Despejar interrogantes sobre el prestigioso cineasta y teórico, una de las más importantes figuras de la cultura cubana, propicia reconocer su vigencia en el siglo XXI
Ahí está, disfruta el rodaje de su película Aventuras de Juan Quinquín, una de las obras clásicas del cine cubano de todos los tiempos. En ella manifiesta su individualidad creadora. Ese rasgo lo distinguió durante toda la vida consagrada al cine cubano y latinoamericano. Mantenerlo vívido con la justeza merecida estimula emprender un viaje de idas y vueltas por caminos que él transitó: muchos de ellos desde el espíritu fundacional. Ciertamente, el periplo es un riesgo. Podemos olvidar precisiones, determinado gesto, sueños, curiosidades. Pero, hay que asumirlo. El maestro Julio García nunca les temió a los desafíos. Cultivó sueños, angustias, expectativas, curiosidades. En fin, todo –o casi todo-, lo que nos apremia y, a veces, apenas percibimos la urgente advertencia.
Su savia nutre múltiples espesores sensoriales. Sí, de la mente, los conocimientos y la imaginación. Fue un adelantado innovador. Nos puso a pensar. Hacía películas y al mismo tiempo dejaba constancia de sus inquietudes en oportunos ensayos. La escritura de García Espinosa merece ser leída, vuelta a leer y estudiada en profundidad. Lo que él llamo su manifiesto Por un cine imperfecto constituye una brújula certera necesaria ayer y hoy. En ese documento defiende que el arte debe ser una posibilidad de todos. Lo dijo antes de las eras digital y del video. Reflexionó sobre un destinatario distinto para que fuera conocedor y abierto a los nuevos códigos. “Transformar el mundo en provecho de la honestidad”, enfatizó. Hizo gala de esta máxima el maestro. Dio vida a personajes populares, los recreó en sus películas Juan Quinquín, Reina y Rey, y al expresar cinematográficamente la obra teatral La inútil muerte de mi socio Manolo. En ella fue teatral mediante su propio lenguaje y el tratamiento de los diálogos.

Revisitar su legado motiva el interés de conocer ideas propias y pensamientos lúcidos. Podría creerse: a partir de Julio son verdades establecidas. Mas, lamentablemente, no recordadas sistemáticamente en la actualidad. Su teoría de cine imperfecto se fundamenta en la democratización de los medios audiovisuales a partir de la evolución tecnológica. Certero reconoció: “Hay que hacer con los nuevos medios lo que la vida hizo con la escritura. Traquetearlos. Desinteresarlos del uso exclusivo del arte e interesarlos sin exclusividad en todo”.
De ningún modo por azar concedió prioridad al despeje de otra interrogante: ¿cómo contar la historia? Decía: “La forma no es adorno ni plumaje. Conceptúa el tema, o si se quiere, el contenido”.

Compartir no competir
Durante este viaje privilegiamos hacer memoria desde la perspectiva de redescubrir un acervo que urge estudiar. Son múltiples los aportes de Julio García Espinosa a la cinematografía nacional. Disfrutó compartir saberes, no competir. Nunca olvidemos su documental El Mégano (1955). Es considerado por los estudiosos el origen del cine de la Revolución. En las obras El joven rebelde (1961), El plano (1993), de total experimentación, y Reina y Rey (1994) crecen pródigas obsesiones de un agudo polemista impenitente. Supo asumir la compleja dualidad: creador y directivo. Demostró infinitas pasiones al frente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) durante una década y en otro momento fue director de la Escuela Internacional de Cine y Televisión. La consideraba como si fuera un hijo. Tuvo la idea de crear ese centro y reconoció: “Muchos de los más importantes cineastas de América Latina han contribuido a su desarrollo; entre ellos, su primer director Fernando Birri. Diría que algunos de los cineastas y profesores de cine más importantes del mundo la han enriquecido”.

Ser siempre él mismo
Este insuficiente perfil del maestro García Espinosa es una anticipación de los homenajes que recibirá en la edición 47 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana, que tendrá lugar del 3 al 13 de diciembre. Ediciones ICAIC presentará título de su autoría y sobre él.
Sensible, popular, sincero, diáfano. Políticamente comprometido, siempre renovador, culto, analítico. ¿Perfecto? Más bien “imperfecto”, sabio, y siempre se mantuvo concentrado en el hallazgo con un sentido artístico. Presto a decir y crear. Fue un referente para jóvenes y consagrados. Lo reconoció Manuel Pérez Paredes en el prólogo al libro Vivir bajo la lluvia, compilación de Dolores Calviño, su compañera en complicidad amorosa que los mantuvo juntos durante más de 40 años.

Es un gozo el disfrute de ese texto, pues entrega el retrato polifónico del maestro que todos debemos conocer. Julio García Espinosa defendió: “Hacer un cine para un destinatario distinto, para lograr un espectador inteligente que pueda reconocer sus ideas, sus pensamientos, sin dejar de disfrutar y divertirse con lo que está oyendo y viendo”. Es un ejemplo de obsesivo impenitente. Lo ilustró al ser honesto, ser cubano, auténtico por sobre todas las cosas, batalló para que el engaño y la falsedad desaparezcan de toda manifestación artística.
Sin duda, este pensamiento hecho práctico en el quehacer cotidiano son partes inseparables de su obra y de su actuar. Aprehenderlos en el año de su centenario contribuye al aprendizaje y a las vivencias de artistas y espectadores. Es un clásico, pertenece a todos los tiempos, definitivamente.




























