra, creo, en la noche dominical.

El entrevistador conversa con el cantante Diango.

–Pero perdone –dice el artista–, eso es parte de mi vida personal. Es complicada y no me gusta hablar de ella.

El periodista no se detiene:

–Perdone, señor Diango. Si usted dice que su vida personal es complicada, yo sería muy mal periodista si no le preguntara: ¿por qué?

Diango sonríe.

Y responde.

Ahí entendí que hay preguntas que no se pueden dejar pasar.

Una confesión más:

Ahora me voy a entrevistar a alguien que, de niño, le tenía miedo a la oscuridad. Su madre lo llevó al Jiujitsu. Se hizo especialista en ese y varias artes marciales. Y, tiempo después, con un fusil AKM, tuvo más de 30 combates como internacionalista en Angola.

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