Valoraciones sobre diálogos fructíferos, puestas en la pantalla grande y nexos culturales que continuarán desarrollando la cooperación entre los cineastas de Rusia y Cuba
Los legados expresan voz propia y miradas particulares sobre el ser humano. Ambas riquezas tienen connotaciones antropológica, estética, ética, social. Lo confirmó el Festival de cine ruso en La Habana, donde una delegación de directivos, actores, actrices, entre otros profesionales creativos compartió experiencias, ideas, proyectos, deseos de hacer juntos y una muestra de recientes producciones cinematográficas realizadas por jóvenes y consagrados artistas.

Ese grato acercamiento fue explícito en el acuerdo colaborativo de intercambio productivo y patrimonial entre dos organizaciones culturales y cinematográficas, firmado por Denis Aksenov, director general de Gosmofilmfond, y Alexis Triana, presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, quien agradeció la donación al Icaic de la colección de oro representativa del valioso acervo fílmico ruso.
Escuchar a los visitantes propició conocer motivaciones de quienes hacen o dirigen el cine en un país de gran tradición, asentado en obras de clásicos y contemporáneos ansiosos por recrear en la gran pantalla el amor, la amistad, las relaciones intergeneracionales, conflictos de hondas trascendencias íntima y colectiva.
Las películas exhibidas en los cines Acapulco y Yara describieron variados puntos de vista, sin renunciar a infinitas asociaciones con lo hecho a partir de la búsqueda de hallazgos y riesgosos juegos enfocados en nuevas percepciones sobre determinados acontecimientos, no solo como sucesos, sino en la dimensión de componente narrativo. Lo plasmó el director Alexey Sidorov en el largometraje Campeón del mundo (2021). Contó el enfrentamiento de bandos en pugna: la batalla entre dos destacados ajedrecistas Anatoly Karpov, actual campeón mundial, y el pretendiente a este título el gran maestro Víctor Korchnoy. El realizador hizo gala de la confrontación de expectativas dando rienda suelta al suspenso y a las situaciones límites en grado extremo. Este desarrollo dramatúrgico avasallado por las tecnologías y las dinámicas de contiendas a gran escala estuvieron sustentadas en un fin esencial: convencer al otro de que solo el mejor alcanzará la victoria.
Los laberintos de la memoria, los momentos de tensión extrema usando espacios de sombras, movimientos emotivos e inquietantes de las cámaras, y planos muy cerrados sobre los rostros de manera conveniente, realzaron el sentido de hurgar en lo más recóndito del alma, de la conciencia. En rigor, quiere decirnos la cultura ve y redime. Incluso los silencios parlantes plantean sus propios escrutinios.
La presencia de mujeres cineastas tuvo especial relevancia en el filme Hago el paso, de Olga Akatyeva. Ella lo había confesado durante el intercambio: “nosotras estamos haciendo nuestro cine”. Altamente reveladora fue su propuesta al contar sobre Sasha Makarov, quien tenía algo que ocultar del mundo entero. ¿Su secreto? El joven sufre dislexia, una discapacidad de aprendizaje que dificulta aprender a leer y comprender el lenguaje escrito. Ciertamente, la cineasta propuso un diálogo con interrogantes frecuentes, pero desde la visión personal, investigativa, encaminada a pensar el destino, lo sensorial, los sueños y el universo material amenazado por algo terrible. Hizo reflexionar sobre el raciocinio, la memoria y otras habilidades cognitivas, pues la mente integra diversas facultades del cerebro; estas permiten reunir información, razonar y llegar a conclusiones. El séptimo arte propicia pensarnos, influye en la elaboración del conocimiento de la realidad y en el acto perceptivo de los sujetos. Por su parte, el director Alexey Guerman desplegó en el largometraje Aire la capacidad y la valentía de mujeres pilotos en una serie de batallas aéreas.


Ciertamente, son decisivas las formas de contar, sí, en plural, para comprender la ternura y la multitud de grandes y pequeños detalles en lenguajes singulares propositivos de más de una coordenada en la existencia.
Cada cineasta expresó su propio yo mediante innovaciones técnicas y jerarquías de actitudes positivas. Son conscientes de un requerimiento, las cinematografías alcanzan valor estético en su intrínseco poder de persuasión. La primera condición para lograrlo es el énfasis en la verdad artística, esta de ningún modo exige atmósferas y soluciones similares a lo real de la vida, sino que el espectáculo construya una realidad-otra, capaz de tender puentes de entendimiento entre el artista y el espectador, al crear extensiones de la realidad subjetiva entre ambos.
Es preciso seguir los rumbos del cine ruso y del espacio/tiempo contado por artistas que comparten disímiles certezas inspiradoras de una razón válida sin límites de fronteras o épocas. Lo humano continúa siendo un asunto por explorar, implica aspiraciones, nostalgias, alegrías, deseos de hacer tan difíciles de dominar como la propia existencia. ¿Quién lo duda?



















