En nuestra sección te ofrecemos la oportunidad de resolver tus dudas sobre el cuidado y bienestar de tus mascotas con la ayuda con un especialista. Aquí podrás encontrar respuestas a preguntas frecuentes, consejos útiles y recomendaciones personalizadas que te ayudarán a mantener a tu mascota sana y feliz. No dudes en compartir tus inquietudes, ¡estamos aquí para ayudarte!
Dr. Walfrido López González*
Tenía ocho años cuando nos mudamos a Marianao en 1954. Poco tiempo después, compartía juegos con otros niños en casa de Mike Portela, cuando llegó un visitante insólito. Se trataba de un hombre con bata de médico, portando el típico maletín de la profesión. Pronto supe que era un veterinario y venía a solicitud de la señora muy preocupada porque su patito tenía una pierna quebrada.
Con más maña que ejercicio profesional afrontó los extremos del hueso, colocó unos finos aplicadores de madera y pasó esparadrapo; dio instrucciones, pronosticó un buen curso para la recuperación, en total, apenas 30 minutos y cuando le preguntaron por sus honorarios, con desenfado asombroso, dijo: “Son tres pesos”.
Quedé tan asombrado y me pellizcaba para creer que era verdad lo que habían visto mis ojos y escuchado mis oídos: ese veterinario había cobrado 3 pesos –un buen dinero para la época– por dar atención a un patito; es más, había sido llamado para ello y despedido con los mismos honores que un caballero armado.
Aquel encuentro habría de influir en mi futuro. ¡Un veterinario! Eso seré cuando sea grande, me repetía una y otra vez, lo mismo que aquel visitante insólito a casa de Mike Pórtela, una tarde de febrero de 1956, porque algo místico prevalecía en mí: el cariño de la mamá de Mike por su animalito era de un valor muy superior al real porque… yo se lo había vendido tres semanas atrás en 30 centavos.
Fue en un local cercano donde ayudaba a mi amiguito Mayito Díaz, en lo que llamamos la aventura pollera, una suerte de negocio de huevos y animales vivos. Poco después, apenas con 12 años, un vecino me llevó al hipódromo para que le ayudara a retirar las yacijas y limpiar las cuadras. Ese era su empleo.
Para mí era una gran alegría que me dejara tocar los caballos, sostener sus patas para el herrado o algún otro trabajo con el veterinario. También, desde antes, algunas tardes limpiaba una clínica veterinaria próxima a mi casa.
Se trataba de retirar excretas y orines de los animales ingresados o atendidos en el día y hacer una barrida a todo lo sucio. Recuerdo lo mucho que disfrutaba cuando me pedían ayuda para aguantar un animal inquieto, alcanzar un instrumento o untar alguna pomada.
El propietario era un veterinario ya viejo, sin mucha clientela y con la competencia feroz de otra clínica cercana que contaba con una edificación muy atractiva, aire acondicionado, rayos X, internados de primera y otras ventajas.
Pese a ello, aquel buen hombre era una persona muy feliz de su suerte. En lo económico, se defendía lo suficiente.
No mucho más. Un buen día me dijo: “Si te haces veterinario nunca serás rico, pero nunca pasarás hambre”. Y así ha sido mi vida desde entonces a la fecha. No he conocido ni el hambre… ni la riqueza. ¡Nos Vemos!
*Tomado de Yo veterinario,un libro de memorias inédito.





















