El narrador, poeta y dramaturgo cubano narra lo que vivió durante los primeros días de 1959
Por Virgilio Piñera
La Habana era un cementerio la noche del 31 de diciembre. Excluyendo a los bien enterados (no creo que muchos), el resto de la capital no sospechó que Batista huía esa noche. La expectación (sin duda, fue una noche expectante) no era el resultado de una corazonada; es decir, presuponer que el Gobierno “haría sus maletas”, mas por el contrario el resultado de una interrogación: ¿seguiríamos padeciendo a Batista a todo lo largo del año que ya se nos encimaba? Cinco minutos antes de las doce dejamos el partido de canasta y abrimos la sidra. Digan lo que digan, el habanero no combatiente descorchó y brindó por el nuevo año. No por ello habrá que anatemizarlo. El hecho de tomar una copa en circunstancia tan dramática contribuía a hacer más patente el drama que estábamos viviendo. Grité fuerte al hacer mi brindis: “¡Viva la Revolución!”. No lo hacía tanto por espíritu de bravata como porque en tal grito iban implícitos confianza y esperanza. Entre los que luchaban con exposición de su vida por la libertad de Cuba y los que anhelábamos dicha libertad había la íntima conexión de ese grito, “¡Viva la Revolución!”, que horas más tarde se anunciaría triunfante.
Después salimos a la calle. El reloj marcaba las doce y media. En 12 y 23 la gente se mostraba silenciosa, a mil leguas del bullicio que significa una noche de año nuevo. Al pasar por la Avenida de los Presidentes, vimos pasar a gran velocidad varios autos del Gobierno. Dijimos: “–Esta gente es la única que se divierte esta noche”. Ni por un momento sospechamos que ya estaban huyendo.
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De esta huida desenfrenada hay docenas de anécdotas. Sean ciertas o inventadas (para el caso es lo mismo), hay una que con el decursar del tiempo será antológica. La escena tiene lugar en casa del presidente del Tribunal de Cuentas. Este señor daba una gran fiesta para despedir el siniestro 1958 cubano. Cien parejas invitadas. Ríos de champán y, presumiblemente, pases de cocaína. Rumbas frenéticas y lánguidos calipsos […] a las cinco de la madrugada un amigo telefonea al dueño de la casa para confiarle que Batista acaba de huir. Pero ocurre que el presidente del Tribunal de Cuentas está tan borracho que toma la advertencia por broma, la tragedia por comedia. Y vuelve al salón y cuenta el chiste del amigo. Uno de los invitados, menos borracho, no toma la cosa tan a broma. A su vez, llama por teléfono, confirma la noticia […] Desbandada general: las mujeres chillan, dejan olvidadas sus estolas y sus capas de visón, todos corren en busca de sus autos, y todo eso a las cinco de la madrugada; es decir, con los restos de la noche y la terrible claridad de un día ominoso para ellos.
Y comenzó la inundación. Al principio, y a pesar del ímpetu avasallador que llevaba en sí misma, se mostró como ese hilo de agua, rápido y zigzagueante, pero que al mismo tiempo el pie de un niño podría desviar de su curso. Cada cual, si no es inhumano, tendrá su opinión sobre las revoluciones. La gama es variadísima. Para este habrán alcanzado su punto alto en el momento de la lucha clandestina; para aquel, cuando tengan cumplimiento las conquistas sociales por las cuales los hombres lucharon al precio de su vida. Para mí, que no puedo dejar de ser poeta, cuando el pueblo, como río desbordado, se lanza a la calle con furia incontenible. A esto se podría llamar la “oportunidad del pueblo”. Esta oportunidad se caracteriza, de un lado, por la fraternización; del otro, por el espíritu vindicativo. No bien la radio confirmó que Batista había soltado el Poder (es el verbo que conviene pues hubo que arrebatárselo de las manos) el pueblo se lanzó a la calle. Todo aquello que significó expoliación, es decir, parquímetros, casas de juego, vidrieras de apuntaciones; todo lo que traducía la opulencia insolente de los batistianos: residencias, clubes, fue tirado patas arriba, quemado. Cada treinta, cuarenta o cien años el pueblo es, por unas horas, el dueño absoluto de la ciudad. Durante esas horas el pueblo es amo omnímodo, con plenos poderes, con derechos de horca y cuchillo. Es un espectáculo grandioso por cuanto ve plasmarse inopinadamente ese sueño de Poder que él, también, quisiera detentar. Vi en la esquina de Carlos III e Infanta a dos hombres que desviaban los vehículos a su entero capricho. Había mucho de infantil en este juego, pero también la añoranza en pequeño del gigantismo del Estado. Una mujer gritaba como poseída: “–Yo hago lo que me sale del…”, y lucía tan majestuosa e imponente como Isabel I mandando a decapitar al conde de Essex. En el bar Rock and Roll (calzada de Ayesterán), vi a un nuevo Atlas coger la caja contadora y hacerla pedazos contra el suelo. Billetes y monedas saltaron alocadamente, pero ninguno de esos dioses justicieros osó apropiárselos. He ahí la honradez de un minuto sagrado […]

Y de pronto surgieron los milicianos. En este sentido, tuvimos sorpresas que llegaron hasta la estupefacción. Un mecánico que vive en el apartamento contiguo al nuestro bajaba las escaleras con el brazalete del M-26-7 y un revólver al cinto; como siempre lo había visto con otra clase de hierros, no podía dar crédito a mis ojos. Después supe que había expuesto su vida cien veces, que en su casa se confeccionaban brazaletes, tenían lugar reuniones secretas. Yo estaba maravillado. No pasaba un minuto sin que este u otro “inofensivo” vecino de mi barrio apareciera armado hasta los dientes. He aquí la hora solemne del darse a conocer: “–¿Pero tú también estabas metido en esto? Nunca lo hubiera sospechado… “–¿Te acuerdas de mi hermano de quien te dije que estaba en Nueva York? Pues entérate ahora que estaba escondido en casa de mi sobrina… Y así por este tenor. Como si hubiese llegado la hora del Juicio Final y todos nos reconociéramos. La gente más insospechada, esa de la que pensábamos que se limitaba a soportar la dictadura con los brazos caídos, surgía de todas partes al conjuro de la Revolución –palabra mágica–. Se contaban estos milicianos por centenas. La noche del día primero me ocurrió una pequeña aventura con ellos. Debido a la huelga general declarada en horas de la mañana, me vi obligado a caminar desde mi casa en Ayesterán hasta el Parque Central. Al llegar a la esquina de San Rafael y Amistad, un miliciano me pone su fusil en las manos y me ruega que tome su lugar hasta tanto él pueda regresar. Me ha confundido con uno de sus compañeros, pues llevo una camisa negra con adornos en rojo. Maquinalmente tomo el fusil y hago mi posta de veinte minutos […] Aquí también, en la ciudad de La Habana, en una isla del Caribe, salía a respirar, a pleno pulmón, el aire de libertad y, por supuesto, el olor de la pólvora.
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En La Habana había tanta expectación por ver a los barbudos como aquella de los siboneyes cuando el desembarco de Colón […] El día dos de enero La Habana esperaba a sus barbudos […] los esperaba con los brazos abiertos.
[…] Al mismo tiempo, los barbudos concentran sobre ellos la atención mundial. Para empezar, relegan el yulbrynnismo a un plano muy secundario. Abundancia capilar, condottieri, César Borgia, Renacimiento… A propósito de esto: edades del mundo y cuadros de grandes pintores deambulaban por las calles habaneras. Los tiempos bíblicos con Jesús y sus doce apóstoles, juntos o desperdigados, podremos verlos en la esquina del Hilton. Hay también Boticelli, Tiziano, Andrea del Sarto, Piero della Francesca, Rembrandt y Durero… He visto en San Lázaro e Infanta a uno de los músicos del Concierto campestre de Giorgione; un barbudo que frisa en la cincuentena puede ser perfectamente el autorretrato de Leonardo y ese otro “barbudo” lampiño de apenas quince abriles el de Rafael. Y todo esto al estado puro, sin afectación, con maneras encantadoras y sin nada de la insolencia del Miles gloriosus.

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Como era de esperar, esta inundación trajo la otra […] Me refiero a los burócratas –posesionados o sin posesionar–. Patetismo en los que tratan de retener su cargo; patetismo en los que luchan por encajarse. Común denominador de ambas falanges: guerra de nervios. De paso diré que uno de los “doce trabajos de Hércules” de la Revolución será el exterminio del monstruo de la Burocracia […]
[…] La inundación ilustrada (o la ilustración inundada, léase como se quiera) anegó en su mar de tinta las planas de los periódicos: en estos días se ha hecho más “literatura” en Cuba que en una década, ¡qué digo!, que en cincuenta años de República. No hay que aclarar que estos escritores son poetas de la Revolución o prosistas de ella […] Y, como es de esperar, también son ellos los que más ruido hacen, los que más exigen y los que más poder tienen. Este tipo de escritor, que de hecho es toda una fauna singular, lo es de pasada. Su verdadera personalidad habría que buscarla en el periodista o en el profesor. Dedicación máxima a lo uno o lo otro, y mínima al ejercicio de la literatura […] Sin embargo, como tenemos fe en esta Revolución pensamos que ella no es niveladora de un plano único y que las cosas, en el literario, se pondrán en su punto. El buen escritor es, por lo menos, tan eficaz para la Revolución como el soldado, el obrero o el campesino. Sépase, pues, de una vez por todas.





















