Cómo vemos al General de Ejército Raúl Castro Ruz en el día de suerte y homenaje de un nuevo cumpleaños
Hoy el General de Ejército Raúl Castro Ruz llega, para fortuna de nuestro pueblo y de la Revolución, a los 95 años. Nació el 3 de junio de 1931 en Birán, en la actual provincia de Holguín.
Sencillamente Raúl lo llaman los cubanos y los extranjeros que lo han admirado siempre por su lealtad y su firmeza. Él está en el estribo y por venir de quien viene, permítasenos unas palabras dedicadas a Don Ángel María y a Doña Lina, sus padres inolvidables.
Ángel nació en San Pedro de Láncara, Galicia, España, el cuarto día del último mes de 1875; y ella el 23 de septiembre de 1903, en Las Catalinas, Pinar del Río, anteriormente Nueva Filipinas, junto al cauce del rio Cuyaguateje, a unas leguas del camino de Paso Real de Guane, por donde Cuba mira al Golfo de México.
Raúl es el fruto de una pareja humana realmente valiosa e interesante. Él representaba a la autoridad severa, al hombre maduro, con ímpetus juveniles, rectitud de eucalipto, callada bondad, como generoso hacendado.
Ella cuando lo veía se aturdía sin saber qué hacer, y hasta embarazada de sus siete hijos se notaba esbelta y bella al punto de parecer, como lo ha descrito la escritora Katiuska Blanco Castiñeira, alimentarse con pétalos de flores, porque era vendaval, el genio, la energía. Montaba a caballo con destreza. Manejaba un coche de cranque y pedaleaba en la finca con bocinazos espantadores de pájaros y mariposas. Su padre decía que ella era fuerte como un rabo de nube.
En realidad, Ángel para aquella mujer era “su otro yo”, aunque le costara disimularlo. Su amor por Ángel comenzó al escuchar conversaciones acerca de él por algunas mujeres de la casa y del batey de Birán, y así empezó a adorarlo.
Se amaron por primera vez en noche de luna creciente, en el silencio de la casa de madera de pino, en la incitadora magia de un batey de un lugar insólito.
No puede negarse nada de lo anterior, pero tampoco dejar de decir que Ángel María vestía en esa etapa crucial de traje blanco de dril cien y portaba un revólver de 18 tiros a la cintura, visible para todos, en una formidable cartuchera de cuero brilloso cuando el sol le daba.
Allí en el Batey con nombre taíno, mejor decir aruaco, en una casona asentada sobre horcones o pilotes de caguairán, respiró el primer oxígeno de aire un niño de singulares valores, cuyo héroe desde el instante de tener razones, fue su hermano Fidel, quien en esa fecha había terminado el primer grado de la Escuela Pública Mixta No. 15, la que revelaba un techo de cinc en aquel rincón fabuloso casi desconocido del este cubano, donde impartía clases Eufrasia Feliú.
En 1932 Raulito, con seis meses de nacido, fue llevado a la consulta de la doctora Nieves en la casa santiaguera de la calle baja de Princesa No.50, junto con Angelita, hermana de nueve años, con sospecha de problemas en la vesícula.

Raulito, con cuatro años y medio, en una vivienda de Santiago, por la noche, al verse lejos de Birán y de sus padres, sin su habitual biberón, inició un llanto interminable y un cura tuvo que comprarle uno en una farmacia de guardia nocturna y de madrugada, preventiva de situaciones de emergencia.
Mientras Ramón y Fidel estaban en los Colegios de La Salle en septiembre de 1935, los hermanitos más pequeños: Raulito, Juanita y Enmita se encontraban en el batey de Birán, pues fue a partir de 1936 el período en que estudiaban juntos los tres varones de la familia en Santiago.
En Birán no existían ferias, ni acordeones, ni pianos, ni iglesia, ni tampoco gitanas adivinadoras. En todo caso un circo de mala muerte, de pocos artistas con trajes deslucidos, llegados al sitio de vez en cuando para ofrecer funciones aburridas y de pésima calidad.
Ver un circo de verdad exigía viajar a la localidad de Marcané. La única distracción disponible para los habitantes biraneses era una valla de pelea de gallos finos.
Raulito se hirió en la cabeza
Cuando esta persona que felicitamos en nuestra reseña era un niño en la escuela religiosa de sus dos hermanos mayores, era un ejemplo verdaderamente especial. No debía cumplir horarios, no asistía a las misas, no pertenecía a ningún grupo o clase del centro, deambulaba como quería por los pasillos, se le veía impaciente porque llegara el recreo y se asomaba insistente a las aulas en plenas clases para ver a Ramón y a Fidel; corría en un velocípedo por los diferentes espacios del colegio cuando chocó contra un piano, se hirió en la cabeza y sangró de manera preocupante.
Para atender si era grave la lesión hubo que pelarlo. Como no le gustó frente a un espejo la improvisada y nueva apariencia, se dio un tijeretazo en el pelo y ello le endilgó el apodo “Pulguita”.
Otra picardía o travesura de Raulito fue al ver y oír las sirenas de un camión de bomberos pasar veloz por el costado de aquella escuela y encaramado en un banquillo, también con cierto peligro de accidente, gritaba a uno de sus amiguitos: “Oye, Cristobita, corre, que ¡se está quemando Santiago!”.
En verdad Raulito no dejaba en esa época infantil de su vida de hacer maldades. Ramón lo consentía como hermano mayor de los varones y lo defendía a capa y espada, e intercedía por él. Fidel aludía a la malacrianza del más pequeño de los varones. Ramón lo miraba como el más pequeñito y proponía no exigirle tantas cosas con demasiado rigor disciplinario.
Es que aquel muchachito nació con cierta viscómica, una increíble simpatía personal, sobre todo cómica, allí en el colegio, donde él no recibía clases todavía.
En el acto de fin de curso, en 1937, con seis añitos aún no cumplidos, en el Colegio La Salle se organizó un acto de fin de curso. En aquel momento, Raulito vio los cielos abiertos para presentarse sin que nadie lo invitara. Fue muy simpático y sano su aporte a la ceremonia, iniciativa suya exclusiva que lo retrataba perfectamente.
Contribuía a la hilaridad de todas sus intervenciones el hecho cierto de que era inquieo, y la forma en que se movía con una gracia singular en la tarima del escenario, bailando sin saber hacerlo. Buscó el modo y provocó la risa de todos los presentes, alumnos, maestros y familiares,
Serio, como si lo hubiera ensayado, se paró en la tarima delante del público, cual actor de teatro y cantó a la vez que intentaba bailar: “La puerta de mi casa, / tiene una cosa, / tiene una cosa. / La puerta de mi casa / tiene una cosa. / Pero… ¿qué cosa? / Que se abre y se cierra/ como las otras, /como las otras”.
Katiuska Blanco lo describió en su libro Todo el tiempo de los cedros: “¡un niño duende!”.
En 1937 Raulito ingresó en una de las escuelas denominadas cívico-militares, creadas por Fulgencio Batista para tratar de ganar el prestigio que no tenía y necesitaba, por ser el alumno hijo de un hacendado de éxito como Ángel Castro Argiz.
Los maestros de tales escuelas eran militares. Y el de Raulito lo obligó a aprenderse de memoria una solicitud oportunista. La escuela donde estudiaba Raulito era la Birán I. En una visita de Batista a dicho centro, el más jovencito de los varones de Ángel y Lina, le pidió lo que el maestro le había ordenado: “Esta noche los alumnos de la escuela cívico-militar Birán I le piden a usted que haga Teniente a mi sargento”
Al maestro Armando Núñez no solo lo ascendieron a Teniente, también lo nombraron director de un centro de mayor nivel técnico en Mayarí. El maestro se llevó consigo al alumno Raulito, mas al no tener la edad requerida, lo mandó a la casa de unos parientes en el barrio santiaguero de Los Hoyos, hasta que Lina fue a buscarlo, no lo encontró y tuvo que rescatarlo en el otro sitio antes mencionado.
Raúl, con solo seis años, pasó un tiempo en Santiago en la casa de la maestra Emiliana Danger y en la del comerciante Martín Mazorra, dueño de la tienda La Muñeca. Creció con la firmeza y la ternura de los troncos del cedro. Una suerte en su formación fue Benito Rizo, al que Lina acogió de niño muy pobre, delgadito, noble y respetuoso.
Después de estudiar en el Colegio de Dolores, en Santiago, y cursar un año en Belén, Raúl trabajó con Álvarez, el Tenedor de Libros, entre papeles y resúmenes contables. Había matriculado en Belén el año en que Fidel terminó el Bachillerato.
Tras pasar por los santiagueros Colegios La Salle y Dolores, se cansó de los rigores dogmáticos, regresó a la finca de sus padres, donde era muy feliz, con la libertad de su carácter insumiso, jovial, sagaz y desprejuiciado. No faltaba a un bembé de los haitianos, al tiempo que los defendió de los desmanes de la Guardia Rural.
Fidel pensó que Raúl en Birán perdía tiempo
Su hermano del alma consideró que Raúl perdía tiempo en Birán. Ángel lo puso a trabajar en distintas cosas: cosecha de papas, carretillero, labores en un almacén, luego como dependiente y al final con en la oficina: tras sus protestas y rebeldías su padre empezó a pagarle 60 pesos al mes, en esa época una fortuna.
Ángel lo vigilaba por las noches, iba a su cama a ver si estaba o se había ido. Fidel, con 24 años, aún estudiaba Derecho y en una de sus visitas a Birán, convenció a Raúl para que siguiera sus estudios en La Habana, donde realizara tres años del Instituto en solo dos y después matriculara en la carrera de Derecho Administrativo. Raúl accedió. En ese período Fidel hizo que leyera libros de Marx, Engels y Lenin, las obras principales, y así lo hizo.

Raúl viajó por varios países de Europa en actividades de la lucha estudiantil, reuniones, en la creación de Comités Preparatorios del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de turno, y a su regreso a Cuba por el puerto de La Habana, junto con los jóvenes guatemaltecos Bernardo Lemus Mendoza y Ricardo Ramírez de León, fue detenido porque trajeron revistas, periódicos y medallas de la Rumanía socialista.
En aquel recorrido internacional conoció al soviético Nikolai Leonov y el 3 de junio de 1953, al pasar por Curazao, celebró allí su cumpleaños 22 y se retrató frente a una casa estilo holandés.
A inicios de 1953 ya Raúl era miembro de la Juventud Socialista del PSP y del M-26-7 encabezado por Fidel. Cuando se supo de los asaltos al Moncada y al Carlos Manuel de Céspedes, Ángel le reprochó a Fidel que se hubiera llevado a esas acciones a su “Becerrito”, como llamaba al varón más joven.
Raúl ayudó a conseguir algunas armas y participó en la toma de la Audiencia; es decir, el Palacio de Justicia. Desde la azotea, pudo ver cuando los revolucionarios se retiraban y, luego de desarmar a varios soldados, salió de allí antes de que lo asesinaran.
Tras el heroico 26 de julio se escondió en la casa de la doctora Ana Rosa Sánchez y también en otros lugares. Fue capturado en el trayecto despoblado Dos Caminos a San Luis. Lo llevaron al Moncada, al vivac y finalmente a la prisión de Boniato, donde se vieron él y Fidel, sin que los dejaran conversar. Fidel lo vio cuando ayudaba a caminar a Reynaldo Benítez herido de bala en una pierna, sin curar todavía.

Ramón, Fidel y Raúl, antes de que estos dos últimos partieran hacia México, se despidieron y retrataron al frente del Alma Mater en la escalinata de la Universidad de La Habana. Luego de 22 meses de prisión Raúl partió primero, el viernes 24 de junio de 1955; y Fidel el 7 de julio siguiente.
En el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba el 26 de julio de 1953 y en los meses de duro entrenamiento para la famosa expedición libertadora del yate Granma, en diciembre de 1956, quedó muy atrás la etapa lógica de la niñez de Raúl, marcada por travesuras y maldades inolvidables, y actuó en la tierra de Juárez como la mano derecha de Fidel en casi todas las actividades, hasta la celebración colectiva de su cumpleaños 25, el 3 de junio de aquel año. La travesía marítima, el desembarco, la Sierra Maestra, el II Frente Oriental Frank País y todo lo demás lo dejamos para otros colegas.

Fuentes consultadas:
Todo el tiempo de los cedros, Katiuska Blanco Castiñeira, Editorial Abril, 2009 y La palabra empeñada, de Eberto Norman Acosta, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, 2016.





















