Pensemos en profundidad la trascendencia cultural que tuvo el 46 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana como estímulo de ideas, intercambios y proyectos entre varios países
Más de una interrogante motivó el programa de la esperada cita. ¿Qué ver? ¿Es posible elegir “la” película solo al leer su sinopsis? ¿Estamos preparados para vivir conflictos duros y trágicos? Todo proceso cognitivo se beneficia con la duda. Seleccionar directores, países, temáticas, estéticas siempre es un riesgo; hay que asumirlo.

Generaciones diferentes necesitan conocerse y reconocerse en la pantalla grande. En ella la antropología visual despliega miradas sobre el otro ser humano. Lo hace transitando por múltiples caminos donde coinciden subjetividades y valores espirituales como sostenes de transformaciones sociales. Analizar ideologías, conflictos, mitos, tradiciones, angustias, sueños, permite encontrar modos de descubrir identidades individuales y colectivas.
Tras cerrarse las cortinas del Festival de La Habana urge seguir pensando en su trascendencia cultural en el ser y el acontecer de las personas. Representantes de 42 países recrearon lo propio raigal en 22 obras concursantes. El encuentro abrió múltiples perspectivas en apartados que incluyeron el cine de otras latitudes; en su totalidad atrajo a más de 27 000 espectadores. La continuidad de este añorado encuentro no puede ser una quimera, sino el estímulo del viaje propuesto por cineastas del continente y del mundo para acercarnos, cultivar nexos, proyectos conjuntos y enfrentar la colonización cultural. Somos conscientes de que este es un tema de sensibilidad política con aristas múltiples, complejas, retadoras: repercute en el presente y el futuro de las sociedades. Debe mantenerse activo en las agendas cinematográficas sin límites de fronteras o idiomas.
Es imposible olvidar la aseveración del notable intelectual Alejo Carpentier: la cultura se manifiesta en la aptitud para establecer relaciones entre fenómenos característicos de diferentes áreas de la realidad. Justamente, la curiosidad lideró en públicos ávidos por conocer aperturas progresivas de horizontes. Ese interés suelen compartirlo equipos creativos interesados en que la cámara sea un ojo abierto a lo desconocido y seducir a las mayorías.
Al ir de una sala a otras, impresionaron lo presentado por el contenido y la dramaturgia al contar los relatos; filmes dirigidos por mujeres, que mediante el cine, revelan valores, alertan sobre violencias físicas, emocionales y reflexiones profundas: estas son a veces calladas, debido al dolor, la angustia y los miedos añejados en almas y conciencias. Tanto el filme Belén, de la directora Dolores Fonzi, como ¡Caigan las rosas blancas!, realizado por Albertina Carri, ambas de Argentina, presentan profundas densidades dramáticas sin retórica ni palabras políticas haciendo gala de la denuncia en sentimientos y actitudes.
Numerosos títulos indagan, retan, cuestionan. Amplio, diverso, ilustrativo de conceptos, temáticas, puntos de vista y estéticas es el panorama cinematográfico de América Latina que lleva a las salas oscuras luces de ideas, criterios y desazones.
Azares concurrentes y el milagro posible

No podía ser de otra manera. En el año del centenario del prestigioso intelectual Alfredo Guevara, el Festival estuvo dedicado a su enorme batallar por la cultura en la amplia acepción del concepto. La presentación del libro Mi pasión más allá del cine. Alfredo Guevara en la revista Cine Cubano (Ediciones ICAIC) tuvo la premisa infatigable de su legado permanente y renovador.
Lo ilustró el doctor Rafael Acosta de Arriba al rememorar sus vínculos y la cercanía creativa con quien fue fundador y presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic). “El mejor homenaje deseado por él es que los medios de comunicación extiendan y socialicen su pensamiento. Fue un político a tiempo completo, lúcido, de proverbial inteligencia”.
Por su parte, el cineasta Arturo Sotto destacó el ímpetu de la recia voluntad de Alfredo ligado al surgimiento del Icaic, entidad cultural donde él permaneció en vigilia a lo largo de su vida.
Volvió sobre precisiones registradas en el prólogo del oportuno e imprescindible volumen: “En su responsabilidad como diseñador de un movimiento cinematográfico, Alfredo tuvo la capacidad de saber leer el cine, de entender eso que llama su condición singular”. Recordemos que, durante su exilio en México, sirvió como asistente de dirección del destacado realizador español Luis Buñuel y estuvo muy vinculado a los proyectos del cineasta mexicano Manuel Barbachano Ponce. De modo que sus primeras experiencias comenzaron desde abajo, desde adentro. Saber leer un guion, descubrir insuficiencias y potencialidades, proyectar su viabilidad económica y el futuro recorrido como película –desde la confección del cartel hasta el festival de su lanzamiento–, son atributos que rebasan el academicismo, la voluntad política o mercantil. Es una “cualidad” asociada al talento, la inteligencia y la cultura que, en su justa ejecución, podrían obrar el milagro de convertir la cinematografía cubana en una industria diferenciada, diversa en sus contenidos y provechosa en lo espiritual. Ese será siempre el reto, la meta a seguir en el entramado de nuestras circunstancias”.
Andando para descubrirnos

Cineastas latinoamericanos comparten sus luchas sobre desprotecciones que en el planeta sufren los de menos edad. Las infancias inspiran a guionistas y realizadores deseos de dialogar con sus destinatarios para el establecimiento de nexos y aprendizajes. Impera la necesidad de hacerlos comprender la importancia del crecimiento humano, intelectual y participativo. Les inquietan las estrategias de la narración en la escritura del cine. ¿Cómo lo resuelven? Investigan, buscan procedimientos narrativos y poéticos que les permitan transitar de la idea al sentimiento y de este al arte.
Entre ellos y en el mundo lideran teóricos y realizadores con una preocupación fundamental: conocer de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos. Este proceso motivó a Philip Kaisary, profesor de Derecho, Inglés y Estudios Literarios Comparativos en la Universidad de Carleton. Nacido en Londres, radica en Ottawa, Ontario, Canadá. Su interés investigativo se despliega en el libro presentado en el Festival: De La Habana a Hollywood. La resistencia esclava en el imaginario cinematográfico (Ediciones ICAIC).
Entusiasmado y feliz por la experiencia nos comentó sobre sus planteamientos en el oportuno volumen: “Al reflexionar sobre su participación en un fracasado proyecto de cine sobre las relaciones raciales en Estados Unidos, Langston Hughes escribió en 1933: “Oh, el cine. Temperamento. Artistas. Ambiciones. Escenarios. Directores, productores, asesores, actores, censores, cambios, revisiones, conferencias. Es un arte complicado el cine. Estoy feliz de escribir poemas”. Hughes tenía razón, por supuesto, acerca de la enrevesada naturaleza de la realización cinematográfica en general, pero incluso él no podía haber sabido cómo, años más tarde, sus palabras parecían proféticas, al resumir de manera impecable el controvertido empeño de hacer películas sobre la historia de los negros.

“Nuestro libro se concentra en un elemento de la relación históricamente problemática entre el cine y la raza: la presencia o ausencia de la resistencia negra a la esclavitud en el imaginario cinematográfico. Por medio del análisis de un corpus de filmes de ficción producidos en La Habana o en Hollywood, intento demostrar que con muy raras excepciones la representación negra en Hollywood ha sido siempre tabú y lo sigue siendo en buena medida. En contraste, planteo que el cine cubano merece reconocimiento por tener la agenda negra en primer plano. Muestro entonces cómo el impacto de este destaque, que rara vez encontramos en Hollywood, pero frecuentemente en el cine cubano, es un desafío a las formas en que la esclavitud ha sido mal recordada y mal entendida en Estados Unidos y Europa. Y argumento que la tan extendida ausencia de representación de la presencia negra en los filmes hollywoodenses sobre la esclavitud debe entenderse en términos sistémicos y como ejemplo de la aversión, continuada a través del tiempo, a reconocer los logros históricos de la población negra”.
Ver y rodar cine

Inquieta a creadores jóvenes y consagrados la estructura del guion. Precisamente, es un eslabón sólido en el animado documental Raptus, de la maestra Ivette Ávila Martín, reconocido con los Premios Coral, el de la crítica cultural del Círculo de Cultura de la Upec y la mención de la Productora Caminos del Centro Martín Luther King. Son relevantes el punto de vista, la dramaturgia y la puesta desarrollada por la guionista y directora al contar un relato verosímil que alerta sobre manifestaciones de acciones de violencia física mediante la violación, la violencia psicológica y la violencia simbólica. Visualmente la textura fílmica que el valor simbólico le confiere a la imagen connota el valor artístico de la obra y provoca en los públicos estímulos interpretativos psico-sensoriales.
Sin duda, conocernos y reconocernos en los actos de ver y rodar cine son imperativos de la época actual. Isla abierta en el Mercado de Cine Latinoamericano (Mecla) continuará impulsando programas de formación hipermedia, coproducciones, alianzas prácticas de notable impacto en producciones futuras y festivales. Crecen los intercambios con Italia, Nicaragua, Honduras y otros países. La reciente celebración del aniversario 80 de los Estudios Churubusco de México activó el abrazo y la cooperación con la nación azteca.
La preocupación expresada por Alexis Triana, presidente del Icaic, impulsa cada avance. “Preguntémonos, dijo, ¿por qué nuestro cine cubano no está ahí?”. La interrogante es un llamado para activar mecanismos y derribar obstáculos. Lo nuevo ha sido y es una premisa para animar la aventura estética y ética del cine en nuestra región.
Por doquier, la utopía despierta y sigue batallando en beneficio de las complejidades dramáticas, humanas y filosóficas del séptimo arte que necesitamos en beneficio de todas las sociedades.


















