Trump cumple un año de políticas excluyentes y agresivas, mientras las encuestas reflejan un creciente rechazo a su gestión
Donald Trump regresó a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 con la promesa de implementar reformas; según él, “restaurarían el sentido común” en Estados Unidos. En menos de un año, su administración impulsó de manera acelerada políticas marcadas por el supremacismo, la discriminación racial y de género, y la exclusión social, a lo que se suma una proyección con pretensiones de extenderse a la humanidad.
Según una encuesta reciente de Reuters/Ipsos, menos de la mitad de los estadounidenses aprueban su gestión y sitúan su popularidad en niveles bajísimos. En diciembre de 2025, el índice de aceptación se ubicó en 39 por ciento; es decir, descendió desde el 41 a principios de mes, aunque ligeramente por encima del 38 registrado a mediados de noviembre.
Escenario interno
En el plano doméstico, el primer año de esta segunda administración se ha caracterizado por una expansión del poder Ejecutivo mediante decretos y órdenes, amparados por un Congreso de mayoría republicana que mostró escasa resistencia a sus decisiones.
Tal como anticipó, uno de sus principales objetivos fue la política migratoria. Reabrió y amplió programas de deportación acelerada, ordenó redadas masivas en ciudades y desplegó unidades tácticas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas en espacios urbanos, incluyendo lugares de trabajo, estaciones de transporte y colegios.
Bajo estas nuevas directrices, más de 300 000 personas fueron detenidas, muchas sin acceso a un proceso judicial adecuado y durante períodos prolongados. Esto provocó alarma en organizaciones de derechos humanos y comunidades latinoamericanas. En los primeros 11 meses de su gestión, la administración deportó a casi medio millón de personas: aunque se trata de la mitad de lo prometido por el Presidente, es una cifra histórica en comparación con gobiernos anteriores.
Trump también llegó desmantelando el aparato federal. El Departamento de Estado, por ejemplo, sufrió uno de los recortes más profundos de la era moderna: se eliminaron direcciones enteras vinculadas a derechos humanos, cambio climático y diplomacia pública.
Impacto mundial

En el frente internacional, el regreso de Trump a la Casa Blanca se ha traducido en justificación y legitimación de la violencia, la agresión y la guerra. Su discurso de fuerza y poder, lejos de proyectar seguridad, ha revelado debilidad, temor a perder la hegemonía y un historial de fracasos.
En el Mediterráneo Oriental dice haber destruido la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán, pero sigue enviando mensajes a Teherán para negociar el asunto. ¿Por qué negociar algo inexistente?
Afirmó haber resuelto guerras que no ocurrieron y conflictos irreales; en otros, en los que reivindica su resolución, los propios actores involucrados se encargaron de desmentirlo.
Anuncia haber puesto fin a la guerra de Gaza cuando el ejército sionista sigue masacrando al pueblo palestino. Claro, a él solo le interesaba “el regreso de todos los rehenes vivos a sus familias”. Por supuesto, se refiere a los rehenes capturados por las organizaciones palestinas armadas, mientras los miles de ciudadanos retenidos en cárceles del sionismo y los 70 000 muertos (entre ellos 30 000 niños), los 171 000 heridos y el millón 900 000 desplazados no cuentan.
En el terreno económico, sacudió el tablero al imponer aranceles del 10 por ciento a nivel global y tarifas aún más altas a ciertos países, bajo el argumento de corregir un desequilibrio comercial. Sin embargo, esta estrategia comenzó a mostrar sus límites: la presión inflacionaria, el aumento del costo de vida y el descontento empresarial llevaron a la administración a retirar las tarifas sobre miles de productos, en un intento de contener el malestar económico con reflejo en los pobres resultados del Partido Republicano en las elecciones de noviembre.
La obsesión de Trump
América Latina se ha convertido en la prioridad estratégica de su política exterior, en una reinterpretación agresiva de la llamada Doctrina Monroe y que fue oficializada con la presentación de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional.
La administración ha desplegado el mayor contingente militar en el Caribe en décadas y reforzado operaciones navales contra embarcaciones. Sin lugar a dudas, la versión más extrema de la nueva “doctrina Trump” es la amenaza latente de un posible ataque a Venezuela para remover la legitimidad del presidente Nicolás Maduro. Mas el objetivo de fondo, según sus propios asesores, es restablecer la hegemonía estadounidense en lo que considera un “vecindario estratégico”.
En paralelo, la estrategia sobre Cuba sigue la lógica del desgaste: obstaculizar mediante restricciones indirectas el acceso del gobierno cubano a divisas, y hacer que la estructura central del bloqueo económico, financiero y comercial impuesto por Washington desde 1962 permanezca intacta como herramienta principal de presión.
Al establecer cuáles son los intereses fundamentales de la política exterior de Estados Unidos, más allá de los elementos doctrinarios insertos en este instrumento, se expone el afán megalomaníaco y egocéntrico de Trump, al ponerse al nivel de los presidentes James Monroe y Teodoro Roosevelt, en una tradición histórica de dominación que acompaña a Estados Unidos desde su consolidación como potencia.


















