El periodista no es una máquina exacta, programada, dueño de toda la verdad, que nunca se equivoca o raramente se ríe o bromea. Cubano hasta la médula, Tubal Páez nos ha enseñado que portar el gen del humor hace más real y auténtico el oficio
Fotos. / Pastor Batista Valdés
Con un orgullo muy gremial, nacional, cubano, trascendió días atrás la noticia: Tubal Páez Hernández había resultado Premio Nacional de Periodismo José Martí, por la obra de la vida.
Decenas de trabajos han tratado de comprimir en espacio escrito y tiempo al aire los elementos más notables de una trayectoria verdaderamente admirable en el ejercicio de la profesión, en la conducción de la Upec y en el seno de la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Estos párrafos, sin embargo, no repisarán los limpios senderos por donde él dejó huella en la clandestinidad, antes de 1959, cuando apenas era un chiquillo; su paso por el periódico Granma, su pasión de diseñador, redactor, jefe de la página ideológica, de redacción y de información, primer subdirector del órgano, profesor de Periodismo, “segundo al bate” en nuestra BOHEMIA, o de director de El Habanero…
Prefiero obviar esos detalles y poner a la vista del lector una faceta no menos admirable de Tubal: su fino y cubanísimo buen humor, no sé si herencia de familia, pero –con toda seguridad– sí legado para cuantas generaciones vengan, con esa manía suya de combinar el buen periodismo con el don de arrancar meditaciones, aplausos, lágrimas, sonrisas y hasta carcajadas.
Disculpa pues, hermano: siento la necesidad de poner ante el lector uno de los relatos de mi libro Entre col y colegas, para recordar aquel sano e irrepetible…
Chanchullo en el Comodoro
Verano de 1994. Momento quizás más crudo del Período Especial. Invitados a un recorrido que incluía reuniones, intercambios y contactos en varias provincias, los presidentes provinciales de la Unión de Periodistas de Cuba miraban, medio azorados, el lujoso y apacible interior del hotel Comodoro, asentado sobre las pezuñas del litoral norte habanero, instalación que, para sorpresa y agrado de todos, había sido designada “base de operaciones” durante aquel periplo.
En gala de buen servicio, la alegre “manada” de periodistas fue rápidamente ubicada en confortables habitaciones, a razón de dos por cada cámara, complacidos en la mayor parte de los casos por solicitudes hechas a ras de carpeta, de acuerdo con el grado de afinidad y de simpatía entre los interesados.
Pero como toda regla tiene su excepción y todo grupo humano sus distraídos, al final permanecían en el vestíbulo, sin ubicar, dos sujetos, a quienes no quedó más alternativa que compartir cuarto, pese a diferencias bien enraizadas en sus puntos de vista, que casi todo el tiempo los mantenían envueltos en acaloradas discusiones.
Uno de ellos, nombrado José Antonio Fulgueiras, alternaba en ese tiempo su condición de redactor del periódico Vanguardia, de Villa Clara, con la responsabilidad de dirigir la UPEC allí. Conocido como Aldo Madruga, el otro era por entonces vicepresidente provincial y había llegado al Comodoro casi por obra de un milagro, al ser uno de esos ejemplares que, como la mala yerba, nunca se extinguen y poseen una especie de don entre lo divino y lo inaudito para chocar casi siempre con la bola buena e irse, rara vez, con la curvita mala.
–Esto sí es vida –suspiró el primero, hundiéndose en el colchón, cubierto por blancas y olorosas sábanas.
–Mira esto, Fulgue –indicó el otro– la bañadera está como para quedarse a dormir toda la noche dentro de ella.
–¡Ven acá! –intervino otra vez el primero, con un tono de voz que podía escucharse abajo, en la piscina– qué vacilón: este televisor coge doce canales. ¡Ñok!, tremendo palo, mira este es exclusivo para deportes; Ay mamita, hoy yo no duermo, aunque mañana las ojeras me lleguen a las rodillas.
Esa noche, luego de cenar como un par de saurios, ambos huéspedes volvieron al apacible recinto, para seguir chachareando acerca de los más diversos temas y disfrutar de una variada oferta televisiva gracias a los avances del satélite.

Diez de la noche con doce minutos. Un agudo timbrazo interrumpió la discusión que, en torno al mal gusto de cierta música, protagonizaban nuestros dos amigos. Fulgueiras se incorporó, tomó el auricular y…
–Usted me dispensa tío, pero es que su voz es demasiado fuerte y aunque me he tapao la cabeza con la almohada no logro pegar un ojo; tuviera la amabilidad de hablar un poco más bajo, ¿eh?
Apenado, Fulgueiras le hizo una mueca a su compañero de cuarto, como culpándolo de aquel incidente, mientras se excusaba por el teléfono: No se preocupe Señor, no se preocupe, hablaremos más bajo, tenga usted buenas noches.
–Te lo dije –le indicó el otro– tú tienes la costumbre de hablar demasiado alto y este lugar no es para eso; baja el volumen o nos van a expulsar de aquí.
Con la sangre medio caliente, Fulgue le hubiera disparado una buena salva de ofensas, pero decidió callar porque en verdad hablar alto era uno de sus “atributos de fábrica”. Y, además, no quería volver a escuchar la voz de aquel gallego que acababa de telefonear.
–Pues como te iba diciendo: yo no sé quién aprueba la letra de esas canciones; son un navajazo a nuestra cultura. ¡Qué chabacanería! Algunas resultan hasta groseras… debiera haber un mecanismo que impida la proliferación de esa música.
Por vez primera empezaban a coincidir en algo, cuando volvió a sonar el teléfono. Era la misma voz de la ocasión anterior:
–Mire, se me hace que usted no me ha entendío; verá: debo levantarme muy temprano y su voz no me permite dormir; para mí resultaría muy desagradable tener que molestar a la gerencia del hotel para resolver esta situación…
Contando hasta diez, para atajar todo lo que también tiene de gallego, Fulgueiras trató de calmar otra vez a aquel hipersensible peninsular, al decirle:
–Perdone usted nuevamente, ahora sí le prometo que no volverá a ser molestado en toda la noche.
Al día siguiente la situación se repetiría más de una vez en idénticos términos.
–Ahora sí nos hemos sacado la rifa del guanajo –comentó casi en un susurro el presidente villaclareño– yo juraría por mi madre que estaba hablando bajito y este nos sale con la misma; si la cosa sigue así vamos a tener que comunicarnos como los mudos, mediante señas o pedir que nos trasladen para otra habitación.
A punto de soltar una carcajada, su coterráneo lo volvió a aconsejar y siguieron hablando tan bajo como pudieron hasta que, pasados unos veinte minutos, volvió a rezongar el aparato.
–¡Este es el colmo de la mala educación! –protestó airada la ya conocida voz–. Ustedes los cubanos, o no entienden bien el español o les gusta el cachondeo: ¡Respete mi derecho a dormir! Este es un hotel, me escucha bien: Un hotel, no un campo de fútbol.
Rojo como un pomo de tomate, Fulgueiras no respondió. Luego de propinarle un tirón al auricular, soltó el aire contenido en los pulmones y largó un ¡Le roncan los…! que debe haberle erizado las más peludas partes a aquel gallego.
–A mí me parece que se trata de una broma –opinó Aldo– por el modus operandi puede ser alguno de los nuestros…
–No puede ser, chico –protestó el Fulgue– ese tipo habla un gallego inconfundible, no le falta ni una cabrona Z en lo que dice. Y, además: si fuera cubano habría dicho que esto no es un terreno de pelota y sin embargo dijo bien clarito que esto no era un campo de fútbol, ¿entiendes? Pero no te preocupes, que, si vuelve a llamar para insultarme, mañana habrá funerales porque ese gallego y yo nos vamos a matar esta noche en el pasillo: uno de los dos ya está sobrando en este hotel.
Ni que aquel tuviera la oreja pegada a la pared. Justo cuando el Fulgue se disponía a cubrirse con la frazada hasta el cuello, un timbrazo lo hizo saltar de la cama, echarle garras al receptor y sin dar tiempo a que el español pronunciara una sola palabra le fue encima:
–Oye bien lo que te voy a decir, ratón de Galicia: a mí me importa un chorizo si puedes dormir o no; lo que tienes que hacer, si de verdad eres hombre, es salir para el pasillo ahora mismo, que te voy a enseñar de verdad cómo acostumbramos a hablar nosotros los cubanos…
–Pero Fulgue…
–¡Nada, aquí sobra él o sobro yo!
Minutos después, metido en uno de esos calzoncillos de pata larga que suelen clasificar en la categoría de “mata-pasiones”, regresó a la habitación el acalorado villaclareño. Evidentemente, uno de los dos había sobrado en aquel pasillo, y fue el gallego, quien, tal vez suponiendo lo que le esperaba, había decidido no ir a duelo y permanecer más tranquilo que una ostra sobre la cama, con la narizona y el par de ojillos pegados al borde de la frazada.
–Ese tipo es un ratón –dijo por fin Fulgueiras en tono victorioso, con el pecho y el abdomen inflados.
Y hubiera podido morir (quién sabe en qué avanzada década del siguiente siglo XXI) con el orgullo de haberle metido tremendo agitón a un gallego impertinente, si días después no se hubiera desclasificado un documento, mediante el cual se pudo comprobar que, en realidad, aquel gallego no era más que Tubal Páez Hernández, el Presidente de los periodistas cubanos en ese entonces, quien desde la habitación contigua había preferido sustituir el aprehensivo poder de doce canales foráneos de televisión por un rato de entretenimiento y de jarana a lo cubano, haciéndose pasar por un educado español, incapaz de soportar los elevados decibeles emitidos hacia el éter por las cuerdas vocales del bien ponderado Fulgueiras.



















Un comentario
Simpática y bien contada anécdota, hermano. Un abrazo.