Foto. / Pastor Batista Valdés
Foto. / Pastor Batista Valdés

Nostalgias de mi quinqué

Su llamita es la misma, el contexto no… pero ahí está, retando al tiempo y a las adversidades


Esa noche podía faltar Alfredo, o Eida, o Héctor o cualquiera de las aproximadamente 10 personas que solían ir hasta la casa de Juan Valdés y Norberta Concepción para escuchar, primero, las noticias del día y luego aquel programa, Nocturno, que convertía a todo el archipiélago en un gran oído, abierto de par en par a la música de la década.

Podía faltar incluso Martha: aquella muchacha delgada, de grandes ojos y pelo castaño, siempre risueña y delicada, que a menudo llegaba desde Ciego de Ávila, acaso huyéndole al bullicio citadino, al dióxido de carbono emitido por los carros de la época y a otros “personajes” urbanos, segura de que en Hoyo (como se le conocía a aquel insignificante punto de geografía rural) encontraría aire puro, tranquilidad absoluta, frutas de todo tipo, trino de aves, ulular de palomas en el dorado atardecer de cada día…

Foto. / Pastor Batista Valdés

Converger en la mencionada casita –de madera, techo de guano y piso de tierra cimentada y cementada a puro pisón con empleo de un rocoso blanco y ceniza del propio fogón hogareño– se había convertido en una de esas costumbres que el placer teje y entreteje en el gusto de las personas.

Faltase quien faltase, en fin, él siempre estaba allí, incondicional, en total silencio, apoyado en la mesita, escuchando melodías interpretadas por agrupaciones que trascenderían el tiempo, antes de que cada quien se acomodara bien en su taburete, para dar paso a los más fantásticos relatos.

Porque, aunque se hablara del arroz que a pura hoz sería cortado al día siguiente en la finca de los Gómez, o de la cantidad de truchas y biajacas que los Vadillo sacaron en la zona de Pesquería, siempre alguien caía en el tentador tema de fantasmas y muertos, aparecidos en las mil y más maneras.

Entonces, cuando todo el mundo pensaba que él se dormiría, en medio de un débil parpadeo, sencillamente volvía a reanimarse, como danzante llama a la que le han echado yerba seca o un poco de aquel luz brillante que lo mismo servía para atizar el fogón de leña que para “desinfectar” el talón del pie, perforado por un clavo viejo, oxidado, mientras el muchacho correteaba descalzo por el patio.

Lo cierto es que, entre bostezos y reanimaciones, él fue testigo de cosas tan increíbles como el ahorcado que muchos juraron ver en la arboleda de Ramoncito, la luz verde que se apreciaba a cierta distancia y que mientras más caminabas hacia ella más se alejaba, la mujer vestida de blanco que una noche Serafín vio caminar por encima del tupido marabú, a un costado del camino o el perro negro que destellando fuego por los ojos crecía de tamaño mientras más lo mirabas, mientras el caballo en que ibas cabeceaba a uno y otro lado, cundido en pánico…

Y, desde luego, fue testigo también de historias menos espeluznantes, como el día que Tomás El Ñato se llevó a la jovencita Dignora (o ella se fue con él, da igual) para meterse ambos en un ranchito de yagua y guano, donde apenas había un par de platos de aluminio, una cuchara, un cubo para agua, una chismosa de petróleo y una columbina, al parecer prestada por Artemio.

Foto. / Pastor Batista Valdés

Un buen día, sin embargo, vino la mudada familiar de Juanillo y Norberta. A la familia le aguardaban días de asfalto, de radio conectado a la corriente eléctrica y no a una vieja batería; días de progreso, en medio de los cuales a él le esperaría reposo absoluto, acomodado en una caja o en una esquina del baúl de la abuela, probablemente olvidado por quienes tantas noches de luz criolla debieron agradecerle y desconocido por una prole de descendientes que ni siquiera conocieron de su imprescindible existencia allá, en Hoyo.

Años 20 del siglo XXI. María agarra un paño fino y a medida que frota, el fino cristal va retornando a los tiempos de más espléndida brillantez. De algún lugar o de alguna manera se agencia un pedazo de mecha, vierte un poquito de petróleo en el depósito inferior, logra encender por fin el quinto fósforo (vaya pésima calidad la de ese producto hoy) y se vuelve a hacer la luz por intermedio de aquel legendario y fiel quinqué.

Bendita sea su presencia en estas noche de interminable apagón (10 y más horas continuas), en las que ya no están Juanillo, ni Noberta, ni Artemio o El Ñato, ni un racimo de fantasmas, aparecidos o siniestras criaturas del más allá, sino las también mil formas en que los vivos enfrentamos y seguimos superando esta difícil etapa de crudas escaseces y limitaciones en todos los sentidos.

A veces fijo la mirada en él y me parece mentira observar cómo su llamita sigue danzando mientras por la boca deja escapar un hilillo de humo negro, quién sabe si recordando las melodías que escuchó gracias a un viejo radiecito Motorola, en los años 60, muy distantes, por cierto, de la bochornosa letra que intoxica y pudre a las generaciones actuales, mediante vocablos de pésimo gusto y alusiones directas a groserías que habrían hecho estallar el fino cristal ovalado, en aquellos sanos, bellos y, por lo visto, irrepetibles tiempos.

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