Juan Marinello durante la Asamblea Constituyente celebrada en La Habana en 1940. / Archivo de BOHEMIA
Juan Marinello durante la Asamblea Constituyente celebrada en La Habana en 1940. / Archivo de BOHEMIA

Por una enseñanza verdaderamente cubana

 Un volumen del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello contribuye a esclarecer la polémica educacional que conmocionó a Cuba en los años 40 del siglo XX


Intenta ser, además de claro, comedido, sin dejar de valorar como se merecen los desatinos que ha encontrado en el manual titulado Rudimentos de la Geografía General y de Cuba y de la provincia de La Habana en particular, del Padre Alberto Martínez.

Acto organizado por el Movimiento Cívico-Nacional Por la Patria y Por la Escuela. / Tomado del libro Escuela y nación en Cuba…

Pero a Juan Marinello no le resulta fácil practicar la moderación, pues se indigna al leer que “cuando en 1842 vino el Vicealmirante inglés Parker para concertar con Valdés, Capitán General, la emancipación de los esclavos, desistió de ello a vista de la humanidad con que eran tratados en Cuba”. ¿Cómo podía un volumen utilizado en 1941 en este país por el muy ensalzado Colegio de Belén obviar los horrores de la trata y de la esclavitud?

Detiene la redacción del artículo “Los libros de texto” (será publicado el 24 de mayo en el diario Noticias de Hoy) y rememora los intensos debates sostenidos en la Asamblea Constituyente de 1940, durante la cual la Unión Revolucionaria Comunista, luego Partido Socialista Popular, abogó por que la enseñanza nacional fuera “laica, unificada y regida por el Estado. Los planes, orientación y textos acordados por este regirán igualmente para la enseñanza no oficial que estará sometida a la inspección correspondiente”.

Por unificada debía entenderse “el tipo de enseñanza que reúne a los niños y a las niñas en una escuela básica común, que pueda dar a cada uno instrucción ajustada a sus aptitudes, inclinación y profesión futuras, sin tener en consideración creencias religiosas, distinción de sexos ni posición económica familiar”. Tanto ha reflexionado acerca del asunto que casi puede repetir palabra por palabra aquella propuesta.

La atención de Marinello regresa a la hoja escrita a medias y al citado manual. Añade: “En una sola página se muestran estas dos actitudes típicamente metropolitanas: el desprecio al criollo blanco y la condenación civil del negro. En la página 22 se estampan estas sorprendentes razones: ‘Los cubanos son de buena figura, claro entendimiento, aficionados a la poesía, al baile y al choteíto (sic). El tipo cubano se ha formado de tres razas, la nativa siboney o americana, la blanca o española y la negra. La mezcla de ellas da origen a los criollos o mestizos, predominando LAS CUALIDADES DE LA BLANCA’… Sin entrar en los errores científicos de esta explicación pintoresca, tocan a uno por palabra, queda clara y evidente la intención del autor. El negro, inferior; el blanco cubano, algo así como un bailarín de feria peleado con el trabajo. Decir esto en una tierra en que una masa enorme de hombres realiza, a precio de miseria, las labores durísimas de una zafra y aún le quedan vigor y fuerza para superarse es mucho más que un insulto, es un sarcasmo. Y estos sarcasmos, estas maneras de ofender lo nuestro se quieren impunes. Y la supervisión honesta, cubana, que se quiere sobre ellos, se califica de ¡disolvente y de extranjerizante y de subversiva!”.

Mucho ha debido argumentar a partir del momento en que le nombraran presidente de la Comisión de Enseñanza Privada en el Consejo Nacional de Educación y Cultura (CNEC), inaugurado poco antes, el 10 de marzo de 1941. En su comentario “Docencia y política. Lo que ellos quieren” (Noticias de Hoy, 16 de abril) aludió a la campaña desatada en su contra: miembros del clero protestaron, “periódicos como ¡Alerta!, Acción, Diario de la Marina y Avance” pusieron “el grito en el cielo” por la elección de un comunista; el partido ABC solicitó a la Cámara de Representantes su destitución.

Llamamiento a los simpatizantes del proyecto para supervisar la enseñanza privada. / Tomado del libro Escuela y nación en Cuba…

El Consejo se mantuvo firme, empero. Y Marinello, desde su puesto, en el cual no decidía, solo proponía, prosiguió con el intento de establecer una regulación que, en la práctica, permitiera al fin aplicar lo postulado en el artículo 55 de la Constitución cubana: “los centros de enseñanza privada estarán sujetos a la reglamentación e inspección del Estado”.

Debía poner a la opinión pública de su parte, o al menos, dejar bien claras sus intenciones, reducir las oportunidades de tergiversación. Por ello, inició en mayo, bajo el título de “Un programa para la docencia privada”, una serie de textos destinados al periódico de su partido. Estos, no le cabía la menor duda, serían analizados para bien o para mal, pero difundidos en los demás órganos de prensa.

Casi finalizando el mes ya había puntualizado, entre otros aspectos, a qué se estaba dedicando el Consejo en general –a “redactar la Ley Básica de la Docencia Cubana”– y su comisión en particular; por qué los niños deben tener profesores de su misma nacionalidad, sin negar la posibilidad de que “atendiendo a fines de investigación y de cultura, tanto en lo privado como en lo público, puedan venir a ofrecernos su sabiduría –previa la autorización oportuna–, los maestros extranjeros de calidad innegable, cuyo aporte nos mejore”.

Guarda la cuartilla terminada. Aún tiene que perfilar varios artículos, uno en torno a la postura profranquista evidente en la Geografía que enseñan en el Colegio de Belén; dos acerca de la discriminación racial presente en la docencia no estatal, práctica violatoria de los derechos constitucionales. Imposible descansar si quiere obtener apoyo suficiente para su causa.

Hablando con total honestidad, no basta con la declaración firmada por decenas de escritores, o la misiva suscrita por profesores de la Escuela Normal para Maestros de La Habana y enviada al ministro de Educación. Tampoco, aunque reconforte, el entusiasmo de incondicionales como Manuel Navarro Luna, quien desde el Ayuntamiento de Manzanillo, donde trabaja en la Comisión de Cultura y Deportes, le escribirá en una carta el 29 de mayo de 1941: “¡Qué estupendos trabajos acabas de dar sobre la enseñanza privada! Deben ir enseguida a un folleto”.

Razones desoídas

No se trataba, como coreaban las voces opuestas a la fiscalización, de un propósito sustentado en ideologías extranjeras, sino que se alineaba con criterios esgrimidos desde el inicio de la República por algunos pedagogos e intelectuales que no tenían vínculo con el comunismo.

Según refiere el historiador Yoel Cordoví, sobre la necesidad de la reglamentación –en especial de los planteles creados por órdenes religiosas españolas, donde se exaltaba a la corona y se rebajaban la historia y la identidad cubanas– escribió en 1915 para los medios de prensa el Doctor en cirugía dental, Profesor de Mérito, periodista y escritor cubano Ismael Clark Mascaró. Con él coincidía Arturo Montori, una indiscutible personalidad del magisterio.  

Dos años después, en nombre de la Fundación Luz y Caballero, Fernando Ortiz entregó a la Cámara de Representantes “el primer proyecto de ley de la República dirigido a la regulación oficial de la enseñanza privada. El sabio etnólogo consideraba ‘que la profesión de la enseñanza, y especialmente de la primaria, debía estar tutelada por el Estado […] para evitar que elementos extraños a la Patria y carentes de competencia pedagógica puedan, por apatía o malicia, impedir, o debilitar cuando menos, el desarrollo de los sentimientos patrióticos de los niños cubanos’”.

Los contendientes salen a la calle

Los argumentos de Marinello no pudieron vencer la oposición de sus contrincantes. / Archivo de BOHEMIA

Alfredo Miguel Aguayo, respetado pedagogo y en 1941 secretario de la Comisión de Enseñanza Privada del CNEC, teme a Marinello. Lo juzga como “un hombre de mucha cultura e inteligencia y astucia”, al mismo tiempo, “un comunista disfrazado de demócrata y educador y sus gestiones en la presidencia de la Comisión de Escuelas Privadas constituyen una grave amenaza contra el porvenir de nuestra escuela nacional”. Su alerta a las altas esferas del gobierno no ha surtido efecto. En consecuencia, renuncia a su cargo.

Ese elemento de presión se suma a las acciones ya realizadas por el Movimiento Cívico-Nacional Por la Patria y Por la Escuela, cuya consigna es la libertad de la enseñanza y el respeto a la familia. Luego de instalar su cuartel general en una oficina de la habanera Manzana de Gómez, el 25 de mayo celebró en el Teatro Nacional un mitin al que acudieron miles de personas. Entre los oradores se destacó el dueño y director del Diario de la Marina, José Ignacio Rivero.

Como respuesta, el Movimiento por la Escuela Cubana en Cuba Libre, liderado por Emilio Roig de Leuchsenring, organiza un acto masivo en el Club Atenas (el 1º de junio) y otro de mayores proporciones en el Teatro Nacional (el 22 del propio mes). En ellos intervienen numerosos simpatizantes, por decisión personal o en representación de disímiles instituciones, incluso religiosas.

Tras las disertaciones de Roig y de Fernando Ortiz, vibra el discurso de la eminente pedagoga María Corominas:

“Mis estimados oyentes: en este problema planteado de la enseñanza en Cuba se han manifestado dos bandos notablemente diferentes: uno que trabaja con afán por conservar el status colonial en la enseñanza, es decir, maestros sin títulos, enseñanza de aldea en plena civilización, prerrogativas gubernamentales, ninguna supervisión oficial, textos extranjeros, bibliotecas cubanas con libros sin usar, multas en metálico al alumnado por hablar, es decir, todo lo que ese bando llama enfáticamente ‘libertad de enseñanza’; el otro bando desea la reforma de la enseñanza cubana, o para mejor decir de la educación cubana, mediante una evolución continua, y ella comprende: maestros nativos fieles a Cuba, graduados en nuestro país, textos cubanos, supervisión oficial, escuela democrática y cubanísima, fomentadora de niños educados en una cubanidad manifiesta y sincera, capaces de luchar por Cuba y sus instituciones, sin permitir que a sus corazones llegue el esnobismo por lo extranjero. De allí saldrán ciudadanos ejemplares orgullosos de sus maestros, modelos de civismo, cultura y patriotismo a prueba.

“[…] se repite por radio que se quiere quitar la Escuela Privada: ¡falso!, y ellos lo saben. En efecto, nadie piensa suprimir la Escuela Privada, ni nadie ha propuesto establecer la Escuela Única. Se dice que el proyecto de reforma es comunista, cuando lo cierto es que aparece en la Constitución, y ellos también lo saben. ¡Es el oscurantismo, señores, que se proyecta sobre nosotros para aplastar el CUBANISMO que reverdece y que nosotros representamos en este movimiento!”.

Pese a los esfuerzos de sus partidarios, la tentativa de Marinello no triunfará, desvirtuada por la animosidad de los principales grupos de poder y la mayor parte de la prensa.

En bloque y sin tregua

Contra la propuesta del Partido Socialista Popular, el Diario de la Marina enarbola en 1945 la moción del senador José Ramón Andreu. / Tomado del libro Escuela y nación en Cuba…

Diciembre de 1944, Juan Marinello retoma el proyecto de 1941 y presenta al Senado una propuesta de ley para supervisar la enseñanza privada.

De inmediato se revuelve el avispero. Lo acusan de atacar la libertad de pensamiento, la religiosa y la de palabra; inmiscuirse, no siendo un especialista, en aspectos técnicos; impedir que profesores foráneos con alta calificación laboren en planteles cubanos.

Con el objetivo de esclarecer equivocaciones y ganar consenso en torno a su postura, Marinello envía en los primeros meses de 1945 cartas públicas a diversos medios de comunicación, como Información, Diario de la Marina y La Correspondencia (este último, de Cienfuegos). Procura mantenerse ecuánime al refutar las críticas aparecidas en ellos, cuyo cariz es de adivinar por la siguiente afirmación: “en esta polémica que ha levantado mi iniciativa senatorial sobre vigilancia constitucional de la enseñanza privada” es “cosa rara […] el tono respetuoso y digno”.

Nada ablanda a sus contrincantes. En junio, el sacerdote jesuita Gustavo Amigó alaba en el periódico cienfueguero los rechazos protagonizados por las “asociaciones de padres de familia, los colegios privados, las instituciones cívicas, las organizaciones católicas, los colegios bilingües americanos e ingleses, católicos y protestantes”.

BOHEMIA, en su popular sección En Cuba (17/6/1945), ofrece otra síntesis: “En una trinchera se encuentra el Partido Republicano que […] pretende convertirse en el campeón de los intereses más conservadores, no importa si para ello tiene que recurrir a sofismas y argumentos falaces. En el otro frente pelean, sin enfriar un momento sus baterías de grueso calibre, los socialistas populares, naturalmente en defensa de la proposición presentada ante la Alta Cámara por su presidente.

“La polémica violenta, apasionada, se traduce en la prensa y en la radio. Día a día los diarios del país vienen reproduciendo los razonamientos de unos y otros. Casi todos los sectores de la población han tomado partido en la pugna.

“[…] dignatarios católicos de insobornable espíritu liberal, como Monseñor Eduardo Martínez Dalmau, obispo de Cienfuegos”, aprueban la iniciativa de Marinello.

Un grave peligro motiva que Emilio Roig convoque a una reunión para reactivar el Comité por la Escuela Cubana en Cuba Libre. A la Institución Hispanocubana de Cultura, además de otros concurrentes, asisten integrantes del Comité Universitario Por una Enseñanza Democrática y Cubana, la FEU, el Comité Estudiantil de Superación Universitaria, la Asociación Cultural Ramiro Valdés Daussá, la Logia Minerva. Aunque no está en la sala, Fernando Ortiz hizo constar de antemano su adhesión.

El Mundo, en su edición del 28 de junio, reporta lo allí ocurrido:

Una investigación minuciosa sobre el debate que dividió a la sociedad cubana. / Tomado del libro Escuela y nación en Cuba…

“Manuel Bisbé pronunció un discurso en nombre de la Federación de Doctores en Ciencias y de Filosofía y Letras. Dijo que el problema de la enseñanza era vital y que tanto o más que luchar por la aprobación de la Ley Marinello lo urgente ahora era impedir la aprobación de la reaccionaria ponencia del doctor Andreu […] que es denigrante”.

Cinco días antes, Noticias de Hoy había dado a conocer un comentario de Marinello al respecto. El contraproyecto elaborado por el senador José Ramón Andreu y Martínez, del Partido Republicano, pretendía aumentar las prerrogativas de las instituciones educativas privadas. Según su articulado, los requisitos para impartir docencia diferían arbitrariamente en los distintos tipos de centros escolares y en algunos casos ni siquiera haría falta mostrar un título probatorio de la capacidad profesoral.

Al mismo tiempo, denunciaba el parlamentario del Partido Socialista Popular, las “escuelas y colegios privados suplantan al Estado cubano en la expedición de títulos con validez académica […] Maestros sin ligamen con nuestras cosas, sin pruebas de capacidad, repartiendo títulos con tanta validez como los que ofrecen planteles que el Estado organiza con profesores cubanos, a los que exige títulos de muy subida eficacia”.

Nuevamente la controversia desviará del núcleo del problema la atención y la acción. El bombardeo de reclamos recibido por los senadores, buen número de ellos también renuentes, se engrosará con las opiniones negativas de organismos gubernamentales (por ejemplo, la Subsecretaría de Educación y el Ayuntamiento de La Habana) y diversos partidos políticos, opuestos al “comunismo totalitario”.

Imposible que la Ley Marinello recibiera carta blanca.

Epílogo

Décadas más tarde, con todos los hechos y documentos ante sí, Dayana Murguia Méndez, investigadora del Instituto de Historia de Cuba y máster en Ciencias Históricas, podría valorar en su libro Escuela y nación en Cuba. Juan Marinello y la polémica educacional de los años 40, publicado por el Instituto Cubano de Investigación Cultural que lleva el nombre de este intelectual:

“Se verá cómo el articulista que descuella en Marinello, inmerso en los apasionados contrapunteos de la polémica educativa, pone a consideración del lector una infinidad de temas que no hacen más que esbozar dolorosas condicionantes y circunstancias del maestro y la escuela pública, los tipos de ciudadanos que se pretendían formar, los fines de una educación contraria a toda tendencia escolástica, repetitiva y dogmática, la orientación unitaria de la enseñanza, el rol del Estado, la ‘libre educación’, entre otros asuntos, no menos importantes, del complejo campo educativo del periodo.

“[…] la polémica educacional de los años cuarenta –verdadero ejemplo de movilización de conciencias políticas y sociales de gran pluralidad ideológica y de militancia partidista diversa– lejos está de ser un suceso detenido en el tiempo. Ella encierra en sí misma […] esencias de enormes y sorprendentes claridades para la comprensión de problemáticas actuales”.

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