Una minicumbre en la Casa Blanca dejó al descubierto la incoherencia entre el discurso de cooperación y las medidas punitivas de Washington
A comienzos de julio, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, inauguró en la Casa Blanca una minicumbre de tres días con los líderes de Gabón, Guinea-Bissau, Liberia, Mauritania y Senegal, sometiéndolos a una humillación pública cuidadosamente preparada.
Días antes, un funcionario de la Casa Blanca afirmó que el mandatario considera a los países africanos una fuente de oportunidades comerciales, “beneficiosas tanto para el pueblo estadounidense como para nuestros socios”. Ya fuera por coincidencia o por un plan deliberado, el encuentro se celebró el mismo día cuando la administración Trump intensificó su guerra comercial, e impuso nuevos aranceles a ocho países, entre ellos Libia y Argelia.
Mientras el republicano aseguraba estar “fortaleciendo los lazos con África”, su gobierno castigaba a varias naciones del continente. La escena dejó al descubierto la incoherencia –o tal vez la franqueza– de la nueva administración hacia esta región del otro lado del Atlántico.
Trump inauguró el evento con un discurso de cuatro minutos y afirmó que los cinco mandatarios invitados representaban a todo el continente. No importó que sus países apenas figuraran en las cifras comerciales entre Estados Unidos; le importaba el oro, el petróleo y los minerales yacientes bajo su suelo. Agradeció a “estos líderes… provenientes de lugares con tierras muy valiosas, excelentes minerales, magníficos yacimientos petrolíferos y gente maravillosa”.

Acto seguido, anunció cómo Washington estaba “pasando de la ayuda al comercio”, porque “esto será mucho más efectivo y sostenible”. En ese instante, la ilusión diplomática se desmoronó y quedó al descubierto la verdadera naturaleza de la reunión. El anfitrión pasó de estadista a showman, y dejó de ser un mero anfitrión e impuso su control. La cumbre derivó rápidamente en una exhibición vergonzosa, donde el territorio africano no aparecía como un conjunto de naciones soberanas, sino una vasta reserva de recursos.
Captó la atención de Trump la fluidez del inglés del presidente liberiano, Joseph Boakai. Ignorando el contenido de sus declaraciones, el norteamericano se maravilló de su “hermoso” inglés y preguntó: “¿Dónde te educaste?”. Que Trump pareciera desconocer que el inglés es el idioma oficial de Liberia, y lo ha sido desde su fundación, en 1822, como refugio de los esclavos estadounidenses liberados, fue quizás menos impactante que el tono colonial de su pregunta.
Trump estaba en su salsa, orquestando el encuentro como un titiritero e instruyendo a cada invitado africano a desempeñar su papel y responder favorablemente. Los “invitó” (en realidad, les dio instrucciones) a hacer “algunos comentarios a los medios”. Esto se convirtió en una coreografía de deferencia.
Todo resultaba tan engañoso y surrealista, a la luz de los recientes recortes de ayuda de Washington, los aranceles punitivos y el endurecimiento de las restricciones de visado para países africanos. En contraste con la reunión meticulosamente controlada mantenida por Trump con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el 8 de julio, el almuerzo con líderes africanos semejó un show caótico.


















