Las causas contra el político, iniciadas antes de su elección presidencial, fueron sistemáticamente aplazadas o retiradas
De los cuatro procesos penales enfrentados por Donald Trump desde principios de 2024, solo se desarrolló el que desde el inicio parecía menos dañino: el caso por la falsificación de registros comerciales para silenciar a la actriz porno Stormy Daniels, en 2016.

El 30 de mayo, un jurado en Nueva York lo declaró culpable de 34 cargos. Sin embargo, el juez aplazó la sentencia, primero hasta el 11 de julio, luego para después de las elecciones presidenciales y ahora la pospuso indefinidamente.
Ese fue el único procedimiento que avanzó un poco antes de su toma de posesión del 20 de enero. Durante la campaña electoral, él y sus aliados postergaron los otros: el juicio federal sobre su papel en el asalto de sus seguidores al Capitolio, la demanda estatal en Georgia por intentar anular allí los resultados de los comicios de 2020 y el análisis por el mal manejo de los documentos clasificados.
Lo que comenzó como un “año peligroso” para el político resultó diferente. La doctrina del Departamento de Justicia de Estados Unidos señala como norma general que no se pueden seguir causas penales contra un presidente en ejercicio.
A finales de noviembre, el fiscal especial Jack Smith presentó una moción para retirar las dos acusaciones. Pero en realidad eso ya era previsible desde unos días después de los comicios, cuando la jueza Tanya Chutkan suspendió los trámites.

En 201 Trump dijo que “podía pararse en medio de la Quinta Avenida y dispararle a alguien sin perder ningún votante”. Esa afirmación, fruto de un profundamente enraizado sentido de la impunidad, ya ha sido puesta a prueba. Muchísimos presidentes de Estados Unidos eran y son criminales y nunca fueron condenados.
En la década del 20, del siglo pasado, un cabo del ejército alemán escribió: “No importa en absoluto si se ríen de nosotros o nos vilipendian […] si nos representan como payasos o criminales; lo principal es que nos mencionen, que se preocupen por nosotros una y otra vez […]”. Sin embargo, fue Marco Tulio Cicerón quien probablemente caracterizó con mayor precisión la etapa histórica que atravesamos: “Cuanto más cerca está la caída de un imperio, más locas son sus leyes”.
La historia, que se presenta una vez como tragedia y otra como farsa, ahora se vuelve hazmerreir en el teatro del absurdo estadounidense. El impacto de los juicios, reveladores de la decadencia del sistema político-empresarial norteamericano, fue nulo o imperceptible. Los seguidores de Trump aprendieron a adorar la irracionalidad y son inmunes a toda crítica o autocrítica. Y eso para todos es realmente costoso, porque es un gran retroceso civilizatorio.



















Un comentario
El Fiscal está impedido contitucionalmente de continuar las causas cuando el imputado es elegido Presidente.