Washington intensifica su estrategia de asfixia económica y presión política contra Cuba. La Habana responde con denuncias, resistencia y llamados por la soberanía
En las últimas semanas, la administración de Donald Trump ha llevado su hostilidad contra Cuba a un punto crítico. Mientras el secretario de Estado, Marco Rubio, minimiza retóricamente los efectos del bloqueo energético —calificándolo de “exageración”—, los hechos sobre el terreno muestran apagones diarios en nuestro país, paralización del transporte y una creciente suma de complicaciones económicas.
La estrategia estadounidense articula tres ejes: una creciente presión militar (con su retórica cada vez más beligerante), una ofensiva judicial (con supuestos cargos penales contra el líder Raúl Castro) y un discurso público que busca desvincularse de las consecuencias de estas medidas.
Donald Trump elevó el tono de sus amenazas hasta un “nivel peligroso y sin precedentes”, denunció el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel. El político republicano llegó incluso a insinuar la posibilidad de “tomar el control de Cuba casi de inmediato” y vinculó esa eventual acción con el cese de las operaciones militares en Irán. Por su parte, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla advirtió que una agresión militar de Estados Unidos desencadenaría “una verdadera catástrofe humanitaria” y “un baño de sangre”.
No obstante, la postura de Marco Rubio resulta contradictoria. Mientras La Habana presenta datos sobre el colapso eléctrico —déficits de más de dos mil megavatios y apagones que dejan sin servicio a más del 60 por ciento de la población durante la noche—, Rubio insiste en calificar la crisis de “relato de víctima”. Es la lógica de estrangular a un país y luego reprocharle los efectos de la asfixia.
En un video de aproximadamente cinco minutos, el alto funcionario —hijo de inmigrantes cubanos— exculpó a Washington de la crisis energética que golpea a la población del archipiélago. Durante su intervención, aseguró que el gobierno cubano es “el responsable” de que cerca de ocho millones de personas se vean forzadas a vivir hasta 22 horas diarias sin electricidad.
El canciller Rodríguez Parrilla le respondió: “Rubio sabe que el bloqueo energético es real, pero miente por cálculo político”. Además, sostuvo que Rubio actúa de “vocero de intereses corruptos y revanchistas”, arraigados en el sur de Florida, y subrayó que esos sectores “no representan el sentir de la mayoría del pueblo estadounidense ni de los cubanos que viven allí”.
Por su parte, el presidente Díaz-Canel acusó a Washington de “mentir para justificar una agresión”, y sentenció: “El general de ejército Raúl Castro es Cuba, y Cuba se respeta”.

Entre amenazas, diálogos, acusaciones y reacciones
La escalada retórica de Estados Unidos viene acompañada de una retórica militar. Durante esta misma semana el Comando Sur anunció la llegada al Caribe del Grupo de Ataque del portaaviones USS Nimitz, integrado por nueve escuadrones aéreos y buques de apoyo. Este es un discurso de amenaza en un contexto de tensiones hemisféricas.
Por otra parte, existen también canales de diálogo discretos los cuales sugieren una estrategia dual. El director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió con funcionarios cubanos en semanas recientes. Estos contactos, aunque no produjeron acuerdos públicos, indican que ambas partes mantienen líneas de comunicación para gestionar crisis y evitar escaladas.
Posteriormente, Washington ofreció 100 millones de dólares en ayuda condicionada. Como respuesta, nuestro gobierno manifestó estar dispuesta a escuchar y analizar técnicamente dicha propuesta, pero recalcó que la ayuda real consiste en poner fin al cerco energético.
La acusación a Raúl es otro obstáculo en los acercamientos. El presidente Díaz-Canel declaró: “Estados Unidos miente y manipula los sucesos alrededor del derribo de las avionetas de la organización narco-terrorista Hermanos al Rescate en 1996”, una acción del ejército cubano al frente del cual estaba el general de Ejército de ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Y agregó: “no se actuó de manera imprudente ni se violó el derecho internacional, como sí vienen haciendo fuerzas militares estadounidenses con sus fríamente calculadas y abiertamente publicitadas ejecuciones extrajudiciales sobre embarcaciones civiles en el Caribe y el Pacífico”.
Analistas geopolíticos coinciden en que la escalada contra Cuba responde a la necesidad de la Casa Blanca de desviar la atención nacional e internacional sobre el creciente atolladero militar en Irán. Mientras la guerra contra Teherán se complica con pérdidas significativas y un desgaste logístico que empieza a generar críticas internas en el Pentágono, Trump utiliza la tradicional “amenaza en el Caribe” como un recurso de movilización emocional para su base electoral.
La crisis energética inducida en nuestro país y las sobreactuadas advertencias de intervención funcionarían así de cortina de humo mediática la cual buscaría ocultar los fracasos tácticos en Asia occidental y la ausencia de una estrategia de salida clara en ese frente. Se plantea una “redención” a través de una supuesta victoria rápida y de bajo costo en Cuba, aunque la realidad sobre el terreno en ambos escenarios diste mucho de sus declaraciones.





















