El Ciclón del 33 constituye la mayor catástrofe natural de la historia de Cárdenas. / giron.cu
El Ciclón del 33 constituye la mayor catástrofe natural de la historia de Cárdenas. / giron.cu

El monumento que nunca quiso serlo

La boya de Cárdenas trasciende su materialidad para erigirse como un caso singular de monumentalización espontánea


En el corazón mismo del Parque Colón, emblema y pulso de la ciudad de Cárdenas, reposa una boya que ha trascendido su función original de señalización y orientación marítima para convertirse en testigo silente de una de las tragedias naturales más impactantes en la memoria local. Ese fragmento del mar, detenido en tierra firme, guarda las huellas de un evento que permaneció en el recuerdo y el alma de esta ciudad costera.

A escasos metros de la imponente estatua del almirante que corona la plaza fundacional, se halla el artefacto cargado de misterio. La boya, convertida en un símbolo, guarda en su estructura el rastro de un destino ajeno a la voluntad humana.

Naturales y visitantes se acercan intrigados, sin comprender del todo que el objeto flotante no llegó allí por designio, sino por la fuerza indómita de la naturaleza, dejando un enigma que sigue despertando preguntas.

Cuando aún faltan varios meses para cerrar la actual temporada ciclónica, se impone la necesidad de echar la vista atrás y revivir uno de los huracanes que, con fuego y furia, marcó para siempre la tierra donde por primera vez se izó la bandera de la estrella solitaria.

En algunos puntos la altura del agua alcanzó alturas superiores a los dos metros. / giron.cu

Cicatriz cardenense

Hace noventa y dos años, el 1 de septiembre de 1933, la furia desatada de un ciclón arrastró hasta el centro de la hoy casi bicentenaria ciudad de Cárdenas una estructura de dos toneladas de acero y hierro fundido, desgajada por la fuerza implacable del mar desde su lugar original.

El ciclón de 1933, también conocido como el huracán de Sagua y Cárdenas, estimado en Categoría 3 de la escala Saffir-Simpson, azotó la costa norte central y occidental de Cuba entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre del propio año, arrasando principalmente localidades de las actuales provincias de Villa Clara, Matanzas, Mayabeque y La Habana.

Los relatos de aquel desastre cuentan cómo la ciudad quedó semidestruida. En pocas horas, los fuertes vientos huracanados que rozaron los 270 kilómetros por hora, junto con colosales olas, desataron su furia sobre una ciudad próspera y vibrante, con una vasta zona industrial, dejando a su paso un paisaje de destrucción inimaginable.

Reportes de prensa de la época hablan de más de 180 muertes, aproximadamente 600 heridos y 8 mil damnificados. El monto de los daños por el meteoro ascendió a casi 10 millones de pesos. La fuerza implacable del mar embravecido se llevó consigo personas, árboles, muelles, calles, industrias y construcciones.

En entrevista concedida al semanario Girón, el meteorólogo cardenense Henry Delgado Manzor, estudioso del tema, explicó en 2019 que el huracán penetró entre cinco y diez millas tierra adentro y, aunque en varios lugares se observó la calma en su centro, gran parte permaneció sobre el mar.

El especialista agregó al medio yumurino que las aguas, al adentrarse en el pueblo, arrancaron de su base los muelles del litoral y alcanzaron alturas superiores a los dos metros en algunos puntos. Asimismo, mencionó que investigaciones recientes confirmaron que lo ocurrido en la costa norte cardenense fue una “marea de tormenta” o “surgencia”, fenómeno que consiste en la abrupta elevación del nivel del mar cuando el huracán penetra en tierra. Mismo fenómeno provocado por el huracán del 9 de noviembre de 1932, que elevó la altura del mar por encima de los seis metros en Santa Cruz del Sur, Camagüey, causando más de 3 000 víctimas.

Trayectoria probablemente descrita por el llamado Ciclón del 33 / giron.cu

La furia del mar me trajo hasta aquí

En la placa de bronce que hoy acompaña la boya, colocada en 1934 —un año después del embate del ciclón—, puede leerse con claridad “La furia del mar me trajo hasta aquí. El recuerdo perdurará”. La tarjaseñala además la altura exacta que alcanzó el agua por las penetraciones costeras: un metro con veinte centímetros desde los adoquines originales de la plaza fundacional.

El artefacto, recalado en la plaza fundacional de la emblemática Ciudad Bandera, ha permanecido a la intemperie como un recordatorio que invita a la reflexión sobre la fuerza incontenible de la naturaleza, la vulnerabilidad de las ciudades costeras y la inquebrantable capacidad humana para reconstruir, renacer y mantener viva la evocación colectiva.

Víctima del paso de los años y casi consumida por el óxido y la corrosión, en 2023, gracias a la voluntad del gobierno local, fue objeto de un minucioso proceso de restauración que permitió preservar su originalidad en un 35 por ciento, perpetuando así su recuerdo y su valor como patrimonio tangible del desastre que fue el ciclón de 1933 en la urbe de 197 años.

El ciclón de 1933 permaneció en la memoria de Cárdenas no solo por la fuerza devastadora de su impacto, sino también por la deficiente gestión y comunicación de la crisis de las autoridades de entonces. Tragedia llamada a no repetirse, gracias al sistema integral de defensa civil desarrollado en Cuba, basado en la reducción del riesgo de desastres. Estrategia impulsada por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz tras la experiencia del huracán Flora en 1963, que prioriza la preparación, prevención y respuesta rápida, poniendo en primer lugar la protección de la vida humana mediante la movilización organizada de la población.

Momento en que la boya es devuelta al Parque Colón tras ser restaurada . / TV Yumurí

Boya símbolo de la Ciudad de Cárdenas antes y después de su minuciosa restauración. / Perfil de Facebook del meteorólogo cardenense Henry Delgado Manzor

Placa que acompaña la boya colocada en 1934, un año después del impacto del potente huracán. / Perfil de Facebook del meteorólogo cardenense Henry Delgado Manzor

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