El cinco veces campeón olímpico vive otra etapa: compartir su legado y apoyar a las nuevas generaciones, incluso con planteamientos
Lo escribí antes, pero algo me empuja a repetirlo. Estuve a pocos metros de la hazaña de Mijaín López en los Juegos Olímpicos de París 2024 (su quinta corona), como enviado especial de nuestra centenaria revista BOHEMIA.
¿Qué pasó después de su victoria? ¿Qué ha ocurrido desde entonces con esa gloria al parecer irrepetible (¿cinco medallas de oro en un mismo evento individual?). Ojalá lo supiera todo –cosa imposible–, de modo que comparto algunos pasajes, tanto de esos instantes de película como más actuales.
Cuando venció en el combate final, con una facilidad impresionante, al cubano nacionalizado chileno Yasmani Acosta –su excompañero durante años en el Cerro Pelado–, realizó un ritual habitual entre los grandes de la lucha: dejó sus zapatillas invictas sobre el colchón.
Luego, feliz y sonriente, recorrió un largo túnel ofreciendo declaraciones a distintos medios de prensa hasta llegar al final, el más esperado por él y todo nuestro grupo.
Entonces se me ocurrió bautizarlo ML5 (Mijaín-López-5), inspirado en el célebre futbolista portugués Cristiano Ronaldo y el número de su camiseta (CR7).
Todo no terminó ahí. En el avión de regreso, al preguntarle si mantenía lo que me había dicho años antes sobre su rival más difícil –el ruso Khasan Baroev y no el turco Riza Kayaalp–, respondió con rapidez: “Baroev, sin duda. Ah, los dos, que me ganaron, estaban dopados”.
Vuelta a China

Me atrevo a afirmar algo: horas antes de sentarme a redactar debe haberse acordado de Baroev al llegar a Beijing junto a su destacado entrenador Raúl Trujillo. Fue allí, en la capital china, hace 18 años, donde alcanzó su primer oro en los Juegos Olímpicos de 2008.
Venció en la final al ruso, quien le había ganado cuando comenzaba su carrera, en las Olimpiadas de Atenas 2004, y en el duelo por el oro en los Campeonatos Mundiales de Guangzhou 2006. El cubano se desquitó después en el de Bakú 2007 y, como ya se dijo, en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
“Lo voy a pelar bajito”, me aseguró entonces. “¿Qué… no te escuché?”, le dije, midiendo firmeza. “Lo voy a pelar bajito”, repitió. ¡Lo venció en Bakú 2007 y Beijing 2008!
Su regreso a la capital china, según reportes de prensa, ha sido en funciones de entrenador de la selección nacional, acompañado de Raúl Trujillo, su guía durante los últimos grandes éxitos.
Mijaín López se mostró optimista: “Estos jóvenes tienen potencial para dominar el escenario mundial”.
Trujillo expuso su filosofía de toda la vida: “Quiero dejar todo mi conocimiento en este deporte”.
Sus preocupaciones

Después de París 2024, un momento importante ocurrió cuando a finales de ese año la figura de ML5reapareció en un escenario inusual: un pabellón de feria en Sao Paulo, con luces frías, pantallas mostrando promociones deportivas y un murmullo constante de entrenadores, jóvenes atletas y curiosos.
Allí, en la COB Expo (del Comité Olímpico Brasileño), habló con su sinceridad habitual. El gigante ahora pedía abrir ventanas: “El deporte cubano está pasando por un momento muy delicado”, dijo. La frase no tenía dramatismo, sino peso. Era un diagnóstico. Regresamos de París con la peor cosecha desde Barcelona 1992.
No esquivó el golpe: “Hay que hacer un experimento, revisar lo que se va a hacer. Hemos perdido muchos talentos. La emigración ha sido parte de todo esto. Los centros de entrenamiento se han deteriorado”, sostuvo.
No habló desde la queja, más bien desde la responsabilidad de quien sostuvo durante más de dos décadas la expectativa de un país entero. El hombre que nunca se escondió en un colchón tampoco lo hizo en esa entrevista.
“El deporte a nivel internacional es un negocio… y a Cuba ese desarrollo no ha llegado”, dijo. “Hay sponsors, algo normal en el mundo entero, y nosotros no hemos llegado ahí”, agregó.
En redes, Yasmani Acosta agitó la idea de un posible regreso del pentacampeón en Los Ángeles 2028. Mijaín lo desarmó con una carcajada: “Fue una jocosidad… Ya hice lo que tenía que hacer y los años no pasan en vano”.
De carrera, son 32 años. Dominando el mundo, 24. No hay nostalgia capaz de imponerse a esa matemática.
Hay más: en octubre pasado estuvo en México, donde, entre otras actividades, sostuvo un cálido intercambio con atletas y directivos de la Conade, el CNAR y la Federación Mexicana de Lucha. Compartió sus experiencias de vida, su filosofía de entrenamiento y valores.
Un legado roca
Hoy vive lo que llama “otra vida”. Sin pesajes, madrugadas de carga, el silencio tenso de un vestuario antes de una final.
Es embajador de la Unión Mundial de Lucha (UWW). Viaja, observa, aconseja. A veces se sube a la colchoneta y el cuerpo le recuerda quién fue. Ya no compite. Ahora piensa en Cuba.
Cuando en Sao Paulo le preguntaron si alguna vez pensó en desertar, respondió sin pausa: “Soy cubano, seguiré siendo cubano y me moriré cubano”. No lo dijo para quedar bien. Lo dijo afirmando una raíz.
La imagen final es esta: un hombre que lo ganó todo, no necesita nada, podría vivir de su leyenda… y decide hablar.
No lo hace por sí mismo, sino por su país, su deporte y los jóvenes que lo miran como si fuera un monumento vivo.
El que dejó sus zapatillas en París, pero no su voz.




















