BOHEMIA ofrece a sus lectores el testimonio de quien estuvo al frente de misiones encomendadas directamente por el entonces Comandante Raúl Castro
En casa de un amigo común conocí al comandante del Ejército Rebelde Pedro Luis –su nombre de guerra. Allí, con cierta sistematicidad, varios vecinos y amistades nos reuníamos, charlábamos, hacíamos bromas. Las vivencias y anécdotas personales brotaban solas y todos, sin excepción, las escuchábamos con mucho detenimiento. Unos contaban su paso por las lomas del Escambray persiguiendo a los bandidos; otros narraban vivencias de la campaña de alfabetización o de la escalada a los Cinco Picos.
Sin embargo, las anécdotas más atrayentes fueron las del comandante Pedro Luis –su verdadero nombre es Manuel Quiñones Clavelo– espirituano de pura sangre. El porte marcial, que traslada a sus gestos y palabras, imprime a la narrativa una imantación especial. Cuando habla, parece estar viviendo, una vez más, su paso por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
“Conocí al entonces comandante Raúl Castro Ruz en una madrugada de marzo de 1959 –comenzó diciendo en una ocasión–, me encontraba en la ciudad de Santa Clara, donde yo era segundo jefe de la Policía Nacional Revolucionaria. Con anterioridad me había incorporado a la Columna 8 Ciro Redondo, en la que conocí al Che y a Ramiro Valdés. Recibí una citación para La Habana… Y allí estaba Raúl: muy joven, recién llegado de la Sierra Maestra, aún tenía el pelo largo.

“Me asigna la tarea de crear un órgano, junto con otros compañeros, encargado de monitorear cualquier suceso inusual o que pudiese afectar el rumbo correcto de la Revolución dentro de las filas de los diferentes cuerpos armados: Marina, Ejército y Aviación, entre otros. Fue el primer paso hacia la formación de una Contrainteligencia Militar. Un año más tarde, en diciembre de 1960, se estructuró el Estado Mayor General de las FAR en el cual trabajé como Jefe de Información.
“No obstante la seriedad y complejidad de la misión asignada, Raúl lo hizo de manera jovial, cariñosamente, como si conversara con hermanos y no con soldados y oficiales”.
Así terminó el comandante Pedro Luis la primera historia sobre sus encuentros con Raúl. Mas no fue la única. Recuerdo otra reunión en casa del amigo común. En esa ocasión se inclinó por hacer la siguiente anécdota: “Una noche, en un sitio cercano al poblado de Managua, La Habana, Raúl plantea a un selecto grupo de combatientes cumplir una misión en un país con cultura y religión muy diferentes a la nuestra. Recuerdo perfectamente que Raúl subrayó con firmeza: ‘hay que respetar a ultranza las costumbres de la tierra adonde vamos’. Después, con la misma marcialidad en sus palabras, nos informó que navegaríamos en un barco y, bajo ningún concepto o amenaza por parte de naves o aviones estadounidenses, podía ser detenido…
“Y así fue. Fuimos asediados día y noche durante todo el trayecto y llegamos a nuestro destino sin poder ser detenidos. También en aquellos momentos Raúl planteó esa compleja misión, categórica pero amistosamente. La nación hermana era Argelia”.
El comandante Pedro Luis, en otro momento, un poco con la cabeza gacha y sonriendo, narró lo siguiente: “Transcurría la década de los 60. Un grupo de oficiales nos reuníamos a jugar dominó todas las noches en el piso 20 del Ministerio de las FAR. Una noche, de improviso, se apareció Raúl y nos pidió que lo dejáramos participar. ¡Por supuesto que sí, comandante! –respondimos en coro. El juego prosiguió sin problemas. Luego de finalizar el partido, sucedió lo inesperado: ‘Aquí y ahora se terminó el juego de dominó’ –ordenó Raúl, aunque sin enojo, como si conversara con su familia y agregó: ‘¿Por qué, cabro… ustedes están desperdiciando luz, ¿por qué están desatendiendo a sus familias por estar jugando y además tienen a un compañero para que les traiga merienda y café?’. Nunca más se jugó al dominó; sin embargo, no nos molestó, porque entendimos su mensaje: debe primar la consideración por la familia y el país antes que nuestros deseos”.
En varias reuniones posteriores, el comandante Pedro Luis se mantuvo callado, solo escuchaba. Pensé que se le habían agotado las anécdotas: no fue así. Hizo muchas más. Recuerdo una en particular: “Un día de 1970 el comandante Raúl me citó a su despacho y me planteó la tarea de dirigir el Puerto de La Habana. Como siempre, cuando asignaba una misión, Raúl comenzaba así: ‘El Comandante en Jefe y yo le encomendamos…’. Lo más relevante fue lo dicho después: ‘Recuerde, Pedro Luis, que usted va a dirigir y trabajar con obreros y no con soldados. Y son obreros con un historial de lucha como la de Aracelio Iglesias. Y hay que tratarlos con respeto. De otra parte, usted va a manejar enormes recursos económicos para fortalecer el Socialismo y no el Sociolismo’ –esto lo subrayó con mucha firmeza”.

Ya como periodista abordé una mañana al comandante Pedro Luis en su casa del Cerro y le pregunté qué impresión le había dado Raúl, qué huella había dejado en su ánimo y conducta. De esta manera me respondió: “Raúl siempre fue un combatiente y dirigente excepcional. Pero si me dieran a escoger entre sus mejores virtudes yo señalaría la indoblegable defensa de la Revolución, el respeto absoluto a su hermano Fidel y su forma de tratar a sus subordinados.
“Siempre optó por hacer llegar las órdenes bajo un manto de afecto y compañerismo, sin falso autoritarismo. No le hacía falta, la autoridad la ganaba él con su ejemplo al frente de las Fuerzas Armadas. También defendió siempre el espíritu de ahorro y la atención a las familias de los combatientes y a su querido pueblo”.
Según me contó, muchos años después, en la década de los 90 él estaba al frente de un stand en una exposición del Ministerio del Azúcar. Recuerda que Raúl pasó por allí. “Me reconoció al instante y me saludó cariñosamente. No tengo la menor duda: ¡Raúl sigue siendo el mismo extraordinario ser humano de siempre!”.





















