Fotos. / Ricardo Gómez
La tarde estaba nublada. Un huracán amenaza el oriente de Cuba.
En La Habana, el cielo encapotado, cubría a centenares de trajes verde olivo, de uniformes escolares, de obreros, de los hijos de Camilo Cienfuegos Gorriarán, que fueron a rendirle tributo al Malecón habanero, en el aniversario 66 de su desaparición física.
Primero los himnos, consignas, declaraciones. También aquellas canciones de Carlos Puebla que recuerdan al comandante rebelde: “Te canto porque estás vivo, Camilo, y no porque te hayas muerto”.
Minutos después la bandera tricolor se abrió paso en el lugar donde la avenida G choca con el mar. Los “Camilitos” llevaron cojines florales.
Llegó Miguel Díaz-Canel Bermúdez, presidente del Consejo de Defensa Nacional, a arrojar flores. Vimos en sus manos tres rosas blancas, bellísimas, pulcras. Hizo el esfuerzo para lanzarlas al agua, más allá del arrecife. Sabemos que lo hacía a nombre de todos los cubanos y muy en especial de aquellos que desafían a estas horas un feroz huracán en el oriente del país. Junto a él, las máximas autoridades del Partido, el gobierno de la nación, de La Habana y del municipio Plaza de la Revolución.

Los niños fueron levantados en hombros por sus padres, a algunos los sostenían por encima del muro para que ellos mismos hicieran llegar flores a las olas irreverentes. El viento soplaba en contra.
Vimos llegar allí, quizás por primera vez en su vida, a jóvenes líderes campesinos, la mayoría presidentes municipales de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). Ellos cursan estudios que les prepara en sus funciones. Representan la vergüenza de mujeres y hombres del campo, de esos a quienes la Revolución les entregó la tierra, abrió surcos en sus vidas y les enseñó el horizonte.

En estos últimos días de octubre, preocupados y ocupados por el huracán Melissa, por los subterfugios y maniobras anticubanas en las votaciones en Naciones Unidas de la Resolución contra el duro bloqueo de Estados Unidos, hubo un momento de respiro, instante para salir a provocar la brisa del Malecón y remontar el pensamiento al Hombre de la Vanguardia; porque de eso se trata, de nunca abandonar la primera trinchera de combate.
























