Foto. / kchcomunicacion.com
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El precio del asiento vacío

La estadística oficial revela un desplome sostenido en la llegada de visitantes internacionales durante todo el 2025 y el primer trimestre de 2026; sin embargo, mientras los bolsillos de los cubanos sufren el golpe, algunos celebran medidas que asfixian su propia tierra


Al cierre de 2025, según datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), Cuba registró la llegada de 1 810 663 visitantes internacionales, lo que representó apenas el 82,2 por ciento de la cifra alcanzada en 2024. Pese a la urgente necesidad de recuperar el sector, los principales mercados emisores mostraron contracciones, encabezados por Canadá —con un descenso del 12,6 por ciento— y la comunidad cubana en el exterior —con una caída del 22,6.

Bad Bunny convirtió su residencia en motor turístico y económico para Puerto Rico. / cadenaser.es

Lejos de revertirse, el panorama se ha tornado aún más sombrío en el arranque de 2026. Hasta el mes de abril, de acuerdo con la publicación más reciente de la ONEI, Cuba ha recibido apenas 328 608 visitantes internacionales, solo el 44,2 por ciento de lo registrado en el mismo período de 2025, lo que se traduce en 414 382 visitantes menos.

Cuando los datos anuncian la debacle turística, el debate suele estancarse en la política. Se habla de gobiernos, de bloqueos, medidas e ideologías. Sin embargo, rara vez los comentarios giran en torno a la pregunta más importante: en la práctica: ¿quiénes son los verdaderos afectados cuando un turista desiste de visitarnos?

La respuesta no está en las oficinas, está en las calles. Los primeros en recibir el golpe de un asiento de avión vacío son los pequeños negocios, esos que han surgido sobre la base de inventiva y deseos de prosperar.  Hablo de los artesanos, zapateros, costureras, sastres y propietarios de emprendimientos gastronómicos y de alojamiento, entre otros.

El impacto tiene rostro y nombre propio. Rafael, guía turístico que solía realizar viajes regulares desde Varadero a La Habana en un ómnibus de Transtur, le confesaba hace unos días a una amiga, con esa mezcla de resignación y angustia, que lleva muchísimo tiempo sin poder trabajar. El descenso del turismo canadiense le ha privado de ingresos a él y a los suyos.

Situación similar la de Luis, propietario de un automóvil clásico con el cual acostumbraba a hacer recorridos por La Habana Vieja. La mengua de foráneos y el elevado precio de los combustibles lo han obligado a desempeñar otro oficio, mientras su vehículo reposa empolvado en el garaje de su casa.

Quienes desalientan y criminalizan el arribo de visitantes promueven un castigo colectivo contra el pueblo cubano. / bbc.com

A él se suman muchos trabajadores del sector turístico que hoy se encuentran en sus casas, cobrando salarios mínimos o de interruptos, aguardando por una normalidad que parece alejarse cada vez más. Este drama se cuela sin permiso en miles de hogares, en tanto resulta paradójico ver a algunos coterráneos defender, e incluso celebrar, las medidas y sanciones impuestas desde la Casa Blanca, llamadas a desalentar el arribo de visitantes y que, pretendiendo castigar a un gobierno, terminan promoviendo un castigo colectivo.

Para entender la miopía de esta postura, vale la pena mirar un ejemplo cercano: el mediático Bad Bunny. Este artista puertorriqueño ha sido crítico con la administración estadounidense hacia su tierra natal y se ha mostrado abiertamente opuesto a la gestión de los gobernantes boricuas —al punto de liderar protestas.

A pesar de ello, el año pasado el cantante organizó una residencia de conciertos en Puerto Rico titulada No me quiero ir de aquí, la primera de su carrera en promoción de su sexto álbum de estudio: Debí tirar más fotos (2025). Comenzó el 11 de julio y concluyó el 20 de septiembre de ese año, con 31 fechas celebradas exclusivamente en su tierra natal.

El artista convirtió aquella residencia en un motor turístico y económico para el país. Reportes hablan de entre 379 y 713 millones de dólares inyectados en la serie de presentaciones. Pese a su oposición, Bad Bunny demostró una lucidez que a muchos les falta: entendió que asfixiar la economía de su propio territorio no tumba gobiernos y si afecta el bienestar de su gente. Comprendió que, al final del día, los principales beneficiarios de que el dinero fluya son el taxista, el del restaurante, el vendedor ambulante…

El desplome en la llegada de turistas impacta en la mesa, el bolsillo y la esperanza de los cubanos. A los deseosos de sequía a su propia tierra, con el anhelo de que otros sufran las consecuencias, deben saber: su despiadada actitud solo nos condena a un desierto compartido en el cual terminamos perdiendo todos.

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