Aunque desde hace años no entran equipos nuevos de medición, transformadores y otros recursos, un puñado de hombres ponen talento y empeño en la batalla contra el indeseado apagón
Cuando hablamos de servicio eléctrico, de energía o de electricidad en la coyuntura actual, suelen venir a la mente las termoeléctricas, sus mantenimientos programados o no, las interrupciones, salidas del sistema, reincorporación a él, los apagones…

El combate contra los demonios, sin embargo, no solo se libra allí, también en otros escenarios, entre ellos el concerniente a la construcción y montaje de parques fotovoltaicos, la búsqueda de otras fuentes renovables de energía, incluidas algunas cuya utilidad ya probamos y comprobamos en la crucial década de 1990 y luego fuimos relegando, inexplicablemente, al olvido.
Hay, paralelamente, otro espacio donde se obra a favor de “la luz”. Son los talleres del sector eléctrico para recuperar transformadores necesarios en ese indispensable servicio en todo el archipiélago.
Conversar con Liván Olmo Castañeda, especialista en redes, al frente del taller espirituano, permite comprender mejor la trascendencia de una rutina desconocida por muchos, pero relevante, debido al incremento de las dificultades materiales y financieras.
“En medio de la compleja situación de la economía nacional –afirma– no podemos pensar en la compra de equipos nuevos. Todo nuestro empeño está puesto en darles mantenimiento o recomponer a los transformadores llegados desde los municipios.
“De inicio, hacemos un diagnóstico para determinar cuáles tienen solución, cuáles pueden ser reparados de acuerdo con nuestras posibilidades. Los no recuperables van hacia Villa Clara, La Habana o Manzanillo, donde funcionan fábricas con más condiciones”.
El principio es solucionar todo lo que puede ser resuelto en el propio colectivo. Es el caso del trabajo con los llamados “laines”, bajantes primarios, proceso de “horneado” cuando hay bajo nivel de aislamiento por problemas con el aceite: agua en él, por ejemplo.
Desde luego, la improvisación no tiene cabida, no se labora a la deriva. Según explica Liván, hay un plan anual que este 2026 prevé la reactivación de 83 transformadores y al cerrar el primer trimestre se hallaba al 150 por ciento de lo previsto hasta ese momento.

A su vez, se conforma otro plan de entrega de materia prima, ascendente a unas 10 toneladas de acero y una tonelada de cobre, con cuyo cumplimiento, como norma, tampoco hay dificultades.
Renovar con componentes aprovechables de equipos dados de baja; emplear el aceite dieléctrico de ellos, si conserva sus propiedades, o afincar rodilla en tierra con instrumentos de medición sometidos a muchos años de explotación, forma parte de la rutina en las áreas correspondientes.
Sobre la base de tal persistencia, muchos equipos garantes del servicio eléctrico a la población y actividades básicas como el bombeo de agua, la agricultura y otras, regresan con vitalidad a los mismos lugares de donde fueron traídos.
En medio del proceso, Liván y su tropa mantienen ojo atento y control sobre los recursos en pos de evitar hechos contra la entidad y la economía.
“En este momento estamos reforzando el cercado perimetral. Y si te fijas bien, verás transformadores con pintura en las tuercas y roscas de los tornillos, colocada a manera de sello. Es para su seguridad, tanto mientras están aquí como al enviarlos a otro lugar o al devolverlos”.
Esa voluntad contribuye a aliviar un poco el panorama en un territorio deficitario de unos 500 transformadores, y con predominio de la obsolescencia en muchos de los operativos.
Es el modo elegido por los 16 trabajadores del taller para seguir enfrentando un cerco energético y las medidas de la administración de Donald Trump, con un propósito tan evidente como violatorio del derecho internacional: asfixiar al país, exterminarlo, rendirlo.





















