Breve acercamiento visual a legendarias piezas que forman parte del patrimonio azucarero y del transporte cubano
Algunos cubanos detienen la marcha, bajan del auto, observan durante unos minutos, tal vez toman una foto y prosiguen su viaje.
Otros, mordidos por esa cotidianidad que ya no les altera la pupila, prácticamente ignoran el detalle.
Distinto suele ocurrir con el visitante extranjero. No siempre se tiene la posibilidad de ver una de aquellas añejas locomotoras a vapor, que el séptimo arte congeló para la posteridad, mientras rodaban por la vía de hierro, despidiendo enormes bocanadas de humo, como de dragones rodantes se tratara.
Independientemente del uso que pudieron tener en la transportación de pasajeros o de mercancías, en Cuba tuvieron marcado empleo en la centenaria industria azucarera.
Por suerte, al ser progresivamente desplazadas por máquinas más modernas, hubo una loable voluntad de conservarlas.
Muchas permanecen, a modo de piezas museables, en estratégicos puntos de autopistas y carreteras.
Otras están en ingenios: luego de su lamentable desactivación, se convirtieron en museos. Es el caso del Central Patria, en Morón, Ciego de Ávila, en cuyo patio se hallan las de otros centrales del territorio, entre ellos los de Venezuela y Orlando González.
Recuerdo que hasta hace algún corto tiempo, una de esas máquinas halaba dos coches, en breve recorrido con turistas extranjeros hasta un ranchón campestre, donde la autóctona cocina criolla y productos como el tabaco y el ron o la música campesina y tradicional complementaban la gira.
Con sus acostumbrados aires de curiosidad, BOHEMIA les ofrece a sus lectores este puñado de “imágenes a vapor”.
Las demás puede captarlas usted mismo(a) cuando, en viaje por el archipiélago, vea “acercarse” esa vieja locomotora o zepelín, que quizás usted nunca contempló más allá de los fotogramas que la cinematografía ponía a rodar: a una velocidad de 24 por segundo.






























