Descifrar la vida a través de la muerte

En sus más de cinco décadas de encomiable labor profesional, el doctor Ercilio Vento Canosa ha realizado sustanciales aportes en el campo de la medicina legal, la antropología, la espeleología y la historia


Con su eterna mirada fija, las momias son más que simples vestigios arqueológicos; son portales hacia mundos antiguos, tesoros que desafían la implacable marcha del tiempo. Estos restos humanos -preservados de forma natural o artificial- ofrecen valiosa información sobre las antiguas culturas, sus prácticas funerarias y creencias religiosas, incluyendo su estilo de vida y enfermedades. Ventanas únicas al pasado, han sido objeto de fascinación y estudio durante siglos.

Casi seis décadas han pasado desde que el 4 de marzo de 1965, como parte de una exhumación de oficio en una de las galerías subterráneas del cementerio de San Carlos Borromeo, de Matanzas, el hallazgo del cuerpo momificado de una mujer en excelente estado de conservación dejó estupefactos a los trabajadores del camposanto.

La singular aparición estuvo bañada desde el inicio de misterios y un sinnúmero de especulaciones, y es que el clima tropical y húmedo de Cuba constituye obstáculo para la momificación natural, así como para la conservación de los restos momificados con anterioridad. El cadáver se hallaba vestido aún con sus ropas y calzado, y en excelente preservación de sus formas y facciones.

En sus más de cinco décadas de encomiable labor profesional, Ercilio Vento Canosa ha realizado sustanciales aportes en el campo de la medicina legal, la antropología, la espeleología e historia. / Tomada del periódico Granma.

El curioso “descubrimiento” se difundió como pólvora por la ciudad y durante días decenas de matanceros se apresuraron a llegar hasta la necrópolis. Entre ellos, había un joven, apenas adolescente pero amante innato de la medicina forense y la antropología, Ercilio Vento Canosa, quien conoció del hallazgo por su primo, responsable en ese momento de las labores de administración del cementerio y uno de los que se topó con tamaña sorpresa en el nicho 187 de la primera galería subterránea.

A pesar de todo el revuelo originado, la bóveda fue cerrada nuevamente, como consecuencia del actuar de uno de los espectadores, que le arrancó un pedazo de piel (de la frente) y parte de la cabellera al cuerpo encontrado.

La vida retomó su curso normal y aquel notición, que movilizó a gran parte de Matanzas, quedó -al parecer- en el olvido.

Una década transcurrió y aquel adolescente –ya convertido en doctor– pudo, a raíz de la comprobación que deseaba realizar una investigadora peruana, tomar algunas muestras de tela, piel y algunas fotografías con el propósito de poder estudiar a profundidad el caso. No obstante, la sepultura volvería a cerrarse.

Es así que cinco años más tarde, después de esa segunda reapertura, en 1980, Vento Canosa recuerda que la historiadora Dania Allende pidió tener acceso al cadáver, pues sospechaba que podría tratarse de Matilde Domínguez, una cantante de la época asesinada por su esposo y que había desaparecido misteriosamente del cementerio de Cárdenas. Esta vez los trabajadores del camposanto decidieron no sellar el compartimento y solo colocar dos hileras de ladrillos.

En días posteriores, en horas de la noche, un individuo penetró en el cementerio en busca de un cráneo para fines religiosos y sustrajo la cabeza de la momia. En el acto dañó varias partes de la porción superior del tórax y el miembro anterior derecho. Luego en su casa lo redujo todo a pedazos con un martillo. El hecho fue denunciado por un vecino que por la ventana pudo presenciar el acto.

“Ocupada luego por las autoridades, la cabeza presentaba arrancamientos casi totales de la piel, el pelo, la cara y parte del cráneo, así como de la dentadura. Desde el cementerio se comunican conmigo para decirme lo sucedido y me manifiestan la necesidad de conservar y restaurar el cuerpo pues se trataba de testimonio patrimonial valiosísimo de las técnicas de embalsamamiento del siglo XIX de la que hasta el momento no se tenían registros”, sostiene el especialista en segundo grado en Medicina Legal.

A la izquierda, foto de Josefa donde se observa su estado luego de los arrancamientos casi totales de la piel de la frente y parte de la cabellera. A la derecha, ya restaurada por el doctor Ercilio Vento. / Cortesía del entrevistado.

A raíz de este hecho comienza a realizar gestiones, pero todas resultaron infructuosas. “Se lo explico al administrador del cementerio y este me dice: ¿Por qué no te la llevas para tu casa?”, explica quien también fuera presidente de la Comisión Provincial de Monumentos.

Aceptar esta responsabilidad de altos quilates le generó a Vento un sinfín de leyendas, algunas buenas, pero, otras, no tanto: “Que en mi hogar sucedían eventos raros, que la momia dormía debajo o hasta encima de mi cama… ¡Cuánta maldad! Estaba en un contenedor de doble pared que le fabricó mi padre, situado en la biblioteca de la casa”, aclaró a BOHEMIA.

“Conmigo estuvo 25 años y su presencia jamás perturbó mi vida, ni la de mi hijo ni la de ningún otro familiar. Yo le otorgué un sentido muy práctico; soy un hombre de ciencias”, explicó el historiador.

El proceso de restauración requirió un profundo estudio y llevó varios años, dada su complejidad. Como estaba decapitada se comenzó por la cabeza y cada fragmento se colocó en un sitio, calculando la reducción por la pérdida de volumen.

Su peso corporal debió ser entre 60 y 70 kilogramos. Luego del proceso de momificación, el cuerpo redujo 14 veces su volumen y 16 el peso. La sangre, el cerebro, el hígado y los pulmones lograron ser extraídos del cadáver y hoy son exhibidos al público.

En el momento de su descubrimiento, la momia se mantenía casi intacta, pues apenas le faltaban los ojos. Conservaba todas las vísceras, incluso los restos de la última ingesta. / Cortesía del entrevistado.

Punto de partida

Tomándose como punto de inicio las iniciales que aparecían bordadas en la ropa (JPL) se procedió a la exploración de los listados de fallecidos que aparecían en la Iglesia Catedral de San Carlos Borromeo y en el Archivo Provincial. De esta forma la momia tuvo nombre: Josefa Petronila Margarita Ponce de León Heredero.

Para conocer su identidad, el hoy historiador de la urbe matancera volcó su vasto conocimiento y maestría. Los datos recabados permitieron arribar a la conclusión de que se trataba de una mujer de raza blanca, de 56 años de edad, nacida en La Habana el 19 de marzo de 1815 y fallecida en el barrio capitalino de Monserrat, en marzo de 1872, a causa de una bronconeumonía bacteriana, enfermedad mortal en la época.

Cumpliendo la última voluntad de la difunta, de que le diera sepultura en la Ciudad de los Puentes, los familiares ordenaron su preparación al doctor Antonio Caro, el más célebre embalsamador de esos años, para poder trasladarla por barco desde La Habana a Matanzas, donde fue inhumada el 16 de marzo de 1872 en el cementerio antiguo San Juan de Dios y posteriormente enterrada en el de San Carlos Borromeo, sitio en el que fue hallada.

La introducción de bicloruro de mercurio, un compuesto adicional que estaba prohibido en la época por resultar altamente venenoso, resultó clave en que el cuerpo de la difunta no sufriera los efectos de la descomposición, señala quien también ocupara la presidencia de la Sociedad Espeleológica del país luego del fallecimiento de Antonio Núñez Jiménez, conocido como el cuarto descubridor de Cuba.

El último viaje

En el Museo Provincial Palacio de Junco se expone una foto de la radiografía que se le hiciera a Josefa, así como copias de sus actas de bautismo, matrimonio y defunción. / Cortesía del entrevistado.

En 2005 Ercilio decide donar el cuerpo momificado a la colección del Museo Provincial Palacio de Junco, años después de que más de 70 mil personas la visitaran por primera vez en una exposición temporal. En una urna de cristal descansa tendida, en lo que parece ser su último sitio de reposo eterno, con las manos cruzadas y una sábana blanca protegiendo parte de su cuerpo.

Colgadas en la pared de la habitación, de cortinas moradas, con una temperatura que apenas sobrepasa los 20 grados Celsius, la acompañan las copias de los registros de bautismo, matrimonio y defunción, y una reconstrucción de lo que pudo haber sido su rostro en vida. Hoy constituye una de las principales atracciones de todo aquel que decide desandar las calles de la primera urbe moderna de América.  

En el momento en que Josefa Petronila emprendió su último viaje, Ercilio recuerda las palabras de su hijo: “Papá, yo espero que tengas conciencia de lo que has hecho”.

Sin muestras de arrepentimiento alguno, confiesa: “Nunca pretendí tenerla en la casa y, por tanto, no tiene ningún sentido que continuara allí. Ese era el fin de un camino; solo intenté desde el anonimato conservarla, como he hecho con tantas cosas”, aseveró.

¿Momias cubanas?

El clima tropical y húmedo de Cuba es un impedimento, tanto para la momificación natural como para la conservación de los restos previamente momificados. A pesar de esta condición, además del cuerpo de la señora Josefa, existen otras momias que se hallan en diferentes instituciones cubanas procedentes de diferentes países y culturas.

Según The Cuban Mummy Project, otra de las más famosas, fue la que trajo Emilio Bacardí de la ciudad de Luxor (antigua Tebas, Egipto) a Santiago de Cuba en 1912, y que hoy se exhibe en el museo que lleva su apellido. Los restos entraron a la nación como “carne en conserva”, pues el reglamento aduanero no contemplaba categoría alguna que se ajustara a tamaña pieza.

Dentro de la entidad santiaguera también se hallan un varón y una mujer adultos peruanos, así como dos cabezas reducidas pertenecientes a los indígenas Shuar de la Amazonía ecuatoriana, convirtiéndose entonces en el sitio que atesora más ejemplares momificados en Cuba.

Asimismo, en el Museo Antropológico Montané, de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana, yace el “Minero Peruano”, una momia de varón adulto de la que aún se debate su origen, mientras que el “Guerrero Chancay”, cuerpo momificado traído por Núñez Jiménez en 1979 del Perú, es atesorado en el Museo de la Naturaleza y el Hombre de Sancti Spíritus.

Por lo tanto, el mayor valor de Josefa radica en ser –que se tenga registro hasta ahora– la única momia auténticamente cubana conservada con métodos del siglo XIX.

El cuerpo momificado de Josefa Petronila Margarita Ponce de León y Heredero se encuentra expuesto en una sala climatizada del Museo Provincial Palacio de Junco de Matanzas. / Héctor Alejandro Castañeda.

Más que una momia

Más allá de las leyendas, de lo fantástico, lo fantasmal, el misticismo y el horror de un cuerpo consumido y carente de la belleza que arrebata la muerte, la dimensión humana y cultural fue la principal motivación del Doctor Ercilio en el momento que asumió el rescate y conservación de Josefa.

Incluso, evita a toda costa referirse a ella como “la momia”. La llama por su nombre, Josefa. “La ética tiene que ser un precepto del investigador. Si se pierde la ética al trabajar con restos humanos se pierde la esencia de la propia humanidad. Más allá de huesos hay que tener presente la persona que fue en vida”, señala el investigador matancero quien también atesora el mérito de ser el descubridor de la treponematosis -agente de la sífilis- precolombina en aborígenes cubanos.

En su libro “La Momia de Matanzas. Un Encuentro en la Historia”, Ercilio revela que la verdadera trascendencia no está en su triunfo sobre el destino común de cientos de cadáveres que como ella sufrieron los avatares de traslados, inhumaciones, exhumaciones y nuevos entierros hasta perderse irrecuperablemente como una especie de segunda muerte, definitiva y total, sino en su papel como vehículo portador de información.

Josefa es parte ineludible de este célebre intelectual yumurino que ha dedicado su existencia a estudiar la vida a través de la muerte: “Si digo que es un vínculo afectivo quizás exagere, pero sí es un vínculo profesional, un vínculo de responsabilidad. Adquirí un compromiso que he traspasado al patrimonio provincial, pero me sigo sintiendo responsable. El día que no se pueda garantizar su conservación habrá que intervenir, porque es necesario preservarla a toda costa”, enfatiza.

Aunque confiesa que sus visitas al museo ya no son tan frecuentes, su presencia siempre cercana percibe. Quizás por eso más de un creyente le ha confesado que el espíritu de Josefa lo protege adonde quiera que vaya.

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