Cada generación ha debido aprender a convivir con un avance tecnológico que lo cambió todo. La nuestra no es diferente. Entender cómo funciona la inteligencia artificial, distinguir lo verdadero de lo fabricado y usarla con criterio son, hoy, competencias que distinguen entre profesionales de estos tiempos
Hay una tentación muy humana, casi por instinto, de resistirse a lo que no entendemos. Cuando se introdujo el telégrafo en el siglo XIX, generó una mezcla de asombro, escepticismo y resistencia en diversos sectores de la sociedad. Aunque eventualmente se convirtió en una herramienta indispensable, en sus inicios se percibió incluso como una amenaza.
Cuando Internet irrumpió en los años 90, se repitió la historia. Aunque hoy parece imposible vivir sin la World Wide Web, en sus inicios muchos pensaron sería una moda pasajera. Hoy nos encontramos ante otro hito de la historia sintiendo la misma resistencia a lo novedoso.

La inteligencia artificial (IA) no es una tendencia tecnológica más, es una reconfiguración en la manera de emplear el Internet hoy. Negarla, o peor aún, ignorarla, no la hace desaparecer, aunque sí nos deja sin herramientas para comprenderla y, por tanto, sin defensa ante sus riesgos.
Quizás el campo de batalla más crítico en la era de la IA sea el ecosistema informativo. La misma tecnología puede resumir un libro en segundos, también es capaz de generar falsificaciones audiovisuales y propagar fake news a una escala y velocidad impresionantes. Un producto bien construido puede imitar la voz de un presidente, fabricar una declaración oficial o hacer viral una foto de un desastre no vivido.
Entonces, ¿cuál es la mejor defensa? Pues, precisamente, entenderla. Aquí es donde la alfabetización cobra una importancia vital. Comprender cómo se genera un texto mediante un modelo de lenguaje, o cómo un algoritmo puede alterar una fotografía, es blindarnos contra la manipulación. Las personas deben desarrollar el hábito de verificar la fuente, la fecha y el contexto, de lo contrario, sería vulnerable y un posible multiplicador de información falsa.
Adaptarse a los tiempos de la IA no significa rendirse ante ella ni celebrar acríticamente cada novedad en el mercado, y sí comprenderla lo suficiente y usarla como la herramienta extraordinaria para quienes saben manejarla.
Un periodista que emplea herramientas de IA para procesar grandes volúmenes de datos no ha abandonado el rigor, lo ha ampliado, así un profesor que la utiliza hace más amena una clase y no deja a un lado la ética de la profesión, la está ampliando.
La diferencia entre el uso inteligente y el inconsciente de esta tecnología está en la formación de quien la utiliza. Los gobiernos, las escuelas y los medios de comunicación tienen aquí una responsabilidad compartida e inmediata. La alfabetización digital en IA debe incorporarse a los planes de estudio desde edades tempranas, no como una materia optativa, sino como una competencia básica.
Los medios, por nuestra parte, debemos explicar a las audiencias su funcionamiento, ser transparentes sobre cuándo y cómo las utilizamos, y reforzar la cultura de verificación en cada publicación.
El miedo a lo nuevo es comprensible. Pero confundir el miedo con una postura intelectual esta época no puede permitírselo. La IA ya está tomando decisiones influyentes en nuestras vidas. El 25 de septiembre de 2025, BOHEMIA advertía este cambio en el trabajo “Diella: Redefiniendo el poder público”, en el que examinaba el insólito nombramiento por el gobierno de Albania de una ministra creada con inteligencia artificial para dirigir la cartera encargada de la supervisión y gestión de las licitaciones públicas en el país.
Son hoy los algoritmos quienes determinan qué noticias vemos, filtran los currículums laborales y modulan a través de herramientas automatizadas, lo que asumimos como verdad. Quienes optan por ignorarla, pensando que se mantienen al margen, le ceden a otros el poder de definir las reglas del juego.
La IA no tiene moral, intenciones, ni agenda, es un reflejo de nuestras propias capacidades e instrucciones. Adaptarse no es traicionar el pensamiento crítico, es ejercerlo. La historia no recuerda con admiración a quienes se resistieron al telégrafo, tampoco recordará bien a quienes, pudiendo entender la IA, eligieron mirarla de lejos.






















Un comentario
Para un uso adecuado de la IA es necesario conocerla y para ello hay que estudiarla. Muy oportuno su comentario.