La reciente cita impulsada por Donald Trump en Florida reaviva el debate sobre hegemonía, militarización y soberanía en América Latina bajo la lógica de la Doctrina Monroe
La política de Washington hacia América Latina no empezó ayer. Tampoco es un fenómeno aislado. A lo largo de la historia ha estado marcada por intentos de imponer agendas poco afines con las prioridades del continente y destinadas a fomentar la desestabilización en los pueblos de América Latina que han apostado por la unidad.
La reciente cumbre celebrada en Doral, Florida, bajo el nombre de “Escudo de las Américas”, vuelve a poner ese viejo debate sobre la mesa. Convocada por el presidente estadounidense, Donald Trump y dirigida a un grupo de gobiernos latinoamericanos cercanos a Washington, la reunión fue presentada oficialmente como un espacio de cooperación en materia de seguridad. Pero detrás de ese argumento aparece otra discusión, más amplia y también más incómoda: hasta qué punto estas iniciativas responden realmente a los desafíos de la región.
No es la primera vez que ocurre algo parecido. La historia del continente está llena de episodios en los que Estados Unidos ha intentado reorganizar el tablero regional desde sus propios intereses. En ese contexto, propuestas entre las que se encuentra el llamado “Escudo de las Américas” son una reinterpretación contemporánea –con lenguaje nuevo– de viejas lógicas de poder.
La cita reunió a líderes de una docena de países considerados aliados de la Casa Blanca y marcó la primera convocatoria de este tipo durante el segundo mandato de Trump. Tras una intervención breve, el mandatario estadounidense firmó, junto con los asistentes, un documento el cual propone la creación de una “coalición militar” regional destinada a combatir el crimen organizado y los cárteles del narcotráfico. Sobre el papel, la iniciativa apunta a reforzar la cooperación en seguridad. Pero también deja abiertas varias preguntas.
Una de ellas apunta al rol que podría desempeñar Estados Unidos dentro de esa estructura y con el margen real de autonomía de los países participantes. No es un detalle menor. Para algunos observadores, la propuesta recuerda –aunque adaptada al presente– la vieja aspiración de Washington de mantener una influencia determinante en los asuntos del hemisferio, es decir, una Doctrina Monroe 5.0.
Más allá del argumento de la lucha contra el crimen transnacional, el propio diseño del encuentro demuestra que la afinidad política también jugó su rol, pues asistieron solo gobiernos fieles y serviles a Washington.
Durante su discurso, Trump insistió en que el fortalecimiento de los aparatos militares es clave para enfrentar a los “enemigos” de la zona. Bajo esa premisa defendió la creación de una coalición hemisférica capaz de utilizar la fuerza para “erradicar a los cárteles”. Incluso comparó la idea con operaciones militares realizadas por Estados Unidos en otras partes del mundo.
Aliados regionales: entre seguridad y afinidad política
La cumbre también evidenció el respaldo de varios gobiernos latinoamericanos a la iniciativa estadounidense. Algunos lo hicieron desde la perspectiva de la cooperación en materia de seguridad; otros, desde su más fiel sumisión.
El servil presidente de Ecuador, Daniel Noboa, expresó su apoyo a la idea de una coalición regional contra el crimen organizado y aseguró que durante años las redes criminales han operado con demasiada impunidad en el continente.
Por su parte, el hondureño Nasry Asfura, la más reciente creación política de Trump, calificó la reunión de paso importante para avanzar hacia una agenda común en materia de seguridad, economía y cooperación regional.
Otros países, entre ellos, Argentina, El Salvador y Panamá, también participaron en el encuentro, en un contexto de vínculos políticos y estratégicos cada vez más visibles con la administración estadounidense.
Cuba, en el centro del discurso y de la respuesta
Uno de los momentos más polémicos de la cumbre estuvo relacionado con las declaraciones de Trump sobre Cuba. Durante su intervención, el mandatario volvió a utilizar un tono abiertamente crítico hacia la nación antillana y llegó a afirmar que el país se encuentra en “sus últimos momentos de vida”, insinuando que pronto podría producirse un “gran cambio” en La Habana.
Las declaraciones provocaron la reacción inmediata desde la Isla. El presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez calificó la reunión como una “pequeña cumbre reaccionaria y neocolonial” que, a su juicio, intenta legitimar una mayor presencia militar estadounidense en el continente.
Según el mandatario cubano, el encuentro también plantea riesgos para el principio de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, proclamado por los países de la región en 2014, durante una cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños.
En la misma línea, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, señaló que el documento firmado por los asistentes promueve el uso de la fuerza militar –en particular la de Estados Unidos– para enfrentar problemas internos en los países latinoamericanos. Algo que señaló como un retroceso peligroso para la estabilidad y la soberanía regional.
Seguridad, poder e influencia
Más allá de las declaraciones públicas, la cumbre “Escudo de las Américas” también puede leerse dentro de un escenario geopolítico más amplio. Trump dejó claro: su administración no está dispuesta a tolerar lo que describió como “influencia extranjera hostil” en el hemisferio occidental. Una referencia claramente dirigida a la creciente presencia de China en América Latina.
Infraestructuras estratégicas, rutas comerciales y proyectos de inversión forman parte de esa competencia global en la región. En ese contexto, la propuesta de una coalición militar regional también puede entenderse como un intento de reforzar el liderazgo estadounidense en un espacio que históricamente ha considerado parte de su esfera de influencia.
Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina han estado marcadas por esa tensión constante entre cooperación y predominio. No es algo nuevo. Desde la Doctrina Monroe hasta las actuales iniciativas de seguridad hemisférica, el continente ha sido escenario de múltiples intentos de reorganizar el equilibrio político regional.
Por eso, la cumbre de Florida difícilmente pueda verse como un episodio aislado. Forma parte de una discusión más amplia sobre el rumbo de América Latina y sobre el lugar que cada país está dispuesto a ocupar en un escenario internacional cada vez más complejo.
Al final, desde su génesis, la cita no se trató de una fórmula de cooperación para enfrentar desafíos comunes, así trató de hacer ver Trump, sino de una estrategia destinada a reforzar la influencia de Washington en el continente. La historia latinoamericana, con sus idas y vueltas, demuestra que ambas cosas siempre terminan mezclándose.


















