Foto. / Juan Pablo Carreras cubadebate.cu
Foto. / Juan Pablo Carreras cubadebate.cu

La sangre generosa

 Los yanquis no quieren entender el temple de los cubanos. Una y otra vez amenazan, bravuconean, y hasta son insensibles con el dolor de un pueblo que llora a las víctimas que ellos mismos han provocado. El sacrificio de estos heroicos hermanos no será en vano. Es la promesa de los que aman a la Patria más que a sí mismos


Cuando con sangre escribe/ Fidel este soldado que por la Patria/ muere, no digáis miserere:/ esa sangre es el símbolo de la/ Patria que vive.

Manifestaciones como estas tienen la virtud de estremecer el alma; los motivos de su realización mueven nuestros sentimientos y reafirman las convicciones de un pueblo que sabe lo que defiende. Marchas como esta, además de una reafirmación, nos mueven en el tiempo. ¿Cuántas veces hemos llorado juntos a nuestros muertos, víctimas de la saña imperialista?

En escenarios tan importantes como la Plaza de la Revolución, 23 y 12, el Cacahual y, más recientemente, la Tribuna Antimperialista, hemos alzado la voz y marchado con el reclamo esencial de ¡JUSTICIA! para nuestros seres queridos asesinados o por el derecho a vivir en PAZ, construyendo nuestro destino. Porque con un imperio que no ceja en sus malvados propósitos, no hay espacio para fiarse. Ya lo dijo el Che: “No se pude confiar en el imperialismo ni tantito así, nada”.  

La frialdad de esta mañana de enero no fue obstáculo para que en la Tribuna Antimperialista, como en muchos parques y plazas del país, se levantara el dedo acusador, señalando al Norte revuelto y brutal que nos desprecia.

Entre los 32 combatientes a los que se rinde tributo está el joven Antonio Báez Hidalgo, de solo 26 años. Uno menos tenía el artillero Eduardo García Delgado aquel abril de 1961, cuando la agresión del mismo imperio que hoy pretende apoderarse de la República Bolivariana de Venezuela, atacó por distintas bases aéreas de un país que daba los primeros pasos de su naciente revolución.

Aquel 15 de abril, en Ciudad Libertad, antiguo campamento Columbia, siete combatientes cayeron mientras rechazaban la traidora y sorpresiva agresión, una de las tantas orquestadas por los imperialistas contra Cuba. Otros objetivos fueron la base aérea de San Antonio de los Baños y el aeródromo de la oriental ciudad de Santiago de Cuba.

Gravemente herido, antes de morir, el joven miliciano escribió con su sangre el nombre de FIDEL, como su testamento político, su adhesión al joven proceso en marcha, por el bien de los cubanos.

La libertad es cara; forjar un destino propio -sin intromisiones, ni tutelaje imperial- cuesta; incluso, hasta la vida de muchos de sus mejores hijos. Ejemplos sobrados, a lo largo de 67 años, sustentan esta afirmación. Pero también está el juramento de aquel 16 de abril, en la esquina de 23 y 12, de “defender hasta la última gota de sangre esta Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes”.

Acciones brutales como la de Venezuela se dan y los muertos duelen, más allá de la existencia misma. Por eso cobran total vigencia las palabras de Fidel, hace casi 65 años: “…¡cómo sirven estos hechos para comprender!, ¡cómo sirven estos hechos para enseñarnos las realidades del mundo!, ¡cómo sirven estos hechos para educar a nuestro pueblo! Son caras las lecciones, son dolorosas las lecciones, son sangrientas las lecciones, pero ¡cómo aprenden los pueblos con esos hechos!, ¡cómo aprende nuestro pueblo!…”.

¿Cuántos Eduardo García Delgado surgieron después, tanto en Cuba, como en cumplimiento de misiones internacionalistas? ¿Cuántos Antonio Báez Hidalgo surgirán en el futuro? La vida dirá, aunque en lo acontecido esta mañana en muchos puntos del país hay parte de la respuesta. Pero ahora, retomo el poema La sangre numerosa, de Nicolás Guillen, Poeta Nacional de Cuba, cuyo título he parafraseado en este trabajo.

La sangre numerosa

Cuando con sangre escribe

Fidel este soldado que por la Patria

muere, no digáis miserere:

esa sangre es el símbolo de la

Patria que vive.

Cuando su voz en pena,

lengua para expresarse parece que

no halla,

no digáis que se calla,

pues en la pura lengua de la Patria

resuena.

Cuando su cuerpo baja

exánime a la tierra que lo cubre

ambiciosa,

no digáis que reposa,

pues por la Patria en pie

resplandece y trabaja.

Ya nadie habrá que pueda

parar su corazón unido y repartido.

No digáis que se ha ido:

su sangre numerosa junto a la Patria queda.

Nicolás Guillén

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