Centenario de un escritor que llevó a planos estelares el absurdo, en simbiosis con lo fantástico-real. Su obra epistolar salpicó la vida juvenil de esta periodista
A los 17 años ya entendía la trascendencia del término kafkiano con respecto a la condición humana. Mis padres se aplicaron en introducirme por la puerta ancha de las más notorias obras literarias. Sin embargo, haber leído La Metamorfosis (1915) de Franz Kafka no contribuyó en nada a que de buena gana aceptara la idea de que nos radicaríamos por tiempo indefinido en la ciudad donde siempre residió su autor. Infructuoso resultó el empeño paterno de engatusarme con frases como: “Fíjate, serás privilegiada; ¿qué otra niña cubana estará cerca de Gregorio Samsa? Y aunque la perspectiva inusitada de convivir con un personaje de ficción, por demás convertido en un monstruoso insecto, me hizo reír, seguí con mis demandas: “¡Quiero quedarme con abuela Maruja!”. No hubo remedio; debí hacer las maletas.

Una vez en Praga mi melancolía no cedía, máxime debido a mi “aislamiento”, pues llegamos en junio de 1980; o sea, en vacaciones escolares. Mi familia entonces contrató a una profesora de checo, Lena Bielikova, para introducirme en las complejas coordenadas de un idioma totalmente diferente al español, pero imprescindible para los estudios preuniversitarios. De aquellas primeras clases recuerdo sus muchos intentos para motivarme. Un día preguntó: “¿Qué sabes de Praga?” Escueta respuesta: “Kafka vivió aquí”. Sin pretenderlo quité la talanquera de la incomunicación. “Perfecto –dijo la profesora–, vamos a recorrer sus rincones, sus parques, sus iglesias. Olerás la misma humedad de la primavera, harás igual camino de regreso por donde el genio sorteó dolores y atrapó musas”. Más o menos fueron sus palabras. Yo, callada.
Siguiendo pisadas
En un despliegue de pedagogía pocas veces visto por esta periodista, quien con los años se convertiría en mentora, pidió la autorización de papá para llevar a cabo la original idea. Y vaya que dio resultado: terminé amando a esa ciudad, a su gente y a su literatura, con entusiasmo tal que todavía hoy duelen sus ausencias. Por eso cuando me percaté de que este 3 de junio de 2024 se cumplirían 100 años de la muerte del escritor checo más universal, decidí entregar una especie de testimonio por todo aquello que me hizo conocer. Afanada por “despertarme”, Lena repetía como un mantra la siguiente frase del autor inmortal: “Praga nunca te deja ir, es esa querida madrecita de garras afiladas que no te suelta”. En efecto, luego lo supe.

Nos movíamos incansablemente desde Hradcany, pasando por Leninova, hasta las inmediaciones de la callecita del Oro, célebre no tanto por su corta longitud ni por sus coloridas viviendas, como por cobijar tanto a alquimistas como a Kafka. El autor de El Castillo (1926) habitó unos años la casita número 22, muy cercana de una no imaginada faustosa fortaleza. Además de palabras checas, supe sobre la teoría de que el ahora renombrado literato se inspiró en las gárgolas, torrecillas, mazmorras y recovecos de esa construcción del siglo X, sede de gobernantes y clérigos, a la que le irían adicionando salas para constituirse en el más grande castillo del mundo. No pretendo hacer de estas líneas una guía turística; acaso un atisbo agradecido por un autor que, si bien escribió en alemán, me ayudó a asimilar el checo. En ese aprendizaje lo absorbí todo: La llamada Ciudad Vieja (Stare Mesto); zonas del antiguo gueto judío; la calle Dlouha; el Puente de Carlos (Karluv Most); el Lado Pequeño (Mala Strana); o el cementerio judío de Praga, en el barrio de Strasnice, donde fue enterrado el prosista de La Condena (1912), Cartas al Padre (1919), El Proceso (1925)….
Mientras me introducía en la difícil pronunciación checa, en su difícil gramática de declinaciones y conjunciones verbales, me fueron aclaradas ciertas dudas sobre el pionero en fusionar en literatura elementos fantásticos con reales. Kafka proviene de familia judía, practicante de costumbres como ir a la sinagoga o hablar yiddish. Muere en Austria, más sus restos fueron trasladados a la capital checa. Sostuvo noviazgo formal de años con Felice Bauer, sin llegar a casarse nunca, pero vivió otro amor demasiado torrencial para su espíritu atormentado.
El más apasionado de sus afectos

La mujer causante de semejante sentimiento fue Milena Jesenská, precursora en traducir al checo las figuraciones de Kafka. Dispuesta con estos datos, mi admiración por Praga resultó inconmensurable. El también escritor compulsivo de correspondencias le pidió a Max Brod que, al morir, quemara todas sus obras e, incluso, su papelería diversa; sin embargo, para dicha de los lectores, el amigo incumplió la promesa. La amante tampoco acató ese deseo. De esta última “desobediencia” nos llegó Cartas a Milena (recopiladas póstumamente en 1952). De su lectura se aprehenden la intimidad de los dolores físicos de Kafka –enfermo de tuberculosis desde 1917, causa de su temprano fallecimiento–, sus vacilaciones, y, en especial, el fuerte nexo que, en breve tiempo, construyeron él y la joven checa, casada y radicada en Viena. (1)
A Milena la posteridad la salvó del escarnio de las sociedades machistas al caer víctima del nazismo, que la asesinó en 1944 en las cámaras de gas del campo de concentración deRavensbruck, en Alemania. Independiente, periodista, traductora, con fuertes ideas socialistas, se enamoró de Kafka en 1919. Con todo, la relación estaba condenada al fracaso, porque, aun con inclinaciones comunes en política o filosofía, eran antípodas en el diario vivir. En lo que Franz decía: “El miedo es verdaderamente extraño, sus leyes internas no las conozco, solo conozco su mano en mi garganta”, Milena se empinaba frente al sufrimiento por un esposo infiel y ausente, al que siempre quiso.
El también graduado de Leyes de la Universidad Carolina de Praga le escribió a su amor imposible 500 cartas, de 1920 a 1922. En una de ellas se proyecta totalmente: “Yo te quiero como el mar desea a un diminuto guijarro hundido en sus profundidades. De igual manera te envuelve mi amor. Y ojalá yo sea para ti ese guijarro. Amo el mundo entero y a ese mundo pertenecen también tus hombros y tu rostro sobre mí en el bosque y ese descansar mío sobre tu pecho casi desnudo”. Tuvieron solo dos encuentros, de pocos días. Pasajes de su correspondencia lo ratifican: “Tú, Milena, me confirmas ahora que no era la vida lo que me parecía insoportable. Hoy me bastan unas pocas líneas tuyas, dos líneas, una sola palabra. Lo único cierto es que lejos de ti no puedo vivir. No deseo otra cosa que hundir mi rostro en tu regazo, sentir tu mano sobre mi cabeza y permanecer así hasta la eternidad”. La relación se enfrió; la memoria popular la recoge en cambio como una de las pasiones de referencia.
Estos fragmentos los tengo a mano, porque entre los muchos beneficios que obtuve de mi profesora figura el libro en español Cartas a Milena (Ediciones Flor, Argentina, 1974). Su relectura me remonta a espacios y tiempos en los que cultivé fuertes emociones hacia una cultura diferente, gracias a uno de los escritores más leídos de la era moderna, y con certeza de la futura.
Incidencias

Si en una época en Checoslovaquia se le miró con cierto distanciamiento, por escribir en un idioma extranjero, su genio creativo derribó las pautas interpretativas signadas por el extremismo histórico. Kafka nació en tierras del Imperio Austrohúngaro, cuyo idioma dominante fue el alemán. No obstante esta verdad, hay que admitir su pasividad intelectual frente a valores en formación nacional de Bohemia y Moravia, ecos del reformismo religioso del siglo XV. Tampoco se esforzó en conocer a los autores que crearon en checo. De ese talante son Bozena Nemcová con La Abuela, de 1855, obra clásica de la literatura nacional; o Jan Neruda, cuentista, novelista, político, dramaturgo, poeta, perteneciente a la Escuela de mayo, figura esencial del realismo checo del siglo XIX. Una de sus entregas cimeras fue Cuentos de Malá Strana. De él nuestro chileno Pablo Neruda toma el apellido. Al recibir clases en el preuniversitario praguense –Liceo Jan Kepler–, me percaté del orgullo que sentían mis compañeros de aula por el inspirador del latinoamericano Premio Nobel de Literatura 1971. Tal vez el lector de Bohemia sienta que el presente homenaje está sobrecargado de vivencias personales. Ese es el objetivo: ilustrar cómo un escritor puede incidir más allá de las páginas de un libro al ser semilla y árbol.
Mutaciones
Kafka fue un ser atormentado, aburrido en el marco estrecho de una profesión monótona en una compañía de seguros. Sus horarios de oficina lo privaban del aire y del sol; de ahí, se dice, sus largos pasos por la ciudad y sus frecuentes visitas a los cafés de la Praga del Art Noveau, del gótico y del renacimiento. Es cierto: gustó de fuentes literarias como Arthur Schopenhauer o Friedrich Nietzsche; empero, a sus creaciones puede seguírsele la pista en su entorno local natural, social y cultural. No por gusto se le asocia con la Praga cosmopolita de marcado fulgor creativo. Junto con París y Nueva York, la ciudad aupó el expresionismo y el existencialismo, resultantes de esa Europa “madre e hija” de guerras mundiales. Como pocos, Kafka captó sus angustias, culpas de clases, su concentración de poder. Una Europa además con una colosal burocracia capitalista; de desengaños, soledades. Elementos nutricios de su kafkiana vida y obra.
A él le debemos el retozo con lo onírico, lo irracional; el vernos atrapados en lides retóricas señoreadas por la ironía, reflejo de su existencia individual: llegó al mundo un día 3 de julio de 1883, y murió otro 3, de junio de 1924. Con 40 años, sus pulmones se negarían a recibir bocanadas de esperanzas, porque siempre estuvo deshecho, frustrado. A tal punto que llegó a renegar de sus piezas y del amor. Vaya paradoja: ni la literatura ni el amor pueden prescindir de su influencia. No encuentro mejor cierre que despedirme con la representación que hace sobre sí mismo ante la amada: “¿Has tenido alguna vez flores atravesadas en la garganta?”. Franz las hizo brotar convertidas en letras y se transformó en Kafka. Con él, yo.
5 comentarios
Muy bueno, interesante entrecruzamiento de la vida del gran escritor del absurdo con la experiencia real de una cubanita inquieta atraida por los misterios de la mente.
La premeditada y lógica preponderante referencia al genial escritor y otros personajes, nos deja con la curiosidad de conocer más y disfrutar mejor vivencias interesantes autobiografíca que supuse podría descubrir
Conmovedor tu testimonio, María Victoria. Alguien que te leyó primero que yo me había prevenido del impacto que recibiría. Pese al aviso, me resultó una lectura sobrecogedora. Felicito el acierto de no haber desaprovechado la oportunidad del aniversario para recrear vivencias que bien vale la pena haber compartido. Disfruté muchísimo esas contagiosas remembranzas de un Kafka inextinguible en su perpetua metamorfosis, de la avispada inquietud intelectual de tu adolescencia nunca abandonada, y de la Praga siempre amable y reconfortante de inolvidables escalas y visitas en los ochenta del pasado siglo. Gracias por estos momentos tan agradables.
Hermoso y muy instructivo texto. Ojalá publicáramos más trabajos de este corte. Gracias.
muchas gracias por llevarme de la mano, a través de tus letras, por sitios donde también soñé, amé y crecí en todos los sentidos. confieso que mi primer encuentro con «la metamorfosis» fue a instancias de mi padre, absolutamente infructuoso, lo tildé de absurdo, tuve que seguir creciendo para poder disfrutarlo realmente y pedir disculpas espirituales a mi padre por mi majadería adolescente.