Un desconocido llega a la escuelita Héroes del Moncada, en las afueras de Sancti Spíritus, y la sorpresa no tiene dulce piedad con niños, padres, profesores y de manera especial con un maestro a quien todos adoran
Fotos. / Pastor Batista
Luego de entonar las notas del Himno Nacional y de ser izada la bandera cubana, una maestra se ubica frente a la formación de niños. Abajo ocupan espacio también maestros y familiares de los alumnos.

“Hoy tenemos una visita –dice la profesora- alguien que nos trae una sorpresa.”
Los niños miran con curiosidad hacia todas partes. Por un extremo, aparece un hombre. Mientras sube los escalones de la plataforma frontal, niños y adultos fijan la mirada en un periódico que el visitante trae en sus manos.
Ante su cordial saludo, los alumnos responden alegremente con un cerrado “Buenos díiias”.
“Felicidades” –comienza diciendo el hombre- tienen una escuela muy linda. Deben cuidarla mucho. Imagino que varios de ustedes vinieron en días pasados junto a papá y mamá para ayudar a los profesores en los preparativos del curso.
Otro cerrado “Síii” escapa por encima del techo de las aulas.
Entonces, luego de presentarse, explica que se siente muy afortunado como periodista, pues un maestro de ese mismo centro le ofreció una linda entrevista, publicada en el periódico Granma, precisamente el primero de septiembre, cuando comenzaba en toda Cuba el nuevo curso escolar.
Se siente un murmullo. Allá, al fondo, un hombre de avanzada edad se mueve inquieto. Sabe que están haciendo referencia a él.
“Aquí traigo un ejemplar del periódico para entregárselo como recuerdo, en nombre de toda Cuba –prosigue el visitante. Es alguien a quien ustedes quieren mucho. Por eso les propongo que sea esta pequeña niña quien se encargue de hacerlo.”
A la princesita le brillan los ojos mientras es cargada en brazos y colocada en el lugar donde hará la entrega del periódico.
José Ramón Plasencia Cruz avanza hasta el frente. Una mezcla de sonrisa, con sorpresa y quién sabe si hasta nerviosismo le baña el septuagenario rostro.
Entonces se funde en un abrazo con la pequeñita, quien lo besa y aprieta fuertemente entre sus diminutos brazos luego de entregarle el ejemplar impreso.
Finalmente, el maestro mira al “asaltante” como diciéndole: me la hiciste buena y se funden también en un abrazo.
Se escuchan aplausos. José Ramón los merece. Acumula 52 años (toda una vida) impartiendo clases a niños de la enseñanza primaria.
“Son mi predilección –afirma- y el tesoro más grande que tiene el mundo. Nadie imagina cuánto disfruto cuando me dicen: Bueno profe, nos vamos… hasta mañana.
“Me pagan para enseñarlos, ¿verdad?, para educarlos, para cuidarlos… pero no me pagan para que los quiera y puedes estar seguro de que los quiero, mucho.”
Acerca de cómo él entró al mundo de la docencia (allá por el año 1973, luego de aprobar un curso emergente ante la necesidad de maestros), del altísimo valor que le concede a la familia para el éxito de la Educación cubana y de otros temas no menos interesantes, pudiera llenar cuartillas.

Prefiero, en cambio, cerrar con una anécdota que me contó recientemente:
“Una vez un alumno mío estuvo grave, muy grave, en el Hospital Pediátrico. Me dolía en lo más profundo del alma. Jamás hice promesa alguna por un familiar mío. Pero en esa ocasión prometí que si el niño salía de alta, en el momento en que volviera a entrar al aula, me quitaría los zapatos y caminaría descalzo hasta la Iglesia de la Caridad. Alguien se lo había dicho a la mama del niño… un día aparecieron los dos y cuando ella me vio quitándome el calzado me preguntó si podía acompañarme. La distancia no era corta.
“Recuerdo que la miré con cariño y le dije: no, mi amor, gracias; esta promesa es solo mía. Y fui hasta la mencionada iglesia. Es una de las satisfacciones y alegrías más grandes que he sentido en mi vida.”



























Un comentario
Doy gracias al periodista y a Bohemia por la publicación. Infinitas gracias.