Están laborando en cientos, miles de lugares, pero no siempre los vemos ni valoramos el alcance humano y social de la labor que realizan
No sé si llamarles crónica o si definir estas líneas, simplemente, como apuntes ineludibles.
Yo solo sé que, estén donde estén, en cualquier y todas partes de este archipiélago, esas mujeres y hombres, arropados de la más profunda humildad, merecen que alguien los salude con ese par de golpecitos que dicen más sobre el hombro que dos horas de formal discurso.

Un apretón de manos, desde luego, o un abrazo, o un obsequio material, incluso una rosa, igual a la que ellos plantan y cuidan en áreas verdes de toda la ciudad… siempre serán gestos muy bienvenidos. Se los digo yo, que la vida me ha enseñado a verlos, observarlos, valorarlos, conocerlos, apreciarlos…
Los he visto, escobillón en mano, entre las penumbras de la misma madrugada que millones de personas aprovechan al máximo, en placentero reposo, sueño o ensueño sobre la cama.
Los he observado con la vieja e inseparable carretillita, calle abajo y arriba, trocando lo sucio en oro; dando brocha sobre muros, columnas, contenes y barandas de puentes elevados, rescatando viejas farolas u observando el paso del auto fúnebre, seguido de familiares con cuyo dolor se solidarizan en respetuoso silencio.
Algunos llegan a convertirse en verdaderos maestros, tijera en mano, podando las mismas plantas que los incrédulos afirmaban un tiempo atrás no crecerían, en medio de tanta sequía y hostilidad ambiental.
Pero sucede que los sencillos trabajadores del sector comunal –esos que ignorantemente a veces ignoramos– no entienden de temores, de peligros, de echar hacia atrás, porque tienen por delante una labor, una función que cumplir y una familia que aguarda por el honesto ingreso salarial del mes, para continuar enfrentando y venciendo, al menos, una parte de los obstáculos que anteponga la vida.
Por eso se me antoja sumergirme en el teclado de mi computadora, para, desde él, subir a la cima de ese hombre que limpia lo que otros ensucian y de esa mujer que planta la rosa que ojalá todos cuidemos.




















