Los buenos modales, ser educados y respetuosos, marcan a cualquier sociedad, y contribuyen al bienestar de su gente. Los tiempos de crisis laceran, y los valores que se pierden en poco tiempo, tardan mucho en resurgir
Quien quiera pasar trabajo con la educación de un hijo, solo tiene que dejarlo hacer su voluntad desde el primer llanto vital. A partir de ahí, esa persona no vivirá tranquila, ni su familia, ni los vecinos; porque será, desde el alumbramiento, un chiquillo malcriado. Para que no suceda, no será preciso maltratarlo. El bebé deberá recibir mucho cariño –sin transgredir los límites– para aprender a prodigarlo.

El poema Los niños aprenden lo que viven, de la escritora y consejera familiar norteamericana, Dorothy Law Nolte, es un retrato de lo que se pude lograr –o no– con una correcta educación: … Si un niño vive con justicia, aprende a ser justo. / Si un niño vive con seguridad, aprende a tener fe. / Si un niño vive con aprobación, aprende a quererse a sí mismo. / Si un niño vive con aceptación y amistad, aprende a encontrar amor en el mundo.
Se trata de la parte hermosa de la formación, pero está el reverso: Si un niño vive con crítica, aprende a condenar. / Si un niño vive con hostilidad, aprende a pelear. / Si un niño vive con ridículo, aprende a ser tímido. / Si un niño vive con vergüenza, aprende a sentirse culpable.
Los padres han de aspirar a que los hijos experimenten lo que es “encontrar amor en el mundo”; más, la realidad que nos llega es otra. Y aun cuando es innegable lo gratificante que resulta ver cuando un pequeño, en su actuar, no va más allá del límite permitido por los padres, la mayoría trata de probar fuerza y hacer su voluntad: un hogar donde padres e hijos que conviven con el irrespeto y la desobediencia, hasta que el mal se torna incurable.
Hoy apenas se escucha a un niño preguntar: “Mamá –papá– ¿puedo…?”. La mayoría actúa con aparente independencia, a la que los progenitores –a sabiendas de cuáles pueden ser los riesgos de no actuar en este sentido–, no ponen un freno antes de que, como se dice popularmente, “la carreta se vaya delante de los bueyes”.
Es muy complicado ver a un hijo discutiendo con los mayores de igual a igual, y no sentirse tentado a intervenir, pero se inhibe, porque aun cuando abogue por el respeto inherente a las relaciones parentales, e intente exaltar la autoridad de ese padre, puede ser él mismo quien la mande a freír espárragos, por meterse donde no lo han llamado.
En los años 80 del siglo pasado hubo en Cuba una campaña abogando por el rescate de la educación formal –no se veía tanto irrespeto como hoy– y se avanzó algo, aunque no lo esperado. Ha transcurrido más de la cuarta parte del siglo XXI; al parecer, estos no son temas de la cotidianidad. Sabido es que la sociedad ha de marchar a tono con los tiempos; el desarrollo científico así lo exige, algo que siempre tendrá que ir acompañado de buenas costumbres, ya que la afabilidad no pasa de moda.
Casa y escuela: un todo

Prevalece la tendencia a considerar que es la escuela la máxima responsable de la educación de un individuo, olvidando que el primer peldaño en este ascenso es el hogar, el seno familiar, cuna de las vivencias iniciales del aprendizaje de ese hombre o mujer del futuro.
Generaciones de pedagogos e investigadores de las más diversas ramas del saber aseguran que la familia es la primera escuela del hombre, y es preciso educar a los hijos en el respeto y la sensibilidad humana. En consonancia con tal afirmación traigo a colación el ejemplo de dos niñas de mi vecindad, de 10 y 13 años, cuyo entretenimiento es mortificar a las personas de la tercera edad, solo por diversión, acciones muy reprobables.
Las madres permanecen indiferentes, porque “ellas tienen que jugar”, actitudes ante las cuales, las personas que abogan por el respeto inculcado desde la cuna, han decidido no insistir. Las respuestas son decepcionantes, por lo que reflejan esas voces infantiles. Son conductas más reiteradas de lo que muchos imaginan, sin importar el nivel de educación recibido en las instituciones educacionales, porque falta el sustento firme del hogar.
“¡Pobres, de veras, los padres que no siembren en las almas de sus descendientes la inquietud por la lectura, la urgencia del saber y la superación intelectual que es aspiración suprema de los que colocan en los hijos la esperanza de un mañana mejor!”, decía Eusebio Leal, quien fuera hasta su fallecimiento, Historiador de La Habana.
Siempre he pensado que, antes de incursionar en el universo de la instrucción, el niño camina por la senda de los buenos modales que les deben inculcar los padres, y es sabido que no todos lo hacen. Esa educación se fortalece con la instrucción escolar; juntos, constituyen un todo para el adecuado comportamiento. Puede haber personas con gran arsenal instructivo, pero carentes de educación formal, norma imprescindible –pese a que escasea con frecuencia– del buen comportamiento social.

Desde enero de 1959, Fidel tuvo una preocupación muy particular por encender la llama del saber. “Nosotros no le decimos al pueblo: ¡cree! Le decimos: ¡lee!”, aseguraba. La prueba más relevante de ese propósito estuvo en el desarrollo de la Campaña de Alfabetización, la más grande ventana de acceso masivo al universo cultural.
A partir de entonces, se crearon las bases del desarrollo científico, en el terreno educacional, cultural y en los más diversos sectores, con una calidad digna de encomio. Para ello, cada año se han invertido cifras millonarias, con el propósito de responder a las exigencias de los procesos.
En la enseñanza general comienza el proceso. Escuela y familia, con el apoyo de la comunidad han de actuar en armonía por el propósito común de la adecuada formación en los educandos. Pese a las dificultades materiales, este año se buscaron alternativas para menguar carencias y preservar la calidad de los procesos. Por ejemplo, este curso 2025-2026 ingresaron a las aulas más de un millón 530 mil estudiantes de los diferentes niveles de enseñanza de la Educación General.
Recientemente, ante las dificultades ocasionadas por el recrudecimiento del bloqueo y el cerco energético, ha sido necesario buscar alternativas para ajustarse a las circunstancias. En este período, como durante la pandemia, los padres han de estar más atentos a las tareas de sus hijos, en virtud de ayudarlos a afianzar los conocimientos impartidos en los encuentros. En la práctica, son muchos los alumnos que solo recuerdan los estudios el día de los encuentros; mientras tanto, andan por las calles, en grupos, haciendo de las suyas.
“El pueblo más feliz –dijo José Martí– es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos…”. Esta misión, que involucra a la familia, la escuela y la comunidad –en completa armonía y no como entes en contradicción–, cobra una importancia mayor en tiempos como los que vivimos, porque durante las crisis se pierden tantos valores, que no basta solo con que los muchachos asistan a la escuela.


















