Los nombres de los planetas se pierden en el tiempo. BOHEMIA le sigue las huellas y le añade mucho más
Por. / ERNESTO FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ
No sé usted, pero siempre me he preguntado por qué mientras el resto de los componentes del Sistema Solar se denominan con apelativos de deidades griegas y romanas, nuestro planeta tiene un nombre tan ramplón: Tierra. Antes de responder esta interrogante veamos algunos antecedentes.
En la Antigüedad no existían telescopios, ya se sabe. Los griegos y los romanos veían los planetas tal y como aparecen: un punto de luz semejante a una estrella. Sin embargo, los más observadores se percataron de que estas “estrellas” se mueven por el cielo a lo largo del año y las identificaron con el apelativo de “πλανέτες”, en griego significa “errantes” o “vagabundos”.

En realidad, aunque los griegos se atrevieron a designar a los planetas visibles con nombres de su Panteón, fueron los romanos quienes dieron los nombres definitivos equivalentes a los dioses de suyo propio: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
Esto se debe a que en la antigua Grecia los planetas no recibían nombres directamente de sus dioses, sino provenían de sus características.
La invención del telescopio a principios del siglo XVII facilitó el descubrimiento de planetas difíciles de observar a simple vista, si bien la convención de usar nombres de dioses antiguos se mantuvo. Cronos se convirtió en Saturno, Zeus devino Júpiter. El séptimo planeta, descubierto en 1781, recibió el nombre del dios griego del cielo, Urano. El nombre griego se adoptó por error, porque el dios romano equivalente es en realidad Celo.
En siglos posteriores, Neptuno, el dios romano del mar, fue adoptado para el octavo planeta, y Plutón, el del inframundo (entonces se consideraba el noveno astro girando alrededor del Sol).
Sigue en pie la interrogante de por qué nombrar a nuestro planeta Tierra y no el de un dios. Pues sí se hizo. Los helenos la denominaron Gaia, la deidad que simboliza el poder terrenal. Luego se tradujo y diferentes idiomas la adoptaron según sus reglas.
Más sobre estos nombres
Los planetas y sus apelativos también pueden verse en los días de la semana, los cuales tomaron sus nombres de los astros observables al comienzo del día. La sincronización resultó en el siguiente orden: Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, vínculos presentes muy claramente en algunos días del idioma inglés: Sunday (día del Sol), Monday (día de la Luna) y Saturday (día de Saturno).
En las lenguas romances la conexión es aún más directa. Por ejemplo, en italiano, vemos lunedi, martedi, mercoledi, giovedi (Jove es un nombre alternativo para Júpiter), venerdi y sabato. En francés, tenemos lundi, mardi, mercredi, jeudi, vendredi y samedi. En castellano, aparecen lunes (día de la Luna), martes (Marte), miércoles (Mercurio), jueves (día de Jovi o Júpiter), viernes (Venus) y sábado (Saturno).
En otras latitudes se inclinaron por diseños astronómicos similares. Por ejemplo, los hebreos adoptaron un enfoque parecido al de la antigua Grecia, donde los astros se clasificaban según las supuestas características de las deidades correspondientes: Mercurio es conocido por Kokhav, “el planeta”, Venus es Nogah, “el brillante”, y Marte es Ma’dim, “el rojo”. El nombre de Júpiter, Tzedek, significa “justicia”, Saturno se llama Shabtay, derivado de Sabbath parecido a la denominación del sábado en las culturas occidentales, el Sol: Khamma, o “el caliente”, y a la Luna: Levana, o “la blanca”.
En Persia (actualmente Irán) la nomenclatura de los planetas era en memoria de los dioses locales y, a la vez, en consonancia con los dioses griegos y romanos equivalentes: Tir para Mercurio, Nahid era Venus; Bahram fue Marte y Hormoz, Júpiter. Saturno, sin embargo, Keyvan, proviene del antiguo acadio y el nombre significa “estable” en reconocimiento a su lento movimiento en el cielo. En los casos de Urano, Neptuno y Plutón, el persa moderno tomó prestadas esas palabras de los nombres occidentales.
Otro enfoque se encuentra en los nombres chinos de los planetas. Estos se vinculan con su filosofía ancestral. Ese sistema clasificatorio suele denominarse las Cinco Fases o los Cinco Elementos. En este diseño, esas fases interactúan entre sí y hay un equilibrio entre ellas. Cada una se asocia con una amplia gama de propiedades: colores, emociones, sentidos, movimientos de artes marciales y partes del cuerpo.
Esto da a los planetas nombres con los siguientes significados: Mercurio es “la estrella del agua”, Venus “la estrella del metal”, Marte es “la estrella del fuego”, Júpiter “la estrella de la madera” y, algo ciertamente confuso: Saturno es “la estrella de la tierra”.
La influencia china se aprecia en otros idiomas de Asia Oriental, entre estos, el japonés, el coreano y el vietnamita. En esas tierras, los nombres de los planetas se han basado en los apelativos occidentales, pero con los roles de los dioses de casa, como en la tradición china. Así, Urano se convirtió en “la estrella del Rey Celestial”, Neptuno en “la estrella del Rey del Mar” y Plutón en “la estrella del Rey del Inframundo”.


















