Cuando recordar es volver a vivir
Puede que algunos lectores recuerden Mi almanaque se disparó, publicado hace pocos días. Entonces, el impulso lo provocó la cercanía de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santo Domingo 2026 (24 de julio al 8 de agosto).
De ahí nació otra curiosidad: un viaje –imaginario– en una máquina del tiempo por las ediciones de años terminados en seis. Y ese recorrido, inevitablemente, también nos conduce a los Juegos Olímpicos.
Hacia ellos vamos hoy: En 1896 nació la modernidad olímpica en Atenas. ¿Recuerdan que los primeros Juegos Centroamericanos y del Caribe fueron en Ciudad de México, en 1926?
En 1906, 10 años después, esa ciudad griega acogió unos Juegos intercalados que el tiempo dejó fuera del canon –no llegaron a ser oficiales–, aunque ayudaron a sostener la llama.
Desde entonces, estas ediciones han adquirido una atmósfera propia bajo los cinco aros.
En 1916 no hubo Juegos: la Primera Guerra Mundial apagó los anillos antes de encenderlos en Berlín, y se aplazó ver el sueño de muchos.
Precisamente en Berlín, en 1936, se combinó el esplendor competitivo con el peso de la propaganda impulsada por el régimen de Adolfo Hitler. Deporte e historia chocaron en un mismo escenario.
Melbourne 1956 rompió la lógica geográfica: la equitación se disputó en Estocolmo por razones sanitarias. El olimpismo demostraba ya su capacidad de adaptación, una constante que se repetiría con el tiempo.
Para Cuba, estos años tienen una resonancia especial. No por coincidencia, sino por continuidad.
Nuestro país ha construido en el olimpismo una forma de identidad: una tradición capaz de producir campeones con una regularidad que desafía su tamaño.
En la cima
El punto de quiebre llegó en Montreal 1976. Allí, la delegación cubana firmó una actuación histórica y se instaló definitivamente entre las potencias del deporte amateur. Dejó de ser promesa.
La cosecha fue de seis medallas de oro, cuatro de plata y tres de bronce (octavo lugar, Top 10).
Entre lo más relevante estuvo la segunda corona de Teófilo Stevenson; los títulos de Jorge Hernández y Ángel Herrera; el histórico doblete de Alberto Juantorena en 400 y 800 metros; y el oro de Héctor Rodríguez en judo.
Atlanta 1996 confirmó la madurez, ya visible en Barcelona 1992. Cuba se mantuvo en el Top 10 (octavo lugar), con 25 medallas (9-8-8), y reafirmó su capacidad de competir al más alto nivel incluso en medio de dificultades económicas. Aquello no fue solo un resultado: fue una declaración.
En lo más alto del podio estuvieron el equipo de béisbol; los boxeadores Maikro Romero, Héctor Vinent, Ariel Hernández y Félix Savón (oro antes en Barcelona 1992); el pesista Pablo Lara; el luchador Filiberto Azcuy; la selección femenina de voleibol; y la judoca Driulis González.
Río de Janeiro 2016 ofreció otra lectura: la delegación terminó en el puesto 18, con 11 medallas (5-2-4). Figuras como Mijaín López, Ismael Borrero, Julio César La Cruz, Arlen López y Robeisy Ramírez mantuvieron viva la tradición en la lucha y el boxeo.
Ese el rasgo más persistente de nuestro deporte: la capacidad de sostener la élite incluso cuando el contexto empuja en contra. Y lo ha hecho durante décadas.
Los lectores seguramente recuerdan que la mejor actuación de Cuba en unos Juegos Olímpicos no ocurrió en un año terminado en seis. Aquella hazaña fue como para pellizcarse.
Y no quiero privarme de volver a escribir sobre ella…


















