Así vivió Eduardo Torres Cuevas, dedicado con pasión a la historia de su país, pero también ocupado en su presente y en cimentar el camino hacia el futuro
Con pesar supe que acaba de fallecer el historiador, pedagogo, ensayista, intelectual cubano Eduardo Torres Cuevas, a punto de cumplir 83 años de edad. A él le debo haber conocido la historia de las mentalidades, el respeto por esas indagaciones que develan las transformaciones materiales y culturales de los pueblos, tan relevantes como las dedicadas a las personalidades y los sucesos políticos. Pude entrevistarlo y escuchar sus conferencias en más de una oportunidad; así disfruté de su conversación erudita y a la vez fluida, amena.
Un colega suyo, el investigador Félix Julio Alfonso, considera que “Eduardo es, en los últimos 50 años en Cuba, el más importante estudioso del pensamiento cubano del siglo XIX”. En sus decenas de obras encontramos “penetrantes juicios sobre asuntos medulares”. Entre dichos volúmenes destacan, por ejemplo, En busca de la cubanidad (varios tomos), Félix Varela. Los orígenes de la ciencia y con-ciencia cubanas (1995), Antonio Maceo. Las ideas que sostienen el arma (1995), Pasión por hacer y pensar la historia.
Antes de ponerse al frente de la Sociedad Cultural José Martí y la Oficina del Programa Martiano, Torres Cuevas laboró en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, presidió la Academia de Historia de Cuba, dirigió la Casa de Altos Estudios Don Fernando Ortiz y la Biblioteca Nacional José Martí. Al cumplirse el centenario de la revista (fundada en 1909, por Domingo Figarola Caneda) de esa última institución, en entrevista a BOHEMIA mencionó un principio que también había hecho suyo:
“Una de las tesis de su creador, sostenida por muchos de los directores siguientes, era que la cultura es pensar; primero debemos pensar, conocer, y a partir de ahí se puede hacer una labor enraizada en los verdaderos valores culturales de un país”. Y agregó: “Para defender en el siglo XXI nuestra cultura tenemos que ir a las bases profundas de esta”.
Igualmente reflexionó acerca de las pesquisas historiográficas. “Muchos investigadores ven un tema, dicen qué interesante y repiten un trabajo ya hecho por otro. Para mí un asunto preocupante son las investigaciones que no parten de un conocimiento recogido en las realizadas con anterioridad”.
En entrevistas concedidas a otros medios de prensa se refirió a cómo se entrelazan el pasado, el presente y el futuro de los cubanos. Al respecto, razonó: “Dentro de diez años, todo tendrá que ver con lo que seamos capaces de construir. Nada está determinado, lo determinarán los hombres”. Nuestra nación “posee una gran riqueza de pensamiento y de vivencias sociales y políticas”, la cual es una pieza fundamental en el camino que pueden seguir los jóvenes para llevar adelante el país.
Sobre su quehacer a lo largo de más de medio siglo afirmó: “Mi vida, mi contribución, ha sido ver crecer a Cuba; lograr que los cubanos de hoy piensen nuestro destino y se hallen a la altura de la tarea universal que nos colocó estar, como diría Martí, en el fiel de América. No sé si lo consiga, una cosa es la intención y otra el resultado”.
A tal empeño nunca le escatimó tiempo ni esfuerzos. Lo recalcó en un texto publicado en el Portal José Martí, en 2020: “He amado la cultura y las ciencias, así de simple, pero ese amor desata la pasión que lleva a la entrega sin límites, sin horas; mis momentos de exaltación siempre se relacionan con ese instante en que cesa la angustia sartreana, porque se ha llegado a cumplir la obra creadora de ese momento”.


















