Mientras Kiev depende de constantes ayudas, Europa enfrenta cansancio ciudadano ante las políticas de apoyo militar
Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, declaró una guerra arancelaria a todo el mundo. China fue el principal objetivo, al enfrentar las tarifas más elevadas. Sin embargo, el gigante asiático no cedió en este tiempo, porque conserva un as bajo la manga: las denominadas tierras raras, elementos estratégicos en el desarrollo de tecnología y piezas clave en el tablero geopolítico mundial. Lo curioso es que, en realidad, estos materiales no son tierras… ni tampoco raras.
Descubiertos en el siglo XVIII en un remoto yacimiento de Suecia, estos 17 elementos químicos –difíciles de separar– son vitales hoy en la producción de teléfonos inteligentes, autos eléctricos, turbinas para los parques eólicos, misiles hipersónicos y satélites espías. En este escenario, ¿qué papel desempeñan Beijing, Washington y Moscú?
China, posición hegemónica
El gigante asiático controla más del 80 por ciento del refinado mundial y casi el 70 de la extracción. Este dominio es fruto de una estrategia trazada hace décadas. Su liderazgo se apoya no solo en las reservas geológicas, sino también en una planificación industrial estatal iniciada en 1978 y en un notable desarrollo tecnológico.
La concentración del refinado en pocos países convierte a las tierras raras en una poderosa herramienta de influencia internacional. China no solo extrae y procesa; también lidera las exportaciones, establece cuotas, regula precios de referencia y considera este sector una palanca central de su política industrial.
En mayo de 2019, durante una visita a la empresa JL MAG Rare-Earth Co. Ltd., el presidente Xi Jinping declaró: “Las tierras raras son un recurso estratégico y no renovable; el país debe fortalecer la innovación y añadir valor, con protección ambiental y desarrollo sostenible”.
Estados Unidos: dependencia y expansión militar
Pese a su liderazgo tecnológico, la nación norteamericana depende de China para más del 80 por ciento de las tierras raras procesadas que utiliza. Esa vulnerabilidad –reconocida por el Pentágono como una amenaza a la seguridad nacional– llevó a Washington a diseñar una estrategia destinada a reducir su dependencia y asegurar el control.
Durante su primer mandato (2017–2021), el presidente Donald Trump reactivó la Ley de Producción de Defensa para financiar proyectos de minería y refinado dentro del país, y promovió la Minerals Security Partnership, una alianza con Australia, Canadá y Japón orientada a diversificar proveedores y garantizar el abastecimiento.
Trump convirtió los materiales críticos en un eje de su estrategia geoeconómica. En diciembre de 2017 firmó la Orden Ejecutiva 13817, que instruyó la elaboración de una lista de 35 minerales esenciales –entre ellos, tierras raras, litio, cobalto y grafito. De manera paralela, definió a China como su principal competidor: impuso aranceles a metales críticos, limitó sus inversiones en el extranjero y buscó aislarla de las cadenas globales de suministro, con la intención de debilitar su papel de procesador dominante.
En su segundo mandato (2025–presente), Trump pasó de un nacionalismo extractivo a una doctrina de supremacía mineral. En su consolidación, fortaleció la producción interna, impulsó la extracción de minerales estratégicos en los fondos oceánicos y utilizó los materiales críticos como herramienta de presión geopolítica.
También instituyó el Consejo Nacional para la Dominación Energética, responsable de concentrar las decisiones sobre el sector minero y articularlo con los objetivos de defensa y seguridad nacional. En el terreno comercial, reactivó una ofensiva arancelaria a nivel global –con especial énfasis en China–, aplicando gravámenes de hasta el 145 por ciento a metales procesados. Además, condicionó su respaldo a países aliados, tal es el caso de Ucrania, a la firma de acuerdos que aseguren el acceso de Estados Unidos a estos recursos estratégicos.

Rusia y Ucrania: actores transcendentales
Moscú participa en este escenario con alrededor del 10 por ciento de las reservas mundiales de tierras raras y aspira a consolidarse como proveedor alternativo, especialmente tras las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la guerra en Ucrania. Ante ese contexto, intensificó su cooperación con países de África y Asia, busca reorientar sus exportaciones hacia China, la India e Irán y promueve la creación de un bloque tecnológico autónomo respecto a las potencias occidentales. Actualmente, Rusia impulsa el desarrollo de sus propias capacidades de refinado y anunció inversiones significativas en Siberia Oriental y la península de Kola.
Ucrania, por su parte, posee vastos yacimientos de tierras raras, litio, titanio y grafito, lo que la ha convertido desde hace décadas en un socio clave para la Unión Europea, Estados Unidos y la OTAN. En medio de la disputa occidental por alcanzar autonomía estratégica, Trump reafirmó su doctrina “America First” y en 2025 firmó un acuerdo bilateral con Kiev que otorga a Estados Unidos acceso preferente a esos recursos, a cambio de inversiones y del suministro de armamento de última generación destinado a la guerra contra Rusia. Algunos analistas interpretan esta alianza como una nueva manifestación de neocolonialismo, pues el pacto incluye que la mitad de los ingresos futuros procedentes de proyectos mineros, petroleros y gasíferos sea transferida.
La presente coyuntura plantea desafíos estructurales vinculados al extractivismo, la dependencia tecnológica y hasta el riesgo de neocolonialismo verde. El capitalismo contemporáneo, al igual que el histórico, depende de materiales y energía cada vez más escasos, sometidos a un agotamiento progresivo debido a la sobreexplotación de la corteza terrestre.



















Un comentario
Trump «juega» con sus aliados de la OTAN. Usa su política arancelaria para asegurar contratos de armamento con su país y así asegurar una política de paz basada en el miedo a la guerra. En conflictosglobales.com puedes ver como, cada día, la administración Trump negocia tratados de paz en base a armar países.