“El niño primero pregunta sin cesar a modo de ritornello a lo Antonio Vivaldi o Zucchero, monstruo de la guitarra del notable rock italiano: ¿qué me hace distinto? El niño segundo aún es embrión, pero, de seguro un día, vestido con los pantalones herencia del hermano, volverá sobre lo mismo: ¿Por qué somos diferentes?”
“La madre se yergue en pose de pedagoga empírica. Con derroche de dulzura docta sentencia sin lastimar el pequeño ego: es muy fácil, frente a nuestro balcón la recia Majagua se pregunta cómo de su tronco pueden nacer flores de dos colores. No hay misterio, es la vida.”
“El aprendiz a sabio vuelve a la carga: ¿por qué yo soy casi, casi, carmelita y tú eres rosada? No seas pesada, dime. Ojalá estuviera en un escenario, de gira, pensó la muchacha. Con voz atiplada, en roces de mezzosoprano dramática intentaría salir airosa de una de las piezas más difíciles en la carrera como flamante progenitora…”
“Recuerdas el rompecabezas que te fascina; bueno, dentro de cada persona los genes y las células son emisarios fantásticos de abuelos, tíos lejanos y también bastante de mí y de tu padre. Éstos, vienen siendo como cada pieza del rompecabezas por el que tantas veces lloras cuando debes irte a la cama; el que te hace bailar por la sala entera cuando logras colocarlas donde van.”
“Así de similar es tu cuerpo con mucho de los parientes, aunque cada rompecabezas es único en colores y formas. ¿Entiendes? Más o menos, concedió generoso el niño volviendo a la carga: ¿cómo es que yo soy alto, alto, y a ti te falta poco para ser una enanita de juguete?”
“No había pacto, suspiró semi angustiada aquella tesorera de discos de vinilo de música clásica, sus principales joyas. La conversación distaba de ser experiencia telúrica junto a Montserrat Caballé, la más grande voz femenina del siglo XX, se dijo para si la arcaica joven madre.”
“Decidió recorrer otro camino. O eres como una caja mágica de guardar regalitos míos y de la familia completa, los conocidos y también los nunca vistos. El preguntón tenía los brazos en jarras sin demasiada confianza.”
“Con angustias escondidas, la mamá probó una idea cuasi original; te diré más: van mis ojos, la estatura del abuelo, el mentón de la bisabuela Nana, el color de tu padre. Entonces, en un pase de magia decides quedarte con ellos haciéndolos diferentes porque te gusta retozar.”
“Como eres un niño muy despierto -regodease aquí la amante de los supremos sonidos en un alarde de sicología barata- al crecer, lo cual será pronto, pues en tres meses estas de cumpleaños -recalcó, comprenderás como los genes, esos regalos traídos por una tía llamada genética, fueron colocados por ella en mi barriga para darte a ti y a tu futuro hermanito, sus apariencias físicas.”
“¿De verdad mami?, ripostó el crio en plena estatura intelectual de siete años, tú estás loca. A nosotros no nos vistan tías del campo. Ni tampoco tenemos cajas con genes. Y eso de los pases de magia es un invento. Mira, deja, sigue en el balcón. Yo voy a buscar en nuestra biblioteca suculenta, según el abuelo Luis. O mejor no, le voy a pedir a papi verlo en el celular con Inteligencia Artificial. Seguro hay una explicación seria para niños.”


























