Northern Lights, en Noruega, es uno de los actuales proyectos comerciales de almacenamiento de carbono en Europa. / news.microsoft.com
Northern Lights, en Noruega, es uno de los actuales proyectos comerciales de almacenamiento de carbono en Europa. / news.microsoft.com

La ilusión subterránea

Ante el avance del calentamiento global, la captura y almacenamiento de carbono se presenta como una promesa para mitigar las emisiones, pero tal entusiasmo aún no las tiene todas consigo


El gas no tenía olor, pero la muerte sí.

Fue en la noche del 21 de agosto de 1986. En una aldea al norte de Camerún, los perros dejaron de ladrar, las gallinas no cacarearon al amanecer y los niños nunca se despertaron. El silencio se volvió espeso, el aire se detuvo. No hubo explosión, ni fuego, ni lluvia. Solo una nube invisible descendiendo del lago Nyos, arrastrándose por los valles cual fantasma sin nombre. En menos de cinco minutos, más de 1 700 personas y 3 500 animales murieron sin una señal de lucha.

Sus cuerpos fueron encontrados al pie de las camas, en los portales, junto a los caminos. Algunos tenían expresiones de desconcierto, otros de miedo. El dióxido de carbono, acumulado durante siglos en el fondo del lago, había salido de pronto, impulsado por una liberación súbita de presión geológica. Era un gas natural. Tan común como el que exhalamos al respirar. Mas, en grandes concentraciones, el mismo CO₂ puede convertirse en un asesino sin rastro.

Décadas después, científicos e ingenieros proponen hacer justo lo contrario: enterrar toneladas de CO₂ bajo tierra, de forma artificial, como una de las grandes apuestas tecnológicas contra el cambio climático. Lo llaman captura y almacenamiento de carbono (CCS, por sus siglas en inglés), y suena a magia climática: capturar el gas antes de que suba al cielo y esconderlo bajo nuestros pies. Gobiernos lo financian con entusiasmo. Empresas petroleras lo promueven como solución verde. Sin embargo, la pregunta flota, sin disiparse: ¿Estamos construyendo el remedio… o incubando el próximo desastre invisible?

En los últimos meses, ha dejado de ser una promesa futurista y ha comenzado a materializarse en proyectos clave a nivel global.

Uno de los hitos más relevantes es el proyecto Northern Lights, en Noruega. Operativo desde 2024, es el primer sistema abierto de transporte y almacenamiento de CO₂ en Europa. Medios de prensa, entre ellos The Washington Post, se han hecho eco de la iniciativa, que contaría con una capacidad inicial de 1.5 millones de toneladas al año y una expansión proyectada hasta 5 millones de toneladas.

Otras naciones del viejo continente se preparan, además, para consolidar infraestructuras. Según informa Reuters, las autoridades alemanas competentes aprobaron recientemente la construcción de dos gasoductos de CO₂, con inversiones estimadas en miles de millones de euros, a fin de fortalecer redes estratégicas destinadas al transporte de este compuesto químico.

Tecnología de captura y almacenamiento de carbono (CCS). / knowablemagazine.org

¿Cómo funciona la captura de carbono?

La captura y almacenamiento de carbono consiste en separar el CO₂ de las emisiones industriales, transportarlo por tuberías y almacenarlo en formaciones geológicas profundas que pudieran ser antiguos yacimientos petroleros o acuíferos salinos.

Esta tecnología, teóricamente, permitiría reducir drásticamente las emisiones netas en sectores, ya sea la energía térmica, el cemento o la siderurgia.

En cambio, estudios de la Universidad de Stanford liderados por el científico Mark Jacobson revelan que la eficiencia real de estas plantas es menor de lo anunciado. En muchos casos, la energía adicional requerida en el proceso neutraliza parte del beneficio ambiental.

La empresa Global CCS Institute sostiene, por su parte, que ya existen más de 40 proyectos a gran escala operando en el mundo, con cuya tecnología podría capturarse hasta 90 por ciento de las emisiones de una planta térmica convencional.

Beneficios escasos

El informe especial del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sobre calentamiento global de 1.5 °C, presentado en 2018, reconoce que la captura de carbono podría ser parte del portafolio de soluciones, aunque advierte sobre la dependencia excesiva de estas tecnologías que no sustituyen la reducción directa de emisiones.

Grandes firmas, entre las que se hallan ExxonMobil, Chevron, Occidental y Linde, invierten activamente en proyectos CCS, reconociendo su potencial para integrarse en estrategias climáticas, especialmente ligados al hidrógeno azul y la captura en procesos industriales.

El hidrógeno azul, es sabido, se obtiene a partir de gas natural (metano) mediante un proceso conocido como “reformado de gas natural (metano) con vapor (SMR)”. Este procedimiento emite gases de efecto invernadero que son capturados en un 90 por ciento, lo que los hace menos contaminante.

Los CCS son vistos, asimismo, como un tema con oportunidades a lo largo de toda la cadena de valor: captura, transporte, almacenamiento. Se proyecta que ciertas aplicaciones serán rentables, especialmente con incentivos y costos en baja.

Aun así, durante la década de 2010 proyectos, en los que figuran Kemper (EE.UU.) y Boundary Dam (Canadá), recibieron grandes sumas de inversión con resultados decepcionantes. En Kemper los costos se duplicaron y el sistema fue abandonado antes de funcionar completamente con captura de carbono.

La mayor parte del CO₂ que se logra hoy se utiliza en la industria del petróleo mediante técnicas de recuperación mejorada, inyectando el gas en pozos agotados y así extraer el crudo remanente. Esta práctica, lejos de reducir emisiones, puede aumentarlas.

La organización Earthjustice denunció en 2023 que esto convierte esa práctica en una “excusa tecnológica” y así seguir expandiendo la extracción de combustibles fósiles.

Kemper fue un ejemplo de promesa rota: costos duplicados y fracaso tecnológico tras años de inversión. / ecoticias.com

Ideas divididas

Algunos sectores de la comunidad científica defienden la necesidad de invertir en CCS, especialmente en sectores difíciles de “descarbonizar”. Un informe de 2023, de la Agencia Internacional de Energía, indica que la captura de carbono será clave en el alcance de las metas de neutralidad climática.

Algunos académicos, entre ellos el profesor de la Universidad de Exeter, James Dyke, alertan acerca de una dependencia tecnológica que desincentiva los cambios estructurales necesarios: “Las tecnologías de emisiones netas cero ofrecen una fantasía conveniente para evitar tomar decisiones difíciles”, explicó al medio The Conversation en 2021.

Un equipo internacional liderado por la Universidad de Bergen, en Noruega, creó un modelo encaminado a predecir el despliegue de la captura y almacenamiento de carbono basándose en el historial de tecnologías impulsadas por políticas.

El análisis reveló que, si bien es posible implementar la CCS en el alcance del objetivo de 2 °C propuesto por el Acuerdo de París, se requeriría un esfuerzo considerable. Sin embargo, es poco probable que la tecnología se expanda lo suficientemente rápido para poder cumplir con el objetivo más ambicioso de 1.5 °C, según las proyecciones del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático.

Las divergencias en la comunidad científica y en las políticas climáticas reflejan que la captura de carbono es hoy un campo de batalla ideológico. En el centro de la disputa está la pregunta: ¿vale la pena seguir apostando a esta tecnología cuando existen alternativas más inmediatas?

No obstante, los anuncios de nuevas plantas y promesas de neutralidad climática futura proliferan en conferencias, foros de inversión y discursos de campaña.

Bajo la superficie de la Tierra se siguen acumulando millones de toneladas de CO₂, pero también toneladas de dudas.

La captura de carbono, lejos de ser una panacea, parece operar como una narrativa conveniente en quienes se resisten a abandonar los combustibles fósiles. En lugar de una transición verde, podríamos estar ante una tecnología que maquilla la continuidad del modelo extractivo.

Lo que está en juego no es solo una decisión tecnológica, sino un modelo de futuro. Y mientras seguimos discutiendo cómo enterrar el carbono, el tiempo para reducirlo se agota.

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