La creciente presión en el entorno laboral puede provocar la saturación física y/o mental del trabajador. / TINO ACOSTA
La creciente presión en el entorno laboral puede provocar la saturación física y/o mental del trabajador. / TINO ACOSTA

Es necesario controlarlo

Puede ser beneficioso o perjudicial según las posibilidades de respuesta del afectado. Las personas deben dominar cada vez más las exigencias y retos que les demanda

Por. / ERNESTO FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ


De acuerdo con opiniones científicas aparecidas en diversas publicaciones médicas, el estrés es una condición psicológica y física que altera el estado normal del cuerpo, genera afecciones o cambios notorios en la persona, cuyos efectos inciden en la salud física y mental, en el rendimiento laboral y académico, y puede generar preocupación y angustia.

Otros criterios son más sintéticos y apuntan: es la respuesta inespecífica del organismo a cualquier demanda del medio

Es parte intrínseca del ser humano, según el criterio de expertos. Incluso antes del surgimiento del Homo Sapiens, digamos, los Austrolopithecus y Neardenthaleses, padecieron de un entorno estresante y muchas veces agresivo, debido al enfrentamiento sistemático con animales feroces, la búsqueda incesante de fuentes de alimentación, rivalidades entre tribus y adversidades climáticas.

En la época actual, los agentes estresantes de procedencia externa más comunes pueden agruparse en tres categorías:

Primero: los físicos agudos de corta duración (una agresión, un accidente, una sorpresa negativa insospechada), los cuales exigen la puesta en marcha inmediata de respuestas físicas y psíquicas para la supervivencia del individuo.

Segundo: los físicos crónicos (sequías, carencia permanente de alimentos, de medicinas, defectos corporales irreversibles) ante los cuales las respuestas de afrontamiento del organismo presentan diferentes niveles de adaptación.

Tercero: eventos psicológicos y sociales adversos (pérdida amorosa o del empleo, muerte de familiares, conflictos laborales) con especial capacidad de crear emociones intensas.

No obstante, también existen factores propios de un individuo y su entorno cultural y social. Esos son los casos de rasgos de personalidad predisponente a la salud o a la enfermedad; autoestima adecuada o inadecuada; familia funcional o disfuncional; creencias de salud y religiosas erróneas o acertadas, redes de apoyo social aceptables o deficientes; estilos de vida saludable o inadecuado, y modos de manejo del estrés, entre otros.

Orígenes del término y su desarrollo

La palabra estrés viene del latín stringere, que significa oprimir, apretar, atar, sofocar. Este concepto tuvo su origen en la Física: una presión externa constante sobre un cuerpo expone a este a un desgaste. Por ello, los científicos lo relacionaron en sus inicios con un daño de la energía nerviosa. Esto cobra particular relevancia cuando en el siglo XVIII los médicos plantearon que la tercera parte de las enfermedades tenían orígenes nerviosos.

En el siglo XVII, el inglés Robert Hooke descubrió la energía potencial elástica y encontró la relación entre las deformaciones de un cuerpo y la fuerza aplicada sobre este. Otro científico inglés, Thomas Young, en el siglo XIX, cuando estudió ese comportamiento de elasticidad longitudinal (por ejemplo, la deformación de una liga estirada) definió el término como la respuesta de la estructura del objeto provocada por una fuerza externa.

A partir de ese momento, comienza la exportación de esta terminología a otras áreas, en especial, la medicina, la biología y la química; y le correspondió al médico y fisiólogo francés Claude Bernard, a principios del siglo XIX, los primeros reportes del concepto aplicado a otras ciencias.

Personalidades en la temática señalan a Hipócrates en la antigüedad interesado tempranamente por esta manifestación del cuerpo humano.

La expansión del término se encuentra ahora en muchas disciplinas: la psicología, psiquiatría, neurofisiología, neuroquímica, inmunología, psicosociología, psicoanálisis y otras; no puede ignorarse por los especialistas porque se halla agazapado, oculto y listo para ayudarnos o enfermarnos.

Fueron los trabajos de los científicos Selye, Lazarus, Deese y Osler (Hans Hugo Bruno Selye, fisiólogo y médico austrohúngaro que posteriormente se naturalizó canadiense) los primeros en publicar en 1946 un artículo en el Psychological Bulletin de la Asociación Americana de Psicología utilizando la frase estrés psicológico.

Esos científicos afirmaron lo siguiente: las personas y el ambiente mantienen una relación dinámica, mutuamente recíproca y bidireccional, y no siempre beneficiosa: según los expertos en el tema del 50 al 75 por ciento de todas las enfermedades y accidentes del hombre moderno se relacionan con un exceso de estrés.

Una mirada más amplia hacia el padecimiento

Paciente afectado con estrés general. / pexels.com

Está comprobado por la ciencia: el estrés forma parte de la existencia de seres humanos, animales y plantas, y -llevado al extremo- puede provocarles la muerte.

Este trabajo está dedicado a ese padecimiento solo en las personas, por ello subrayamos: si usted se permite tener un alto nivel de tensión nerviosa, debe saber que el riesgo de padecer una enfermedad cardíaca es 27 por ciento más probable en su persona que para un individuo con niveles normales.

Sin lugar a dudas, es uno de los problemas de salud más generalizado como la hipertensión arterial o el colesterol elevado; y un fenómeno multivariable resultante de la relación entre la persona y los eventos de su medio. Por tal motivo, los individuos deben dominar cada vez más las exigencias y retos de la vida cotidiana.

En una primera fase, ante una situación estresante, el organismo desencadena un mecanismo de resistencia el cual busca adaptarse al agente nocivo (estresor). Aumenta el estado de alerta y mejora la respuesta física. Es el llamado eustrés o estrés bueno.

Si el estresor continúa, se produce el daño, reaparecen los síntomas, hay una ruptura de los procesos de recuperación y es posible el colapso: estamos ante el distrés o estrés negativo.

Ya que el estrés es parte inevitable de la vida, según afirmó Selye desde 1974 en su libro Stress without Distress, debemos enfocarlo como un reto y no un castigo. Ahora bien. ¿Qué tan protector o tan riesgoso puede ser en los seres humanos? ¿Pueden las personas plantearse controlar o manejar las situaciones tensas adecuadamente?

El ya mencionado médico y fisiólogo Hans Hugo Bruno Selye se percató de que algunos enfermos a quienes trataba tenían síntomas inespecíficos comunes, como el agotamiento y pérdida del apetito, entre otros, y elaboró una teoría acerca de la repercusión nociva del estrés en los procesos psicológicos de esos pacientes.

Lo consideró un agente desarticulador de la homeostasis del organismo (conjunto de procesos de autorregulación de las propiedades y composición del medio interno de un organismo) con el resultado de una respuesta fisiológica no específica.

La tipología de este padecimiento está clasificada según su procedencia y entre ellas están, fundamentalmente, el amoroso y marital, el sexual, el familiar; por duelo, médico, el ocupacional, académico, militar, deportivo y por tortura y encarcelamiento. También existe el laboral, asistencial, profesional, psicosocial, psicofisiológico y de rol.

Una especialista opina

La doctora Ana María Medina, del Hospital Salvador Allende, felicitando a un expaciente por su recuperación. / YASSET LLERENA

“El estrés no es inherentemente malo porque puede constituir una respuesta natural y útil al enfrentar situaciones desafiantes y ayudar a las personas a mantenerse alertas y motivadas. Sin embargo, es nocivo cuando se torna excesivo porque puede afectar la salud física y mental provocando la aparición de ansiedad, depresión y enfermedades cardiovasculares, entre otras”, así expresa su criterio la licenciada en Psicología Ana María Medina Fernández.

Agrega Medina: “identificar que estamos estresados es muy subjetivo porque todas las personas no reaccionan de la misma manera a los procesos estresantes.

“Los síntomas pueden ser físicos, psicológicos, cognitivos y/o vinculados con la esfera del comportamiento. Pueden aparecer: cefaleas, trastornos del sueño, problemas digestivos, tensión muscular, trastornos relacionados con la esfera sexual, irritabilidad, aislamiento social, tristeza, ansiedad, dificultad en la concentración, consumo de alcohol y drogas, entre otros”.

La especialista del Hospital Clínico Quirúrgico Dr. Salvador Allende recomienda: “con el objetivo de aminorar la carga de estrés, la realización de ejercicios físicos de forma regular es excelente, ya que mediante la actividad física se liberan endorfinas, hormonas beneficiosas para el estado de ánimo.  

“Se recomienda además la práctica de técnicas de relajación y meditación activas. Mantener una dieta balanceada, cuidar los hábitos de sueño y tener una red social saludable resultan además de mucha importancia para el manejo adecuado del estrés”.

Finalmente, la psicóloga Ana María Medina subraya: “No obstante, si la persona no logra gestionar de forma adecuada el estrés debe ir en busca de ayuda profesional a un centro de salud mental donde el personal capacitado la puede asistir”.

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