Ni remotamente imagina que estoy detrás de ella, observando cada gesto de dolor, sufriéndolo yo también.
Solo un suspiro, acaso expresión de llanto retenido, rompe el silencio de la fresca mañana.
Han pasado décadas desde que perdió a su adorado hijo, pero aún le parece que fue ayer, hace apenas un rato… o que nunca sucedió.
Por eso le acaricia el rostro con la yema de los dedos, lo besa, se lleva ambas manos a la cara, eleva la mirada al cielo…
Así suelen expresarse, en un mismo instante, en un mismo espacio, el amor y el dolor de una madre.
Tampoco imagina que mi lente la detiene en breve secuencia, la comprende, la envuelve en el abrazo de Cuba entera.
Fotos. / Pastor Batista























